Predicando con el ejemplo – @tearsinrain_ + @GraceKlimt

Tearsinrain @GraceKlimt, @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Amo matar. Lo amo, tanto como amo el olor de la pólvora, el tacto del gatillo, el sonido del disparo, la visión de la bala, y el regusto amargo de la bilis que siempre trepa mi garganta mientras observo una vida que se va. Él fue quien me enseñó que arrancar vidas era todo un ritual, algo maravilloso y tan profundo que no podía hacerse de cualquier forma. Que era necesario poner en ello la mente, el alma, el corazón, las tripas, y los cinco sentidos. Y así lo aprendí, a la vez que aprendí poco a poco a vivir para quitar vidas. Ahora, cojo aire, y apunto. Del otro lado, sus ojos me encañonan. Maestro y Aprendiz cara a cara. Huelo, acaricio, escucho, miro y saboreo. Sé al instante que mi bala hará blanco, al igual que entiendo que también su disparo será certero. Sonrío, es justo. Una suerte de justicia poética asesina. Un doble bang. Mi bala impacta en su pecho y la suya en el mío. Abro mucho los ojos, sorprendida. No hay nada. Silencio. Abismo. Y en el lugar exacto en que la bala me ha atravesado, una especie de agujero. No huelo, no noto el tacto, no oigo, no veo, y la boca no distingue sabores. Dudo si estoy muerta. No brota la sangre. Levanto la vista, y él, al otro lado, me mira, tan sorprendido como yo.

 

He visto la bala, a una velocidad lenta y casi estática. He notado el dolor en el pecho antes de que impactara. He mirado a sus ojos en ese baile de los dos proyectiles cuando han pasado uno al lado del otro, a milímetros de distancia, y al mirarla, he sentido también una danza de sentimientos, el amor cogiendo al odio de la cintura y de la mano; el odio tomando al amor por el hombro y de la mano. Su pupila era pólvora quemada, su iris humo, su esclerótica dolor. Me ha parecido que podía dedicarme a mirarla durante una eternidad, que  tenía tiempo de estudiar cada milímetro de esos ojos de un gris claro tan peculiares, magnéticos e interrogantes; que tenía tiempo de revisar y poner en orden la infinidad de emociones que me invadían todas a un tiempo. Entonces he parpadeado, quizá metafóricamente, y he muerto. O debería. Y ella también. Tiene el agujero justo encima del pecho izquierdo, tantas veces tocado, tantas veces lamido, tantas veces besado, exactamente dónde he querido hacerlo, mi puntería es infalible. Pero sigue aquí, de pie, como yo. He cargado mi propia arma hace unos segundos, sé que la bala era de verdad. Le he visto desnuda y después ponerse la camisa hace unos minutos, sé que no lleva armilla antibalas.

—Creo que en realidad no quiero matarte le digo, aún con el brazo levantado y mi preciosa Colt M1911 humeando, caliente, vibrante.

Y ella dice algo, sin sangre por muerte inmediata, o así tendría que ser, pero no puedo oír lo que dice. Solo entonces me doy cuenta de que a mi alrededor el silencio es tan brutal que me da miedo.

 

—¿Estamos muertos? —grito, no sé muy bien a quién.

Él también está hablando, pero su voz cae en la nada, como la mía. Asustada, me llevo las manos al agujero de bala, y el pánico me inunda al comprobar que soy algo así como un holograma. No puedo tocarme. Tirito, aunque no hace frío. Noto que el suelo se tambalea, cierro los ojos intentando buscar el equilibrio, y cuando los vuelvo abrir, estoy en la mansión de la semana pasada. A mi lado él, mirándome con un gesto de desconcierto en la cara. Cerca de la piscina diviso al hombre de las gafas oscuras, y sé perfectamente lo que va a pasar. Cuento hacia atrás: cinco, cuatro, tres, dos, uno, y entonces me veo a mí misma disparando tras la mira telescópica de un rifle de asalto. Blanco perfecto. Todo se acelera, carreras, emoción, nervios, aplausos.

—Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean, disfruten el espectáculo de una muerte sin nombre más —la voz surge de la nada y retumba en mi cabeza, como si un telepredicador estuviese presentando un programa de alta audiencia en televisión. Casi me dan ganas de soltar una carcajada cuando recuerdo que de hecho, esa es la voz del Presentador, y nosotros los protagonistas del puto programa.

Y entonces, empiezo a sentir su dolor. Noto como caigo a la piscina y mis pulmones se llenan de agua. Me arde el cuerpo donde le impactó la bala. Me invade el miedo por perder la vida. Soy yo y a la vez soy el hombre de las gafas oscuras. El Elegido. Siento que muero sumida en la incertidumbre. Quiero gritar, pero de nuevo sólo soy humo.

 

He vuelto a la mansión, sigo con la pistola en la mano y ella está a dos metros de mí, en el suelo, se retuerce de dolor, intento ayudarla a pesar de que acabo de matarla y la traspaso como si fuera un fantasma. Mierda. Exacto. Eso es lo que pasa. Ruido, voces, gritos. Por una ventana veo el espectáculo del que formamos parte. El Elegido, así es como llaman a la persona con más votos y, por tanto, a nuestra víctima, ahogándose en la piscina, con el disparo no demasiado certero en el tórax. Le dije que los matara a la primera, pero a ella le gusta alargar los finales.

—¿Quién habrá disparado primero, esta vez? grita la voz del Presentador. Nunca he podido con este tipo, el público lo adora.

Una multitud se congrega alrededor de la piscina, aplauden, ríen, vitorean. Y cámaras, tíos cargando cámaras de televisión aparecen de dentro de la mansión, y drones que lo filman todo sobrevolando la escena. ¿Dónde estaba yo? Ahí, entre los matorrales. Un foco me ilumina, ilumina a mi yo de la semana pasada, voy con el traje y sujeto la Colt. Ella ha disparado antes, hemos empatado.

—Increíble, damas y caballeros, nadie podía imaginar que esto acabaría así, después de cómo ha ido todo hasta ahora. El Maestro, finalmente, ha sido alcanzado por la Aprendiz, es ella quien ha disparado esta vez y el resultado final es de empate a 48 puntos.

El hombre de la piscina ha muerto. A mi lado, el fantasma de mi Aprendiz también yace tendido, hay agua a nuestro alrededor, pero mis zapatos no se mojan. La multitud deja de mirar el cadáver cuando en unas pantallas que hay en los muros del jardín que rodea la piscina, aparece mi imagen. No recuerdo estar tan, ¿cuál sería la palabra? Vencido. Al ver mi propia cara desde la distancia, desde el futuro, desde la muerte, me veo derrotado, viejo. ¿Dónde está aquella altanería que me hizo tan popular? Estoy muerto. Morí la semana pasada, cuando ella, con un rifle de media distancia, disparó primero, y empató.

—Y ya saben lo que significa el empate, ¿verdad? grita la voz del Presentador.

Y toda la gente, como si fueran fieras domesticadas, empieza a gritar: “Todo o nada, todo o nada”. Me acerco a la barandilla que me separa de la piscina, estoy en la primera planta, en un balcón, espectador de lujo de mi propio desastre.

—TODO O NADA chilla el Presentador, alargando las os y las aes de sus palabras. El Maestro nos dijo que predicaría con el ejemplo, que sería implacable, que no daría opción a la novata. Pues parece que le ha salido el tiro por la culata, y sin haberlo deseado…

—Me ha salido un pareado canta el gentío.

Y el público se ríe. Al tipo asqueroso este le salían pareados en cada programa y eso era la coletilla, la gente acababa su frase de mierda. Tras de mí, ella se levanta, se mira, tiene un agujero en el pecho. Me dice algo, no la oigo. De repente ya no la odio tanto. De fondo, la sebosa estrella de televisión explica qué es Todo o Nada mientras unas azafatas del programa me acompañan, a mi yo de la semana pasada, a mi yo derrotado, hasta un escenario que hay detrás de los cipreses que limitan el jardín.

