¿Por qué te escondes? – @dtrejoz

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Volvió sobre sus pasos hacia la estancia y se dejó caer sobre el sofá. De alguna manera, sentía aliviarse su pena, era como quitarse el peso de los hombros y dejárselo al sillón, en su mirada se veía el incendio que le quemaba las entrañas…no había ni una sombra de paz en el reflejo de sus ojos. Volvió a levantarse, indeciso, y caminó por enésima vez hacia la puerta, arrastró su angustia hasta el pestillo y no encontró el valor que requería para abrir la cerradura, cruzar la calle, y enfrentar de una buena vez la desazón que empezaba a ganarle la voluntad, el miedo a la respuesta que se hizo grande en sus rincones.

No era la primera vez que sucedía. De hecho, era algo que pasaba muy a menudo últimamente, con tanta regularidad que ya no se podía decir que fuera un evento fortuito, la situación se hacía cada vez más insostenible, y el miedo a preguntar, el inaudito temor a escuchar una respuesta que no fuera de su agrado lo hacía retroceder, desistir en el intento, regresar a su martirio.

No había una respuesta lógica para las preguntas que se hacía una y otra vez en su interior, porque se había vuelto un experto en sostener largas conversaciones consigo mismo, charlas hipotéticas que imaginaba tener frente a frente con ella, porque ya no soportaba la intriga, ya no soportaba el miedo, cada vez era más evidente que algo escondía, porque cuando él llegaba a casa del trabajo veía como ella se apuraba a borrar el chat de su teléfono de forma inmediata, cada vez era más frecuente encontrarla encerrada en alguna habitación hablando bajito, conversando con alguien que nunca mencionaba, o incluso, se había vuelto constante que recibiera una llamada, y verla salir de la casa – como lo estaba haciendo ahora – a contestar al otro lado de la calle.

– ¿Por qué te escondes? ¿cuál es el misterio? ¿qué estás ocultando? pensaba, mientras lo repetía bajito, lleno de malicia.

Desde la ventana la observaba fijamente, con rabia, con los labios temblando de ira, ahogándose en sus dudas, pero sin el valor necesario para cruzar la calle y encararla, sin las agallas para hacer la pregunta que lo sacara de su miseria, sin la paz necesaria para respirar y serenarse…

Todos ardemos alguna vez, cada quien a la temperatura que tolera…cada quien en su infierno. Los celos son así, tan peligrosos cuando se callan, cuando se ahogan en silencio.

Nuevamente retrocedió, pero esta vez no se sentó en el sofá. Fue directo al ático y empezó a escarbar desesperadamente entre unas cajas empolvadas. Abrió bolsas llenas de libros y facturas viejas, revolcó cajones y dejó que su ansiedad lo consumiera, se dejó ir en la vorágine de angustias que tomaban posesión del poco oxígeno que quedaba en su cerebro…ardía en su infierno.

Entonces sintió el frío de un viejo revólver Magnum calibre 22 de nueve tiros llenándole las manos. Recordó todas las veces que su madre le aconsejó que se deshiciera de ese revólver, porque son “cosas del diablo”, pero jamás lo hizo, solo lo escondió en la oscuridad del ático y lo olvidó. Pero ahí estaban de nuevo, él y el revolver en una mano, y una caja con tiros en la otra.

 

Entonces se sintió extraño. Porque sin darse cuenta había cargado el tambor de la Magnum con los nueve tiros y estaba de nuevo asomado entre la cortina, viéndola charlar por teléfono con alguien que él desconocía al otro lado de la calle, riendo a ratos, caminando en círculos, pateando las piedritas del camino, y observando de cuando en cuando hacia la casa, de forma sospechosa, como encubriendo algo.

Ya no lo soportó. Analizó en su desvarío todas las opciones que imaginó, ató cabos de todos los episodios que había visto en los últimos días, y llegó a la conclusión de que ella tenía un amante, alguien a quien le escribía cada día, aunque no podía asegurarlo porque ella borraba el chat, alguien que la llamaba a diario y por eso ella tenía que hablar bajito encerrada en la habitación o salir a contestar al otro lado de la calle… quizás era alguien que él conocía…

Corrió las cortinas lentamente y la escuchó reír, la miró charlando emocionada, y pensó en abrir la puerta y salir con el revolver en la mano, cruzar la calle, arrebatarle el teléfono y escuchar la voz del hombre al otro lado de la línea, decirle al maldito que lo iba a buscar hasta encontrarlo y que no la iba a pasar nada bien cuando lo tuviera enfrente…pensó en decirle al hijo de puta que donde lo encontrara le iba a vaciar los nueve tiros de su magnum 22, pensó en gritarle al malnacido que solo tenía una oportunidad para alejarse de su mujer o iba a tener que lamentarlo.

 

–El tiempo se quedó colgado del gatillo.

 

Se puso de pie una vez más, pero ésta vez lo hizo por dentro, porque afuera estaba de rodillas. Ahí se dio cuenta de que estaba en un error, se sintió un cobarde. Ahí reaccionó convencido de que habían otras formas de solucionarlo, ahí pensó que también existía la posibilidad de que ella estuviera hablando con sus amigas, de que estuviera preparando una sorpresa para él, de que todo fuera un gran malentendido que él había imaginado por culpa de sus celos. En ese segundo cupieron todas las opciones que antes no imaginó. En ese segundo le cupo la vida. En ese segundo hubo tiempo hasta para arrepentirse…menos para regresar la bala que ya salía por el otro lado de su sien.

Afuera, ella detuvo su risa un breve instante porque creyó escuchar algún ruido a lo interno de la casa, y luego siguió un rato más, riendo a voz en grito, en el tema que jamás se dijo, con la persona que jamás se supo.

 

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