Presta atención – @soy_tumusa

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Solo dos cafés me hicieron falta para saber que quería perderme en el negro de sus ojos el resto de mis días.

Nuestras miradas se cruzaron por primera vez una tarde de verano, entre el tumulto de la gente de la calle, de risas y cervezas conversando con amigos. Una mirada de esas que te desnudan y te hacen brillar por encima del resto de la gente. No tardé mucho en acostumbrarme a ella y la buscaba en cada encuentro, en cada instante en el que podía cruzarme con  él, porque eso me daba vida.

La de personas que conocemos mientras caminamos para terminar dándote cuenta de que la menos esperada es la que te hará vibrar hasta el punto de desear que te complique la vida y dejarte llevar hasta el final. Caminaba lentamente por la acera midiendo mis pasos, no quería ser puntual. Mientras abría la puerta del «Café Continental» mi corazón latía al compás de la música del piano que sonaba de fondo. Barrí el local con una sola mirada para respirar aliviada al ver que estaba vacío. Javier aún no había llegado, me daba tiempo a estar unos minutos a solas para poder calmar mis nervios y templar mi emoción por volverlo a ver.

«Té con una nube de leche para mí, por favor». Miraba el enorme ventanal que daba a la calle, intentando buscar su cara entre la gente. Cada golpe de puerta era un golpe en mi pecho que me hacía estremecer. Bajo el primer sorbo de té, levanté la vista y ahí estaba él, caminando por el largo pasillo de aquella cafetería, con su traje marrón oscuro y su camisa a rayas, siempre impoluto, escondido detrás de sus Ray Ban que le daban ese aspecto chulesco que tanto me gustaba. Se sentó frente a mí, sonriendo, y fue el momento más bonito de toda la semana. Horas de conversación, risas y complicidad llenaban aquella cafetería vacía, sus pies rozaban los míos por debajo de la mesa, mis mejillas se sonrojaban cuando me tocaba, mi deseo de estar a solas con él iba aumentando. Ya no escuchaba conversación alguna, solo miraba su boca deseando que fuera mía cuanto antes. <<Préstame atención>>, murmuraba entre sorbo y sorbo de café, pero yo, atenta, en lo único que pensaba era en sus manos, tocando mi piel.

En un descuido, me agarró de la mano fuertemente, dejó un billete con desdén encima de la mesa y me arrastró a la salida de la cafetería entre latidos y risas. Sorprendida me dejé llevar, sin preguntar más; su personalidad me inducía a pecar y yo era incapaz de poder controlarme. Salimos a la calle con miradas cómplices, sabiendo lo que en cualquier momento iba a suceder, nos escondíamos por los callejones como quinceañeros besándonos en cada portal, mordiéndonos las ganas y el deseo hasta llegar a la puerta de aquel hotel. Javier era imprevisible, aquel día me sorprendió regalándome aquellos momentos. Mientras bajaba el ascensor subía su mano por debajo de mi vestido, buscando piel donde agarrar, me sentía incapaz de llegar a la habitación sin poder probarle antes. En el ascensor se desataron nuestros más ardientes deseos, sus manos abrazaban mi cuerpo como si no hubiese un mañana, era toda suya, mordía mi ropa, mi cuello, mis pechos, acaparaba todo mi ser contra aquella pared de metal; su respiración aceleraba la mía y hacía que mi deseo aumentara más. Besaba con ansia, parecía como si quisiera beberme entera y no dejar ni gota. Salimos de allí con la respiración entrecortada, sin dejar de besarnos ni mirarnos, no había momento de entrar a aquella habitación.

 Me desnudó con la mirada a la vez que con sus manos, mi vestido se arrancó de mi cuerpo como cuando arrancas una tirita de una herida, su boca recorría cada parte de mi piel y de mi lencería, buscando con sus manos mi sexo mojado, me estremecía con cada una de sus caricias y me dejaba el alma en cada uno de sus besos. Notaba su verga entre mis muslos, erecta bajo el pantalón de su traje que no dudé en quitar rápidamente. Quería descubrir, tocar y lamer, hacerle sentir hasta el último atisbo de placer. Gemía cada vez que mi lengua recorría su pene y mis manos se deshacían acariciándolo. Mi humedad recorría parte de mis piernas al compás de su lengua, jamás tanta locura junta me había hecho perder la cabeza de esa manera; acaricié su pelo mientras su boca me follaba y yo gritaba cada vez más, mi espalda se arqueó mil veces, tumbada sobre esa cama le pedía que me penetrara una y otra vez hasta que me partiera en dos. En cada una de sus embestidas agarraba y mordía mi boca para evitar que gimiera más y más, sus manos apretaban mis caderas metiendo su pene más hondo en mi ser, mordiendo mis pezones y arañando mi cuerpo  follábamos como dos locos desatados por la angustia de esa terrible pasión. Mi pelo se enredaba entre sus manos cuando tiraba del él con fuerza mientras acercaba su pene a mi sexo, sus vistas de mi espalda curva de placer le hacían resoplar como caballo en celo y embestía con más fuerza rabiando de placer, «eres mía», gritaba con poco aliento, «más fuerte», contestaba yo apenas sin respiración. Durante horas deshicimos la cama, golpeé la pared subida en sus caderas y apoyados sobre aquel lavabo del cuarto de baño, mientras lascivos nos mirábamos en el espejo, cuánto placer cabía en aquella pequeña habitación…

 – ¡María! -. Exclamó.

 – Préstame atención, estás muy despistada hoy.

 – Discúlpame, Javier.

 Me sonrojé ante aquel toque de atención, tras ver que mi imaginación me la volvió a jugar, miraba a mi alrededor y volvía a estar sentada frente a él en aquel café, dándole vueltas con la cucharilla a las últimas gotas de té.

 -Me quedé absorta mirándote, me gusta mucho observarte mientras conversas y me embobé.

 – Como te decía, María, he de ir a recoger a mi hija y a mi mujer, es hora de irme.

 – Entiendo. ¿Volveremos a vernos?

 …

 Y una sonrisa acompañada de un silencio me hizo comprender que estábamos destinados a encontrarnos, a desearnos y a buscarnos con la mirada, pero la vida nos hace jugar en bandos diferentes y solo me quedaba la esperanza de aguardar que nuestro deseo fuera más fuerte que cualquier condición o atadura, y que fuésemos capaces de darnos cuenta que rotos nos uníamos y que todo a nuestro alrededor se llenaba y cobraba sentido cuando nuestras miradas, por fin, se volvían a encontrar.

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