 

Estoy a su lado y no puedo tocarle. Tengo un agujero en el pecho, él tiene otro, y seguimos en pie. Nadie nos ve. Somos espectadores de nuestro propio espectáculo de muerte y obscenidad. Eso somos. Quiero decirle que todo lo he hecho por él. Me juré, edición tras edición, viéndole siempre erigirse ganador, que conseguiría que su atención cayese en mí. Seguí todas sus enseñanzas. La Aprendiz enamorada del Maestro. La Aprendiz que quiere enamorar al Maestro. La Aprendiz que aprende a amar la muerte, como el Maestro. Quiero que sepa que disparé por él, porque él así me enseñó. Siempre matar. Nunca bajar el arma. Sea quien sea el rival a batir al otro lado.

Mientras tanto, observo como ese maldito Presentador hijo de puta continúa con su momento de gloria.

—Solo puede quedar uno. Desempate a muerte. TODO O NADA. ¿Quién vencerá, damas y caballeros? Se abren las líneas de apuestas.

Miro embobada cómo mi yo y el suyo se miden. Lo observo incrédula, deseando que todo sea una broma, aun sabiendo que no lo es, que vamos a morir, que vamos a matarnos. Agito la cabeza y le miro, sentado a mi lado.

—Disparé por eso, maté por eso, el dinero del premio me daba igual, el programa no me importaba en absoluto, sólo quería sorprenderte, sólo quería que estuvieses orgulloso de mí —le explico entre lágrimas, aun sabiendo que no me oye. Que ya todo es absurdo.

Suenan tambores. Los aplausos echan abajo el recinto. El escenario ha vuelto a cambiar. Ahora la mansión se ha transformado en una suerte de Coliseo romano con suelo de mármol, y en el centro estamos él y yo, solos, cara a cara.

Yo huelo, acaricio, escucho, miro y saboreo.

Él ha levantado su preciosa Colt M1911.

—Silencio, damas y caballeros —la voz del Presentador vuelve a invadirlo todo. Ha llegado el gran momento. Veremos si ambos cumplen sus promesas y predican con el ejemplo TODO O NADA.

Y es que yo amo matar. Lo amo, tanto como amo el olor de la pólvora, el tacto del gatillo, el sonido del disparo, la visión de la bala, y el regusto amargo de la bilis que siempre trepa mi garganta mientras observo una vida que se va.

 

Quizá el infierno sea esto, pienso. Ella a mi lado para toda la eternidad, revivir el momento que nos ha llevado hasta aquí. Quizá el infierno sea esto. No di un duro por ella cuando se presentó a aspirante en esta edición, tenía algunos conocimientos que dijo haber tomado de mi ejemplo. Quería que yo la enseñara. Solo es un juego, en realidad, un juego en que muere aquella gente seleccionada por el público a través de una aplicación en su Smart TV. Necesitaba ganar esta final, ella lo sabe. Nos veo ahora en la arena de este coliseo de mármol, el uno apuntando al otro, sabiendo que moriremos los dos. Yo no te amo, pero tú a mí sí, o has confundido admiración con amor. El Presentador pide silencio, musita unas palabras en su tono jovial, a pesar de estar ya entrado en años, con su acento del norte a pesar de ser de la capital. O disparo o muero en balde. No, me equivoco, en este caso se muere en balde siempre. Su infierno es sentir el dolor de su última víctima, el mío es verme vencido y mi cerebro dando vueltas por lo que le he hecho a ella: hacer que la quería cuando no, y ahora dudar. Una duda imposible de resolver. Somos fantasmas condenados a soportarnos a nosotros, el uno al otro, y a lo que nos hemos convertido. Yo ganaba y me retiraba, ella no era, no es, no era rival para mí. Con los primeros cuatro elegidos no tuve problemas, luego ella fue remontando, desarrolló mis lecciones. Y yo sucumbí a su voluntad, me dejé llevar, porque todo iba como debía: yo ganaba, yo follaba, ella perdía, yo me retiraba, ella seguía. ¿La amo? No lo sé. Me siento traicionado. Por ella, por mí. Este infierno se salta el sexo antes de saltar al ruedo, solo nos veremos morir, una y otra vez. El Presentador se calla, índices de audiencia reventando todas las estadísticas. Su respiración y la mía. Sus ojos y los míos, su arma y la mía. Pienso que en realidad no quiero matarla. Doble bang. Silencio absoluto. Y volver a empezar.

 

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