¿Qué hace una chica como tú en un corazón como este? – @netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Manolo, camionero de 55 años que vestido con su eterna camiseta imperio, ajustada y manchada de grasa, barba de tres días y la colilla del puro apagado colgando de la comisura de sus labios junto al palillo de la última comida, lleva más de una hora parado en la autopista nada más pasar Barcelona, observando en la parte alta de la cuesta las luces de la policía. Va a hacer tarde para la carga de mañana por la mañana y aunque ya ha avisado al almacén, se le comen los demonios maldiciendo en todos los idiomas que conoce porque este mes no va a llegar a hacer los viajes que necesita para ir un poco desahogado con las letras del camión. La ruta del pepino es lo que tiene, muchos kilómetros entre Almería y Holanda…

Está muy nervioso y se encuentra realmente cansado. Hace mucho que nadie se mueve y desde su posición elevada puede ver la larga cola de coches que hay delante. Mirando el espejo del acompañante por pura inercia ve como una furgoneta blanca está a punto de ponerse a su lado circulando deprisa por el arcén. “Mira el listo. Como te pillen los de verde, te vas a enterar” —piensa mientras se fija en el vehículo. Dentro, unos tipos con aspecto extraño que miran, nerviosos, para todos los lados mientras miran un teléfono móvil. En ese instante Manolo escucha por la radio de los camioneros una alerta sobre la posibilidad de un atentado terrorista en la que describen una furgoneta blanca parecida a la que acaba de rebasar el camión. Asustado coge el micrófono para decir que la ha visto cuando de repente oye una explosión y siente un terrible pinchazo en el pecho.

Lo último que Manolo recuerda, de aquel momento, es que todo se volvió negro de repente…

—¡Abran paso! ¡Abran paso por favor! —la voz del médico del Samur se eleva sobre el barullo de la sala de urgencias mientras que su conductor va apartando a la gente que encuentra a su paso. En ese momento la residente de guardia se coloca a su lado y él empieza a contar— Mujer; 35; un tráfico en el atasco de la autopista; al rebotar y colisionar contra el bordillo se le ha salido el casco. Traumatismo cráneo encefálico severo. No responde. Llevo dos minutos de masaje cardiaco…— le indica el sanitario mientras no deja de empujar el pecho de la paciente que yace inerte en la camilla.

—Rápido al box 3. Preparad las palas —contesta ella, dando órdenes a sus ayudantes— Ya nos ocupamos nosotros. Gracias. Les dice a los del Samur antes de entrar en la sala de urgencias, animando a la paciente: “Vamos bonita, no te vayas…”

Diez minutos más tarde, la residente está llamado al coordinador de trasplantes de la zona. Lleva en su mano la documentación de la chica, varias fotos, un carnet de donante de órganos y algunas recetas, todo lo demás está metido dentro de una bolsa azul que tiene a su lado en el suelo.

—Joan, soy Marisa, tengo el carnet de la chica que nos ha entrado hace media hora. Ha sido un tráfico y la tenemos con respiración asistida, pero no reacciona: muerte cerebral. Te paso los datos para que procedas a la asignación, aunque hay un problema… Padece, digo… padecía DHS. Estaba tomando medicación para controlar la Estomatocitosis hereditaria deshidratada y por la analítica parece que lo llevaba bastante bien. De todas formas te paso el historial para que lo valore tu equipo. Dentro de dos horas tendrás todo dispuesto aquí y podéis pasar a recoger los órganos Gracias.

 

Seis semanas después.

El vapor de agua ha empañado el espejo del cuarto de baño y Manolo tiene que coger la punta de la toalla, limpiar el espejo y abrir la ventana para poder ver su reflejo. Hoy se siente un poco extraño, ayer le dieron el alta en el hospital y es la primera vez que se ducha en su casa después de…

Le contaron que su corazón había dicho “hasta aquí” de repente. El ritmo de trabajo intenso que había llevado durante todo el último año, pagar las cuotas de camión, los problemas en el almacén, su enfermedad… todo junto agravaron una pequeña deficiencia de sus válvulas que, de otra forma, hubiera permanecido oculta mucho más tiempo. No hubo ninguna explosión, ni humo, ni terroristas. Probablemente la furgoneta que vio Manolo era de trabajadores ilegales que solo querían pasar desapercibidos para la Guardia Civil. Su corazón simplemente, dejó de funcionar. Pero tuvo mucha suerte. En el momento de desmayarse la cola empezó a moverse y como él no se ponía en marcha un individuo bajó de su coche muy enfadado. Afortunadamente era bombero y pudo empezar a reanimarlo mientras que su compañero avisaba al coche de la guardia civil en lo alto de la cuesta. En pocos minutos un helicóptero lo trasladó al hospital.

