Presta atención – @reinaamora

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas, Perspectivas

No debería.

Toda mi vida ha estado condicionada. Normas morales, restricciones, dinero, relaciones, incluso la religión en una época que apenas recuerdo. Puede que alguna vez fuera niña, pero nunca lo he tenido claro.

Tampoco voy a extenderme en todas las decisiones que he sufrido, tomadas por mí o en mi lugar. Con el tiempo he aprendido a llorar sin molestar, pero también, a dejarme engañar por duendes y demonios que me invitaban a soñar.

Dulces mentiras para conciliar el sueño a la espera de un día de certidumbres y puñaladas. Algo bueno habría en todo ello, ¿no? Desde luego que sí: saber que tarde o temprano acabaría en un mundo de mentiras.

Confié en lo inadecuado cuando me prometieron construirme una senda por recorrer. Entre mis paradojas olvidé que mi camino no es en singular, donde no hay sitio para lo indiviso. Tampoco necesité eco para mis preguntas. ¿Qué me hizo buscarlo? Supongo que soy tan necia como el resto.

No era ni mucho menos la primera vez que me encontraba cerca de conocer la locura, con un pretérito tan desgastado que ya había olvidado de qué huía. No quedaban más oraciones a pesar de que las había recuperado todas. Tal vez me escucharan o tal vez no.

De lo que estaba segura es de que yo no debía prestar atención alguna. Así me he movido parte de mi vida, entre la más delirante oscuridad. Deambulaba entre la decadencia que quedaba entre la arena y la marea, de vaivén en vaivén. Ni había nada ni lo habría. Construí unos cimientos falsos para poder vivir así. ¡Y cómo no!, tuviste que venir a llevártelo todo con tu oleaje.

Sólo una tarde más, era sólo eso. Sólo otro viaje más para recordar, sólo otro día más llena de nostalgia. Y no tuviste mejor idea que mostrarme la tentación en toda su condena. Vi tu sonrisa, tus intenciones, tus ganas de jugar, tus pasiones. Todas las promesas que no pensaba cumplir y todas las que querías robarme.

Ya lo he vivido otras veces y de todas ellas sale algo nuevo por vivir. Por eso no quiero pensarlo demasiado, quiero vivirlo intensamente aún a costa de desgarrarme por dentro, sintiendo muy dentro una parte inerte porque no estás al lado. Esa parte que sólo tú haces revivir: mi erotismo, mi vehemencia, mis delirios, mis arrebatos. Todo se resume en un nombre. Maldigo el día que se llevó mi percepción, ahora distorsionada por una existencia traslúcida tras tus ojos.

Tus ojos.

Siempre vuelvo a ellos, una y otra vez, desde aquel día. Sólo una copa, unas risas y una confidencia. Nada más.

Y una declaración.

¿Cómo resistirse? No era una tentación, ni una invitación, ni lujuria, ni lo prohibido. Eras tú, simplemente tú. Era perfectamente consciente de que no debía estar allí pero allí estaba, frente a ti.

No debería escucharte, no debería sonreírte. Ni hablarte, ni contestarte. No debería entregarte nada. No debería darte mis pasiones. Y sin embargo siempre han sido tuyas.

Cuánta atracción por lo que no debería, por lo que no se contase. Ganar o perder nunca me importó, lo que embruja es el riesgo. Supe en ese instante que no debería, que nunca querría ya, otra tentación.

Nos perdimos en besos, abrazos, en tus manos llevándome, en tus ojos despertándome. Y poco a poco, sexo a sexo, era consciente de que iba perdiéndome cuando en realidad me estaba encontrando. Tu aliento acabó por anularme. No me reconocía, no era como creía que debía ser.

No debería haberlo dicho, pero lo dije.

–Eres el último – afirmé.
–No me jodas – respondiste.

No querías dejar tu libertad ni tu vida. ¿Acaso te lo pedí? ¿Acaso tenía derecho a exigirte nada? Sí que tenía derecho a elegir, elegí hacer lo que no debía, lo que nunca me atreví a hacer: ser yo. Elegí que me doliera, elegí noches en blanco, cafés pensativos, terrazas en silencio con lápiz y cigarrillos. Elegí el lado opuesto a la razón, el peaje por extrañar. No era una elección, era lo único que podía hacer.

