Qué desastre – @martasebastian

Marta Sebastián @martasebastian, krakens y sirenas, Perspectivas

Se atusó el pelo. Intentó darle un poco más de volumen. Miró fijamente el pintalabios que tenía en una de sus manos. No sabía si retocarse. Total, para lo que le iba a durar… Notó un pequeño pinchazo en el estómago. Y se convenció a sí misma de que, simplemente, era el deseo, ansioso de salir y ser libre. Llevaban tanto tiempo jugando a ese juego… Quedaban, una charla, unas risas, abrían una botella de vino… Y mucho antes de que acabaran la primera copa, la ropa ya solía andar por el suelo. Luego solían acabarse la botella de vino mientras picoteaban algo. Más risas, más charlas… Y, más tarde, de vuelta a su casa. Sin más complicaciones, sin más historias. Y le gustaba. Le gustaba esa relación. Sin comeduras de coco, sin peleas…

La puerta del ascensor se abrió. Y casi justo enfrente le esperaba él, apoyado en el marco de la puerta de su casa. Estaba realmente guapo. Pelo negro, ojos marrones, casi miel… Con unos pequeños puntitos verdes que brillaban cuando la miraban. Le gustaba el jersey de cuello alto que llevaba. Realmente le ponía mucho. Tenía ya ganas de quitárselo.

Se acercó a él con una sonrisa y le besó, con ansia, con todo el deseo que palpitaba en cada poro de su piel. La respuesta de él no tardó en llegar, la rodeó por la cintura con su brazo y la atrajo contra su cuerpo.

─Mmmmm… Cómo vienes.

─Tengo ganas de ti… ¿Algún problema?

─Ni muchísimo menos. Encantado. ¿Entras?

Se separó de él y pasó por su lado entrando en su domicilio; mientras lo hacía rozó levemente su entrepierna. Vio, por el rabillo del ojo, como él sonreía pícaro. Se quitó el abrigo. Llevaba un vestido negro que sabía que a él le encantaba por como se ajustaba a cada curva de su piel. Se volvió hacia él y con un gesto pícaro dejó caer el abrigo al suelo, sin dejar de mirarle, provocándole…

En dos zancadas él ya estaba pegado a ella, besándola, acariciando cada parte de su cuerpo; la dirigió hacia una de las paredes y la aplastó contra ella para que le sintiera completamente. La volvía loca. Notar su deseo palpitando contra el suyo. Él enredó su mano entre su pelo y tiró levemente del mismo para hacerle girar la cabeza y su cuello quedara a su disposición.

En esa ocasión no había preliminares, no había charla, ni risas, ni la botella de vino abierto contemplándoles desde la mesa… En esa ocasión sólo había una pasión que invadía todo el cuarto. En esa ocasión sólo había dos pares de manos desnudando al contrario. En esa ocasión sólo había ese incendio que ardía cada vez que estaban juntos.

De la pared pasaron al sofá. Y fue el sofá como podía haber sido la mesa o el mismo suelo. Ninguno de los dos parecía controlarse. No supo en qué momento había perdido los zapatos, el vestido… Incluso la ropa interior. Notó como él le daba la vuelta para dejarla boca abajo y como su boca le recorría la espalda y como con los dedos jugueteaba con su sexo. Sabía perfectamente cuál era su punto débil.

─Estás completamente empapada. Y me encanta.

─Es tu culpa.

Intentó girarse para quedarse boca arriba pero él se lo impidió.

─No. Hoy mando yo. Y no voy a hacer esperar a quien me está esperando tan ansioso.

 

 

Hundió la cabeza en uno de los cojines del sofá mientras intentaba recuperar el ritmo normal de su respiración. El sexo con él era tan bueno… Nunca había encontrado a nadie con quien tuviera tanta química, que con solo tocarla la derritiera. Sintió como él se tumbaba de lado en el sofá, a su lado, mirándola. Le devolvió la mirada. Estaba tan guapo con esa sonrisa.

─¿Qué piensas?

¿Por qué le había preguntado eso? Se regañó. Nunca se le había ocurrido hacer esa pregunta. Y mucho menos después del sexo. Él no pareció molesto. Subió uno de sus dedos y le acarició la mejilla.

─Me gustan tus mejillas coloradas después del sexo.

Le besó. Un beso suave. Dulce. Y algo se retorció dentro de ella. Él se separó. Se sentó y se puso los calzoncillos que estaban en el suelo.

─¿Un Rioja?

No esperó respuesta. Se levantó y se fue a la cocina. Ella le vio alejarse. Sabía que él era más de Riberas, que compraba Rioja por ella… “¡Qué mono!”. Y de pronto se dio cuenta. No era sólo deseo lo que sentía por él. No podía ser. No. Se lo negó mil veces. Y él apareció con una sonrisa, la botella de vino y dos copas.

─Tengo la nevera vacía, pero si te apetece podemos pedir algo y luego retomar un segundo asalto.

─Me parece un gran plan.

Le vio servir el vino mientras empezaba a contarle las últimas novedades de su vida. Y ella le escuchó intentando acallar esa vocecita que empezaba a gritar en su interior. Había pasado mucho tiempo acallándola. Miró pensativa el vino. Qué desastre. Qué absoluto desastre. ¿Quién le mandaba enamorarse? Le dio un largo trago a la copa. Oyó como él se reía divertido y volvió a mirarle.

─¿Qué pasa?

─Estás en la luna… Si es que sólo me quieres para el sexo…

Sonrió. Intentando fingir despreocupación.

─¿Alguna duda?

Suspiró en su interior… Si fuera verdad…

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