¿Qué culpa tengo yo? – @soy_tumusa

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Qué culpa tengo yo si él disparó primero…

 

¿Sabéis esa cosa o esa sensación de tenerlo todo controlado que reconforta tanto que ya te crees la reina del mundo? La casa muy coqueta, como mandan los libros de decoración, el marido lo más parecido posible a lo que imaginabas cuando soñabas de adolescente, solo que en los sueños no aparecen las taras; los hijos, preciosos, limpios, listos y buenos, quien da más, un futuro prometedor y una aparente vida idílica alrededor de un monovolumen BMW Serie Active y una Thermomix. Y… ¿para qué necesito yo tantas comodidades o lujos o perfección si ni si quiera soy feliz?…

 

Un día, por accidente, casualidad o cosas del destino, decides salirte un milímetro solo de la rutina diaria y observas que el mundo gira al margen de tu estúpida perfección y tu estúpida manía de tenerlo todo controlado, es ahí cuando te das cuenta que hay vida, sí, hay vida más allá del control y es cuando te paras a pensar, ¿qué coño he estado haciendo?, se ha pasado media vida volando y he estado tan preocupada de que los cuellos de las camisas estuvieran tan bien planchados y las toallas ordenadas por colores en las estanterías del cuarto de baño, que se me olvidó vivir, y lo peor de todo es que te invade el sentimiento de impotencia al darte cuenta de que ese tiempo perdido, jamás regresará.

 

Qué culpa tengo yo si la bala me dio la vida…

 

Lo de que las palabras abrazan, más que unas manos, conseguí entenderlo cuando comencé a escucharle y a darme cuenta de lo sola e infeliz que me sentía inmersa en esa vida y  la paz y la calma que el mero hecho de oír su voz proporcionaba a mi alma. Era la tranquilidad de saber que aunque no estuviera, estaba y no necesitaba tenerle presente, tocarle para saber que era mi abrigo, mi refugio. Recuerdo la primera vez que le abracé, pensé, en esos brazos me quedaría a vivir, no creo necesitar más para dominar el mundo, a partir de ese momento, comprendí que la bala, esa que hace meses había disparado, me dio de lleno en las entrañas soltando todo el amor a bocajarro que hace años o siglos llevaba contenido o escondido en lo más profundo de mi ser, abandonado, creyendo que lo que yo tenía era amor, la perfección que había alrededor de mi casa, era amor, pero era fachada, muralla, y yo vivía ajena a los muros, creándome mi propia vida maravillosa sin percibir apenas cariño y dándolo todo como buena mujer, madre y esposa.

 

Tuve que morirme, por dentro, para volver a vivir. Fue un proceso largo, lento y doloroso, primero tienes que aprender a morirte y asumirlo que es lo que más duele, asumir que tu vida es de pena, que es falsa y vacía, que lo que te rodea son solo cosas que no te complementan, que quien está a tu lado no es amante, ni compañero de viaje, sino compañero de piso y facturas, el que se come la comida que cocinas, pero no te lo agradece, el que ve que todo está limpio y perfecto, pero le importa una mierda cómo lo has hecho y las horas que has invertido mientras su ropa esté limpia y colocada en su armario, el que ve que los niños juegan, van, vienen, crecen y los observa sin implicarse demasiado, ese que se acuesta a tu lado sin ni si quiera ofrecer un buenas noches o un buenos días. Una vez que estas mustia o marchita, la muerte viene sola y solo ves tinieblas, oscuridad, no ves luz ni salida, pero lo importante es creer en ti y querer vivir.

Cuando una puerta se cierra, se abre una venta, un pasadizo un túnel y por muy estrecho y pequeño que sea el hueco, siempre se cuela un halo de luz que al principio no ves, pero que realmente está ahí  y es el que te salva; en mi caso fue un té, una sonrisa y una bala que se disparó sin querer, pero queriendo y fue la metralla más bonita que jamás había visto, y qué bien.

Qué culpa tengo yo de amarle como le amo, con las entrañas, con el alma, con el corazón, con las tripas, con mis vísceras, con la piel, sin coraza y a pulmón abierto o a  pecho descubierto, que bien se me da querer.

 

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