Previo a la infidelidad – @IAlterego84

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Sonreírte aunque por dentro,
quisiera cortarme las venas.

El vaho del espejo le devuelve una imagen distorsionada de su cara. Lo limpia con la palma de la mano. Las mejillas llenas de espuma de afeitar. En la otra, una navaja de barbero. El ambiente es húmedo. Del torso le caen gotas de agua que mueren en la toalla que rodea su cintura. Con pulso firme y experiencia el rasurado va convirtiéndose en un hecho. La barba emite un sonido áspero al ser amputada de cuajo. La piel le brilla bajo la luz del techo. Tiene unas ojeras profundas y los ojos hinchados. Insomnio. Demasiadas noches nadando en la misma mierda de preguntas sin respuestas, y respuestas a la espera de encontrar las preguntas adecuadas. Los ¿y sí…?, los ¿qué pasaría si…?

Hasta esta mañana.

Las manos le tiemblan. El frasco de aftershave amenaza con caer. Cierra los ojos. Cuenta hasta diez. Logra reponerse. La decisión es la adecuada. No se puede seguir así. Esto no es vida. Agarrar el toro por los cuernos y asumir las consecuencias.

Se viste despacio. La habitación huele a él y a su mujer. A sexo rutinario de madrugada. Suspira. Los botones de la camisa se deslizan entre sus dedos, encajando en el ojal como un cartucho del 38 en el tambor antes de lanzar un mordisco de pólvora y plomo a quemarropa. La corbata debe ser negra, piensa. Luto riguroso. Una vida que muere para alumbrar otra. Un tributo. Un recuerdo. Una lazada al cuello que le hace tragar saliva sintiéndose inseguro. Un paso en falso y el patíbulo estaría ahí, esperándole. ¿Cómo volver atrás y tratar de evitar lo que está por pasar?

Con el estómago convertido en un nudo de nervios y el llanto llamando a su garganta, se despide de su mujer. Sabe que posiblemente no vuelva a verla. Durante mucho tiempo, al menos. Le acaricia la mejilla con algo entre la torpeza y la ternura. Sonríe y se pone en pie. La suela de madera de sus zapatos arranca sonidos sordos del suelo, haciendo que cada paso se le antoje como un diapasón desafinado que marca su permanencia en esa casa.

La alfombra del pasillo ahoga sus pisadas mientras avanza hacia la habitación de su hijo. Abre la puerta, pero no se atreve a entrar. Desde allí, apoyado en el marco, le mira. Las lágrimas ahora sí son un hecho. Algo que inunda sus ojos, amenazando con derramarse de un momento a otro. Baja la mirada y niega con la cabeza. Una cosa era tener la certeza de mantener la compostura. Y otra muy distinta saber que una parte de su vida, una parte de él, se va a quedar para siempre entre esas cuatro paredes mientras que él se enfrenta a un futuro incierto, el mismo al que su mala cabeza le ha conducido.

En la calle respira hondo. El aire es fresco, y lo agradece. Lo siente como una caricia suave que le devuelve a la realidad. No hay escapatoria posible. Un presente demasiado laberíntico con sólo dos escapatorias posibles. Volar desde un séptimo piso o arriesgarse a hacer realidad algo que lleva demasiado tiempo latente en su interior. Coge aire y abre el coche. Dentro siente el confort de la tapicería de cuero. Acaricia el volante y el salpicadero, antes de sacar el móvil y mandar un Whatsapp. Escueto. Donde va y quien le espera no necesita más. «Ya voy».

A los pocos minutos recibe la respuesta. Una ubicación. Conoce el sitio. Ha pasado demasiadas veces demasiado cerca. Gira la llave. Los 120 caballos del motor ronronean al mismo tempo. Una orquesta de pistones y cilindros afinados a la perfección. Desembraga y el paisaje que siempre ha llamado mi hogar empieza a difuminarse en el espejo retrovisor.

