Primer año sin nosotros- @GraceKlimt + @alosqueladran

GraceKlimt @alosqueladran, @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

      Descubrir un nuevo grupo, no lo sé, cortarte el pelo, afeitar por completo tu barba, la piel pálida, escocida, ver un par de películas del tirón en el ordenador, dejar pasar las estaciones en la Línea Circular del Metro de Madrid, quedarte sin cobertura, probar a escribir en papel y no con la pantalla táctil del teléfono, imaginarte que en cualquier caso ella no está para leerlo, hurtar los pasos a los pequeños camiones de la limpieza que riegan las calles entre Santo Domingo y Callao, donde los amantes fugitivos salen a la caza de autobuses y taxis y tú te alegras por ellos, pero ya tienes otro trabajo, otra misión si quieres: se llama seguir y te vendrá bien cualquier pequeña munición que tus bolsillos puedan rebañarte.

      Contar 330 veces 33, porque siempre te sentiste más protegida entre números fríos que entre palabras ardientes. Hacerlo muy despacio primero, conteniendo la respiración entre cifra y cifra, y muy rápido al final, soltando todos los caballos salvajes y desbocados de un golpe, que te aplastan con sus pezuñas sin herrar, y tampoco te parece mal. Ocuparte por un rato del dolor real ayuda a desocupar tu mente de dolores más incontrolables. Desterrar los suicidios nocturnos, tirarlos por la ventana de cualquier hostal aledaño a Sol, gritar si quieres mientras tanto, o quedarte callada viendo pasar la vida ahí afuera a cámara lenta, brindar con su vino tinto favorito pensando que quien sabe, igual alguien está chocando tu copa al otro lado.

      Llegar a ese momento del después en el que vuelves a tomarte en serio a los que aman, a los que no discutirán por quién cambia las sábanas tras el sexo a toda prisa y quién pone la cafetera, que a qué hora dices que vienen tu hermano y tu cuñada con los críos y por qué se han invitado en uno de nuestros pocos domingos; vuelves a pensar que acaso ellos, los que aman, tengan la oportunidad de descubrir el Gran Amor como un cetáceo blanco, un continente subterráneo o un alienígena que invade en su embajada nuestros pechos y está bien, dejémosles: si no tienen la suerte, que se monten barricadas con los versos, que nosotros beberemos los pequeños besos que hemos escarbado hincando nuestras bayonetas en la tierra. Guerra, pues.

      Levantar un pequeño muro gigantesco construido poco a poco con todos los casquillos que quedaron desperdigados, protegiendo la fortaleza que eres tú. Caminar entre la multitud pensando que eso de sentirse sola rodeada de gente al final tiene su gracia, mirar escaparates para no recordar que en aquella esquina te tocó el culo y en esa otra se lo tocaste tú. Dejarte llevar por la corriente no, eso jamás. Tal vez herida, nunca muerta. Continuar, acariciar las cuerdas de la guitarra hasta que los dedos queden marcados, y seguir después. Recordar que hubo un tiempo en que te gustaba viajar, llenar una mochila, correr a la estación y comprar un billete a cualquier parte. Vivir con la sonrisa imperturbable y el bolso lleno de balas.

      Me he llegado a enamorar de tus silencios. He llegado a comprenderlo con los años, el terrible hecho de que uno se puede enamorar de cualquier cosa: sí, también de una sonrisa, una alpargata, un chat de Movistar del año 2001, una fotografía de perfil en una red social, alguna actualización de estado, una llamada borracha, llorando a las tres de la mañana, un pene bien proporcionado o la literatura que plagiasteis de Neruda: sólo tienes que aburrirte lo bastante de ti mismo. Que no baste con ponerte por escrito.

      No sé si ya lo sabía y no me daba cuenta, o no tenía ni idea y todo se me ha aparecido de pronto. Como si coges una muñeca de porcelana y la estrellas contra el espejo de cuerpo entero de la habitación haciendo estallar todo en mil pedazos, y la lluvia de cristales es lo más alucinante que has visto en la vida, y entiendes que estabas buscando la belleza en los sitios equivocados. Qué coño estoy diciendo, y a quién. Supongo que al nosotros que fuimos un día, no sé. Pero es que he mirado el calendario y ya ha pasado un año.

 

      Lo que nunca me perdonaría es convertirte en un poema, mutilarte como me mutilo yo para encajar en las palabras y dejar que otros se crean que son mías.

 

Visita los perfiles de @GraceKlimt y de @alosqueladran