Ahora un Manolo más delgado y pálido se mira en el espejo sin reconocerse. Su nuevo corazón funciona bien, a pesar de su enfermedad. Le contó su doctora que encontrar un órgano en condiciones para él había sido toda una odisea, pero una chica falleció en un accidente de tráfico y dio la casualidad que también tenía DHS. Su corazón no serviría a nadie sano, pero si a él que también padecía esa rara enfermedad. Además el órgano era de un tamaño similar… Los doctores decidieron probar suerte.

Mientras piensa en todas esas casualidades, Manolo saca del fondo del cajón la espuma de afeitar. Ni se acuerda de cuándo fue la última vez que se afeitó del todo, quizá en la boda de su prima Juana y de eso hace ya unos cuantos años. Pero se mira en el espejo y no se gusta… eso, antes de… no le pasaba. “Tonterías”, reflexiona para sí mismo mientras extiende cuidadosamente la espuma por la cara y se deja llevar por la fresca sensación y el olor a eucalipto. Su cabeza divaga y piensa en bosques, en sitios tranquilos, hasta visualiza un lago que le parece familiar. Poco a poco, con cuidado de no cortarse, Manolo termina de afeitarse y encuentra al fondo del armario un frasco de aftershave, probablemente el regalo de algún cumpleaños. Lo abre, huele su fragancia y sonríe. Le gusta ese olor y el frescor que siente en la piel al extenderlo. A partir de ahora lo usará más a menudo

Hay sensaciones, olores, matices en los colores, sonidos que Manolo está aprendiendo a distinguir poco a poco. Ya en el Hospital se sorprendía a si mismo fijándose en las enfermeras que habían ido a la peluquería y también en lo delgada que se había quedado la Mari. Aunque no le dijo nada. Él que siempre había sido tan arisco con su mujer se sentía un poco avergonzado de todo lo que ella había tenido que aguantarle siempre, pero no sabía cómo decírselo… Las noches cuando llegaba un poco bebido, las salidas con los amigotes. Ella nunca dijo nada, jamás se quejó, pero en las largas noches en vela en el hospital después de la operación, Manolo tuvo tiempo de recordar todas esas veces en las que no se había portado bien con su mujer.

Encima fue ella la que tuvo que lidiar con el malnacido del encargado que quería cogerle el camión con la excusa de que estaba cargado de envases vacíos. La Mari se plantó, sabiendo que si dejaba que ese tipo le echara mano a las cajas no verían el dinero que les debían por todos los viajes hechos en los últimos tres meses. Así que les pidió a los Civiles que guardaran ellos las llaves del vehículo aparcado delante de cuartelillo, a ver si así ese tipejo se atrevía a abrirlo. También fue quien, sin decírselo, había contratado un seguro pagado con los céntimos que ahorraba cada día y que ahora le cubría a él la estancia en el hospital de pago asegurándole un salario mensual mientras durara su enfermedad.

Su Mari era una hembra sensata, risueña y guapa. De su misma estatura, pero bien proporcionada, y con todo lo que una mujer debe tener. Ya de pequeños se habían gustado y las familias dijeron que sí cuando Manolo empezó a trabajar y tuvo un sueldo fijo. Dios no había querido darles hijos, así que les dio un camión a pesar de que ella nunca estuvo del todo de acuerdo. Pero calló por su hombre, una vez más.

Manolo ha terminado de afeitarse, recoge las gotas de agua con la toalla, se acaba de poner la ropa limpia que su mujer le ha dejado encima de la taza, abre la puerta y de manera inconsciente sumido en sus propios pensamientos se va hacia la cocina coge la fregona y vuelve al baño para limpiar los charcos que ha dejado en el suelo al ducharse. La Mari lo ha visto llegar y se ha quedado callada cuando le iba a preguntar cómo se encontraba. Ha olido el bálsamo, lo ha visto con la toalla al hombro, la ropa limpia y afeitado… guapo como antes. Como cuando era su Manolo. Su chico guapo, su Hombre.