Cuando llega a las coordenadas que le han indicado baja del coche. Siente la espalda cargada y empapada en sudor. Se despereza. Mataría por un cigarrillo, pero no es el momento. Le están esperando. Ya habrá tiempo para fumar y soñar entre volutas de humo, ceniza y colillas. Lo primero es lo primero.

Las puertas del hotel se abren a su paso. En recepción hay un tipo con ojeras. Parece acabar de pasar del turno de noche al de mañana hace poco, y claro, el cuerpo se resiente. Al llegar a su altura, dice su nombre, sacando el DNI. Las leyes son tajantes ante estas cosas. Aunque ya se sabe, un empleado descontento siempre puede mirar hacia otro lado ante el grosor adecuado de un fajo de billetes. Y es el caso. Con un ademán le hace saber que no es necesario que se registre. Quien le espera se ha tomado demasiadas molestias para su primera cita en un hotel, lejos de las miradas y oídos indiscretos que en sus anteriores encuentros le obligaban a girar la cabeza. Y eso le hace sentir un ramalazo de esperanza.

Camina por un pasillo enmoquetado. Puertas a ambos lados. Se dirige hacia la habitación 213. Se detiene ante ella, junto a un extintor de incendios y una señal de salida de emergencia rodeada de una fosforescencia que parece sacada de una novela de Stephen King. Cierra los ojos. Se masajea las sienes. Traga saliva. Se seca el sudor de las palmas de las manos y llama. Alguien desde dentro dice, «está abierto». Suspira. Abre y da un paso al frente. Ya no hay vuelta atrás…

Un par de ojos cansados le miran al otro lado de unas gafas gruesas. La piel de la frente le brilla, grasienta. Están sentados cara a cara ante una mesa pintada de blanco. Un cuaderno con preguntas escritas a toda prisa, un paquete de tabaco y una grabadora completan la escena. El recién llegado pide algo de beber. Los nervios hay que destensarlos de alguna manera, y a falta de ansiolíticos, bien vale un vaso largo de whisky sin hielo. El otro atiende sus deseos como si le fuera la vida en ello. Un trago. Ardor en las entrañas. Carraspera. Sensación de que la atmósfera en la habitación empieza a volverse más densa, casi irrespirable. Se acaricia el mentón con aire pensativo. El siguiente movimiento es el que cuenta. Algo que se le antoja como previo a la infidelidad hacia los suyos. Sus hermanos. Sus socios…

Y el miedo vuelve a hacer acto de presencia.

— Tranquilo, no tiene nada que temer ni por su mujer ni por su hijo. Ya tenemos todo preparado. El plan de protección de testigos lo tiene todo previsto— dice el otro, como si acabara de leerle el pensamiento.

Una mueca a mitad de camino entre la sonrisa y un gesto de cansancio se perfila en su cara. Asiente y, tras indicar con un ademán que encienda la grabadora, empieza a hablar. Cada segundo que pasa es un clavo cerrando la tapa de su ataúd, pero esta vida está llena de cosas así, sin retorno. Variable aleatorias ante las que lo único que se puede hacer es cerrar los ojos y dejarse llevar. Ya habrá tiempo para lamentarse o sonreír, según salga cara o cruz en la moneda del destino.

Tres meses después. En un área protegida. Agentes federales en mangas de camisa. Fundas sobaqueras colgando del perchero. Aire distendido. Partida de cartas. Su nuevo amigo tiene una buena racha, o eso le hacen creer. La puerta se abre y entra un uniformado. Aire serio. Pasan de él. El que reparte está hablando sobre la enésima reposición de El Padrino III. El confidente se fija en el periódico que trae el recién llegado. «Explosión de gas. Dos víctimas. Una mujer y un niño». Y en la foto. Un nudo en la garganta ahoga su grito al mismo tiempo que una certeza le golpea en el pecho. Sólo es cuestión de tiempo y paciencia. Las prisas no son buenas, y la venganza, como un buen gelato, cuanto más fría se sirva, mejor sabe.

 

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