Puesta de sol sobre el Ganges – @Patryms

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Querido diario:

Hoy tengo mucho que contar y pocas ganas de escribirte. Lo sé; empieza a ser la tónica general que me olvide de ti de estación a estación y que cuando te recoja más que para cuidarte sea para soltarte un ¡bah! al ver lo último que tienes escrito.

Y de verdad, que tengo mucho que contarte, pero no sé por dónde empezar o si quiero ponerme a ordenarlo. Tranquilo, voy a soltarlo y ya está. Ultimamente me es muy fácil empaquetar casi todo en una sola frase sin que pierda ni un poco de valor.

Así que me vas a dejar que resuma el verano, el otoño, y el monzón que ha llegado de golpe y te cuente sólo lo que ha pasado esta mañana. A lo mejor no me entiendes, pero las presentaciones y las explicaciones siempre pueden esperar un momento. Al final, tú te quedas todo esto pero ambos sabemos que no es para ti.

Hoy he abrazado a un desconocido. Bueno no; para ser exactos, me he acurrucado en los brazos de un desconocido y me he consolado en su hombro.

Ahora que lo pienso empieza a darme vergüenza. ¿Ves? Esto es lo que pasa al pensar las cosas. Se me viene a la cabeza que quizás no hice bien o no me expliqué. Y viendo la imagen completa, a lo mejor tenía que haberme disculpado o haber retrocedido un paso en el momento en el que la acción me había cubierto por completo. Seguramente no debí hacer partícipes a quienes estaban ni permitir que L. saliera a la palestra a verme saltar. Posiblemente lo más natural en mi hubiera sido haber puesto los pies en el suelo y haberme aferrado fuerte a la baranda para decir “no debería hacer esto, lo siento”. Reconozco que ahora en la distancia me sonrojo y entre el dolor de cabeza y sus setenta y cuatro mil ideas, me ronda que pude haberme guardado la vorágine en el bolsillo de la camisa, que es un lugar cálido y pequeño, y no haberla compartido.

Y aun así te digo, que la disculpa que me observa de brazos cruzados puedes esconderla entre tus paginas porque voy a desterrar utilizarla.

Esta mañana ha llegado S. y, sin conocernos, nos ha puesto en pie para que nos desnudásemos. No se ha parado a buscarnos las pecas ni a preguntarnos si estábamos listos, no se ha fijado en quien llevaba los calcetines arrugados o si la camiseta iba bien remetida por dentro. Y a su ritmo, tan distinto al mío, he visto botones desabrochados y cinturones caer al suelo. Pañuelos que han desatado gargantas y tapado los ojos de quienes se lanzaban al agua a ciegas, y me ha conmovido pero no me ha quitado el frio. Mientras los demás aprendían a nadar, ahí andaba yo con la costura del jersey impoluta sobre el hombro y sin moverse del sitio justo en el que la había colocado frente al espejo.

Fui a la orilla sonriendo al ver que algunos se han mojado hasta la cabeza y estando en esas me he acercado demasiado. Al ver mi reflejo también he visto las piedras del fondo, me he dado cuenta de que la corriente iba rápido y he pensado en que no sabía si daría pie. Cuando L. me ha visto, ha puesto mis pensamientos en estéreo preguntándole a S. cómo se nada cuando lo que te da miedo no es lo que el agua pueda hacerte, sino lo que tú puedas hacerle al agua.

L. es de esas heroínas que no les da miedo saltar y medir las alturas para luego gritarte desde abajo que no pasa nada, que te lances sin miedo, y que si es difícil ella te coge. S. es uno de esos seres extraordinarios con clima propio al que no parece importarle llevar la chaqueta abierta y dejarse el pecho al descubierto.

No sé si ha empezado el pie izquierdo o ha sido el derecho el que me ha llevado hasta S. ni qué pulmón se ha estirado el primero mientras él desanudaba mi cota de malla. Tampoco recuerdo las piedras alrededor o la profundidad cuando se me ha olvidado que iba desnuda a envolverme en sus brazos ni de cómo me ha quitado el frio entre su hombro y su garganta sin ninguna prisa.

Querido diario: hoy he abrazado a un desconocido. Me he lanzado al agua y he cruzado en una mañana la puesta de sol sobre el Ganges.

Y no… no me he secado ni me he vestido para volver a casa.

 

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