La sorpresa mayúscula ha sido cuando le ha visto coger la fregona. Allí se le ha caído la papa que estaba pelando al fregadero y con el trapo en una mano y el cuchillo todavía en la otra le ha seguido en silencio por el pasillo, hasta llegar a la puerta del baño. Parada en el quicio ha observado incrédula cómo su Manolo, su hombre trabajador, mudo, seco, desagradecido y egoísta, recogía con cuidado el agua que había esparcido fuera de la ducha y el lavabo, hacía un montón con la ropa sucia que se había quitado y la metía en el cesto para lavarla después. Pero el remate, lo que ha hecho que se le cayera el cuchillo de las manos, ha sido ver cómo su marido quería recortarse los pelos de la nariz. Eso ya, ha sido demasiado…

El sonido metálico del cuchillo al dar contra el suelo ha dejado la mano de Manolo parada en el aire, justo antes de hacer el primer corte. Ha girado la cabeza despacio hacia la puerta para ver cómo su Mari se llevaba las dos manos a la cara y asustado le ha preguntado, mientras dejaba las tijeras en el lavabo, y se acercaba a ella:

—¿Cariño. Estás bien?— le ha dicho cogiéndola despacio de los hombros.

—Ay Manolo… eso mismo te pregunto yo cariño. ¿Estás bien?— le ha contestado ella entre asustada y emocionada sin saber muy bien cómo reaccionar.

—Estupendamente cariño. Me preocupas tú. Pareces asustada…

—Es que te he visto tan guapo recién duchado, hueles tan bien. Luego has venido a la cocina y sin decir nada… la fregona… el agua… ¡y luego la tijera!… Ay Manolo. ¿De verdad te encuentras bien? ¿No tienes fiebre, ni palpitaciones?, mira que la doctora dijo que en cuanto sintieras algo raro nos fuéramos a urgencias…

Se ríe Manolo, como hacía muchos años que no se reía. Sincero, alegre. Carcajadas de verdad. —Me encuentro estupendamente amor— le dice a su mujer mientras la abraza y nota como ella se vuelve a sorprender al escucharle llamarla así.

—Ay Manolo. ¿“Amor”? Me estás empezando a asustar de verdad. Nos vamos ahora mismo a…

Y de repente la Mari se ha quedado muda porque su Manolo, su marido, su hombre, la estaba abrazando con amor, con todo el cuidado y el cariño del mundo, dándole besos y apretando su cuerpo contra el de ella. La temperatura de la habitación ha subido varios grados de repente y la Mari ya no sabe si es por la menopausia que la mata a sofocos o porque de repente ha empezado a notar una muy evidente erección de su Manolo mientras él sigue dándole besos en los labios de una forma tan dulce y urgente que ella no puede reconocer en ese amante delicado al bruto de su marido.

—¡¡¡Pero Manolo!!!— Le grita ella alarmada, intentando dar un paso hacia detrás para apartarse de su miembro evidentemente muy excitado— Piensa en tu corazón, ¡¡¡Que está recién trasplantado, hombre!!!

—¿De que me sirve un corazón nuevo, si no puedo gastarlo con la mujer que amo?— le contesta él separándose un poco más y dejando que ella se libre de su abrazo de oso… Aunque lo cierto es que tienes razón. Tenemos tiempo y una segunda oportunidad. Más vale superar la barrera del año y después ya veremos…

“Encima me da la razón y todo. Desde luego, está desconocido” piensa ella mientras se agacha a recoger el cuchillo del suelo.

—Anda Mari, arréglate tú. Ponte guapa que vamos a salir a dar un pequeño paseo. Hace buen día y quiero presumir de mujer delante de todos esos palurdos que me daban por muerto hace un mes— le dice Manolo a su hembra, mientras le coge el cuchillo y el trapo de las manos empujándola dentro del baño con una palmada cariñosa al culo, justo antes de cerrar la puerta.

La Mari se queda de piedra, paralizada en medio del cuarto de baño. Tiene de dejar pasar unos minutos, sentarse en la taza para hacerse a la idea que el hombre que salió del quirófano con un corazón nuevo no es exactamente su Manolo de antes. Algo ha cambiado… aunque tiene que admitir que le gusta el cambio. Al final, se levanta y situándose delante del espejo empieza a arreglarse los mechones de pelo que se le habían soltado de la coleta y mientras se desabrocha la bata de ir por casa piensa en ponerse esa ropa interior que tanto le apetecía pero que nunca encontraba el día para lucirla.

Al ir a cerrar la ventana del baño para darse esa ducha rápida puede escuchar como la vecina ha puesto la radio y en ese momento suena: “Qué hace una chica como tú, en un corazón como este” y, sonriendo, empieza a tararearla…

 

 

Qué hace una chica como tú
en un cuerpo como este?
Qué clase de aventura
has venido a buscar?
Los años te delatan, nena,
estás fuera de sitio.
Vas de caza,
a quién vas a atrapar?
No utilices
tus juegos conmigo.

Mujer fatal, siempre con problemas…

Qué tienes en los ojos, nena,
o es que vas a llorar.
Ya sé que alguien pisó tu orgullo
en un oscuro portal.

No intentes atraparme,
ya he aprendido a volar.

 

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