Punto y seguido – @relojbarro

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Bajó la escalera hacia el sótano con una taza de café y un bombón de chocolate relleno envuelto en trocitos de avellana; le encantaba ver su mirada de niño cuando veía chocolate. Ya no bajaba la escalera con la ligereza y velocidad de hacía cuarenta años, pero sí con el mismo entusiasmo y cariño para verlo trabajar, ajeno al mundo, en el suyo. De golpe sintió un dolor punzante en el corazón que le crispó la mano sobre el pecho, lo único que pudo pensar fue «Así no, delante de él no». Tres puntos suspensivos atenazaban su mano…

 

Notó una mano acariciando su hombro, mientras la vio dejar una taza de café en su mesa de trabajo.

-Hola cariño, ¿ya son las 18h? Pasan las horas volando…debo darme prisa, debo acabar mi máquina de teletransporte, sé que estoy cerca, lo presiento.

-Leí que habían inventado algo para viajar, como le llamaron…ah sí, piernas.

-Muy graciosa. Cuando lo consiga podremos desayunar en París, comer en Florencia y cenar en Sídney en un mismo día. Será un punto y aparte en la historia.

-Pues de momento toma, cómete este bombón, quizá el praliné te transporte a Bélgica y tranquilo, que no te cobro el billete ni las tasas.

-Te odio. Por cierto, estás algo pálida, sube y descansa hasta la cena.

Se besaron, un beso suave, con sabor a punto y seguido.

 

Entrada la noche probó su máquina y, tras décadas de esfuerzo, lo consiguió. Envió de punta a punta del sótano un reloj de arena en un instante. No pudo ni gritar de la emoción. Subió las escaleras como si tuviera treinta años menos y corrió a buscarla.

Ella miraba serena las estrellas a través de la ventana mientras «Sueño de amor» de Liszt la acompañaba. Le cogió la mano emocionado, la tenía helada, sin vida.

Le cerró los ojos suavemente, mientras en los suyos las lágrimas no se atrevían a caer por miedo a no poder parar. Se sentó en su butaca, a su lado. Cogió su bote de pastillas del bolsillo del pantalón, su «bote salvavidas» como lo llamaba ella; lo tiró lejos. Con exquisita dulzura, cogió la mano de su esposa y se dispuso a realizar un viaje desconocido, pero, extrañamente, no sentía miedo, ni dudas, estaba a su lado la mejor compañera de viaje que podría haber soñado. Pensó en su máquina, en las posibilidades de viajar donde quisiera, pero no se le ocurrió destino posible, porque su gran pasión nunca fueron destinos sino viajar, juntos.

¿Punto final?

¿Punto y seguido?

Esa historia, ya no nos pertenece…