Primavera, ven – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy, que estoy aquí sólo y tranquilo delante del teclado, y afuera se desploma la temperatura una vez más, me llama la pantalla blanca a escribirte en primera persona.

Me conoces muy bien porque nací bajo el influjo de tu presencia y, por tanto, sabes perfectamente cómo me late el pulso en la carótida cuando noto tu familiar llegada a mis ojos. Yo no tengo esa mirada llena de incertidumbre de los ancianos, que año tras año, dudan si estarán aquí de nuevo para poder darte la bienvenida. Ni tengo tampoco esa inocencia desbordante de la mirada de los niños, que no entienden del paso de los días porque no poseen ninguna preocupación que les señale las fechas a tener en cuenta.

La mía es una mirada cargada de deseo, porque sabes que, desde hace mucho tiempo,  mis años no comienzan en enero como los de todo el mundo, sino que el calendario se centra en tu luna y en todo lo que le aporta a mi alma. Justo por eso te pido que no tardes. No te vayas a quedar mirando cómo se sonrojan de pecas los naranjos esperando la caída de los frutos para llenar de embriagadores luceros de azahar las madrugadas.

No esperes a ver cómo se van derritiendo los neveros de la sierra para volver a llenar los prados de dientes de león, o para escuchar cómo canta nuevamente el rumor del gélido líquido en las angostas y sedientas gargantas de piedra que coronan nuestro cielo.

No te entretengas por el camino, porque este año más que nunca tengo el frío calado en los huesos y los labios secos de besos. Necesito el calor de tu compañía en las yemas de mis dedos, y el susurro leve de tu brisa acariciándome el rostro cuando camino. Necesito olvidar la blanquecina luz de los amaneceres del invierno: este cruel y despiadado tiempo que me ha dejado en la calle, desnudo y desprotegido.

He liberado mi espalda del peso muerto que me asfixiaba, sí, pero no podré saborear la libertad de una victoria hasta que vengas a visitarme con tus vaporosos vestidos de colores, tu pelo ondulando su forma sinuosamente sobre los hombros desnudos, tus sandalias de tacón fino y ese rouge cargado de color que te hermosea la boca.

Han secado ya mis cicatrices y piden caricias nuevas que borren todos los “ojalás” y los cambien por “ahoras”.

No te agarres a la cintura del tiempo para hacer lazadas imposibles con los días que han de venir, porque el tiempo es un zalamero capaz de entretenerte demasiado para lo mucho que te necesito. No te consumas estérilmente con quienes no saben valorar las noches templadas para disfrutar contigo.

Yo te espero para risas conjuntas, para paseítos nocturnos revestidos de algodón y arpillera, para tardes de café y esfuerzo acompasado al ritmo de melodías que nos hagan espantar a los fantasmas del miedo y de la nostalgia, para tomarte de la mano y fardar orgullosamente de tu belleza delante de otros tantos que te desean como yo.

No te olvides de venir cargada de ilusiones para mí, que estoy falto de ellas. Después de batirme en un sinfín de combates, este guerrero ha dejado caer su escudo y su lanza, y con la rodilla en tierra y la mirada perdida en el horizonte, tan sólo acierta a pensar que contigo llegarán tiempos mejores. Necesito que me traigas un amor que me caliente el alma cuando sueño y la cama cuando el animal impone su presencia al hombre. Necesito empezar desde cero con un nuevo trabajo que me ocupe los pensamientos, y necesito también un buen puñado de motivos por los que volver a apretar el puñal entre los dientes.

No dejes que me pierda en el indómito bosque de la desesperanza. Quiero besarte las clavículas cada mañana para despertarte. Quiero que me llenes los días de alegría. Tú siempre has sabido encauzar mis ganas a través de tus pulsos, y me das todo aquello que necesito para sentirme vivo.

No permitas que te coman el sitio. El otoño ya es casi un verano prolongado que ha hecho desaparecer el romanticismo templado de los atardeceres, y el invierno pretende alargarse para no dejarte ese resquicio donde puedas ser tú misma con tus tonalidades, con tus aromas, con esa innata hermosura que le das a todo lo que revistes.

Llevo todo un año esperándote, y ésta vez, cuando llegues, me encontrarás distinto: con la mirada algo más triste, con el romanticismo acumulado por desuso, con más canas en el pelo y con el corazón hecho un manojito, deseando que en esa reanimación de urgencia que me haces siempre que apareces, boca a boca, me llenes los pulmones de aire nuevo.

Te quiero tanto, tanto… que cuando más se tuercen las cosas sólo necesito soñarte a mi lado para que se me llenen de brillo las pupilas.

No tardes, cariño mío, que tengo muchas ganas de ti.

Ven pronto, primavera, ven…

 

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