Punto y seguido – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Me gusta observar cómo duermes, aunque sé por el ritmo de tu respiración que esta noche las pesadillas han vuelto a torturar tu ya enajenada mente. La botella de whisky aún en tu mano es clara señal de que su recuerdo aún te atormenta y no permite que vivas en paz.

Te miro, desde el lugar privilegiado que tú me proporcionaste, y mis pupilas recorren una a una las cicatrices de tus muñecas.

¿Cuántos intentos? He perdido la cuenta de las veces que he visto la sangre brotar de tus heridas. Tampoco puedo enumerar en cuántas ocasiones has intentado, a puñetazos contra las paredes, que la ira y el dolor te concedieran una tregua.

He ido conociendo tu historia a medida que la ibas escribiendo, recordando, con tu alborotada caligrafía en una libreta de bonitas tapas de color burdeos. No sé tampoco cuántas veces has tenido que reescribir una página, tras arrancarla con furia, porque las lágrimas estropeaban el papel.
Soy parte de ella, de tu historia, gracias a tus trazos sobre los folios en blanco donde me has dado vida.

Sé que soy ella, lo sé. Mi pelo negro y lacio, mis ojos verdes y de mirada intensa, mis labios carnosos y los hoyuelos que se forman junto a mi boca al sonreír le pertenecen a ella. Al igual que es suyo mi carácter fuerte, la manía de andar deprisa, el caos en mis días y el insomnio en mis noches. Sé que pertenece a otra mi manera de recoger mi pelo, que no me guste el color rosa, mi pasión por los bolsos y mi poca predisposición a seguir las normas. También son suyas mi pasión por la ópera y la comida basura, mi miedo a las alturas y mi manía de torcer los pies.
De un capítulo a otro he sentido el frío de vuestro paseo en barca por El Retiro y el calor de un día de playa con amigos; la felicidad de dormirme entre tus brazos y la pasión del sexo y vuestros orgasmos.
Me has hecho tan real, estoy tan viva entre tus líneas, que he sentido como propio un amor que no me pertenecía.

¿Pero cómo puedo sentir dolor si solo existo entre este montón de folios? ¿Cómo he sentido como mía la alegría de su alma cuando paseaba en tu compañía?

Me pregunto cuánto de lo que escribes es real y qué es un recuerdo distorsionado de la vida que compartiste.

Sé que soy ella y sé que la amabas por la delicadeza con la que tu pluma acaricia el folio al describirme. Al describirla.

¿Brisa? Me pregunto si mi nombre es suyo o tan solo una licencia poética que te has permitido.
No sé si es real que le pediste matrimonio paseando junto al Sena o si el hechizante Tánger fue testigo de vuestras promesas de amor eterno. A veces borras tan deprisa lo que escribes que creo que, eso que haces desaparecer, es la verdadera historia. La que ocultas, la que más te hiere.

Te observo. Tu botella ha caído al suelo y la buscas, sin apenas abrir los ojos. No tardarás en levantarte y empezar a dar vueltas por la habitación como si buscases algo, a alguien.
Cada noche se repite todo. Te despiertas y tu mente tarda varios minutos en aceptar que sigues vivo. Tu rostro cambia en cuanto esa certeza se vuelve irrefutable y la ira llena de sangre el blanco de tus ojos grises.
Paseas de lado a lado, apurando tu botella, con la ansiedad de quien no encuentra descanso en una vida que ya no quiere ser vivida.

Más paseos, más ansiedad y un último trago a la botella antes de hacerla añicos contra la pared de tu izquierda. No es casual que siempre sea esa pared la que recibe el impacto. A ti no te lo parece, pero la fotografía de esa pareja de enamorados la hace hermosa.

Reconozco tus ojos en la mirada que me observa desde ella, pero jamás he visto esa enorme sonrisa. La abrazas, me abrazas, y mientras tus brazos nos aferran a tu cuerpo parece que el tiempo se detiene haciendo eterno ese instante que la fotografía conserva inalterable, pese al paso de los días y los daños.

El estruendo de la botella impactando contra la pared me evade de mis pensamientos y me confirma que ya estás en pie, a punto de abrir la libreta y empezar a escribir. Te acomodas en tu silla y la luz me deja ver que hoy tus ojos están más vacíos que nunca. Siento frío.
Tu mano sujeta la pluma con fuerza para evitar que el temblor de tu pulso estropee el trazo firme que tu caligrafía requiere y, apenas unas líneas más tarde, estamos en un restaurante discutiendo.

Te mueves nervioso sobre la silla, incómodo, y en tu relato sigues mis pasos saliendo del restaurante rumbo al coche. Nos subimos en él y la discusión prosigue, a la vez que la pluma rasga con más violencia al escribir sobre el folio, y la velocidad del coche aumenta.

¿Así fue como ocurrió verdad? ¿Así fue como la perdiste?

Te miro y las lágrimas brotan de tus ojos.
El coche sigue aumentando de velocidad y el miedo se apodera de mi rostro, su rostro, mientras gritamos que detengas el coche y haces caso omiso, perdido entre el delirio y el alcohol que te impide ver el peligro.

¿Vas a matarnos verdad?

No detuviste el coche y ojalá pudiese hacer algo para que lo hicieras ahora, pero no puedo.
No existo. Solo soy el recuerdo de ella hecho letras y, aun así, estoy viva y a merced de la tinta de tu pluma y de tu alma atormentada.

No decido nada, solo siento cada una de las palabras que escribes y mi destino te pertenece.
Quiero seguir contigo, quiero seguir viva y para ello necesito que pongas un punto y seguido donde la vida decidió un trágico final.

Las luces de un coche que se aproxima de frente me ciegan y mis manos, sus manos, intentan agarrar el volante y desviarnos. Te grito, te gritamos, y tu reacción tardía no evita el impacto.
Abro los ojos y te veo a mi lado. Apenas puedo moverme y zarandeo tu cuerpo buscando una reacción, llorando mientras pido que me ayudes a salir de allí.
Tengo miedo, mucho miedo, y agarro tu mano mientras escucho ruidos a lo lejos.

Intento moverme, pero una barra metálica atraviesa mi vientre, impidiendo que pueda salir de allí.

Te miro, sigues escribiendo, y tu rostro desencajado me revela que así fue como ella terminó.
Y yo tiemblo, esperando que escribas mi punto y final.

 

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