Elegí quererte.

No debería, pero elegí quererte.

¿Tan extraño era que dos personas adultas disfrutaran? Para mí sí que lo era. Había demasiados límites en mis piernas, demasiadas señales en mis caminos. Poca luz y demasiada oscuridad. Una oscuridad que siempre ha formado parte de mí. Todos la tienen. En mi caso trato de mantenerla a raya. Y tú, sin pedir permiso, llegaste para desordenarlo todo en mi mente.

Todo se mezclaba, el cariño, el pecado, la lujuria, la ternura, el dolor, el castigo, la recompensa. Todo se difuminaba en esa mirada de cobre. Todas las fronteras difusas se hacían reales entre mis manos. No quería reconocer que, tarde o temprano, tenía que volver a ese sueño en vida. Volver a sentir esa necesidad de ti. Sentir que eras el infierno que quedó varada en mis fantasías. Engañarme al pensar en quedarme dormida y que estuvieras junto a mí al despertar. Quería sufrir al ver mis sábanas enfriadas por tu desaparición y disfrutar mientras me perdía dentro de ti.

Crucé medio país para verte ¿y qué? No es lo peor que he hecho. Ensayé lo que tenía que decirte, el tono, las pausas, las palabras adecuadas, todo se fue al infierno cuando apareciste sonriendo. Me faltó tiempo para odiarme por hablar demasiado y llevarte a la habitación.

No debería haberlo hecho. Y aun así lo hice, necesitaba perderme en tu sexo. Tan sencillo como eso, quería que fueras mi perdición y ya ajustaría cuentas con cualquier dios. Esa tarde no sólo fuiste mi perdición, también yo fui la tuya.

Nos separamos con una sonrisa y con un amor contrapuesto. Estaba claro que encajaba cuando estábamos juntos. No podía darle a nadie ese cariño, no al menos de la misma manera. Ni esas palabras, ni esas pasiones, ni esos secretos, ni esa lujuria. Eso tan concreto era mío, únicamente mío.

Siempre he presumido de vagabunda sentimental, siempre de paso, de nadie y un poco de todos. ¿Por qué me tenías? No deberías tenerme, y era tuya.

Traté de librarme, pero era como lanzar piedras a una montaña. Creo que en el fondo no quería reconocerlo. Quería que fueras tú el que rectificara las líneas de mis manos. Y no podía ser. Caí deprimida, irascible. Consciente, en el fondo, de que no debo tener lo que quiero. Esa es mi maldición. Hasta que me revelé.

¿Por qué?

¿Por qué no debería ser una egoísta?

Y te escuché, y lo dejé ir. Dejé atrás muchas cosas, tiré convicciones, renuncié a promesas. Te quería en mi vida.

Quería colarme en tus fantasías, y después vivirlas contigo. Hacer que me desearas y darte mi deseo. Y no debía. No debíamos. De ello derivaría dolor.

Pero… Que se joda el dolor.

Era consciente de que no podría tenerte tanto como me habría gustado. De que debería esperar a otra vida para tenerte. Ese siempre ha sido mi miedo, que me olvides. Tal vez no quieras saber nada, tal vez no debería seguir con esto.

Y sigo aquí, sintiendo la ausencia de tu aliento y el recuerdo de tus labios. Tu lengua sobre mi pecho y mis manos en tu espalda. Quiero esa sensación. Y no la quiero en la próxima vida, la quiero en esta. La seguiré queriendo mientras respire. Y quiero que seas tú el que me haga daño, porque ese sentimiento es tuyo. No sólo quiero ser tuya, quiero, además, que tú, seas mío. Que me des lo que quieras darme, que me mires, que me toques.

¿Es mucho? Tal vez. Pero ya no te dejaré. Quiero estar en ese rincón apartado, aunque te vea de lejos. A mí, me basta de momento.

Te buscaré, te llamaré, te encontraré. Y habrá calles que podremos recorrer juntos y llenar cualquier ciudad en la que estemos. No soy paciente, y eso me duele. Me duele por que no debería.

Y sin embargo…

«Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos se veían, más lejos, y más en uno fundidos.»

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