Tu nombre, por ejemplo – @relojbarro

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Las vistas de la ciudad son magníficas desde esta altura. Conozco bien esta ciudad, pero reconozco que nunca la había visto desde esta perspectiva. En breve amanecerá. Pocas luces se ven en los edificios, lo que contrasta con la iluminación de las calles y avenidas, y algún coche ocasional circulando. Me giro mientras liquido el cigarrillo, y contemplo la habitación en semi penumbra. Ella duerme.

Es una estancia grande, de unos 45 metros cuadrados. La entrada da a una sala de estar, con un gran sofá de piel blanco enfrentado a un mueble minimalista y a una tele de última generación. Da paso a la suite, una habitación grande, con un baño pequeño pero diseñado con gusto. La cama es excepcional. Tras la inmensa cama está la bañera hidromasaje circular.
Cogimos la habitación por la bañera. Surgió de una conversación banal y terminó siendo una apuesta que nos trajo irremediablemente aquí.

Me acerco a la cama. Ella está desnuda, boca abajo, con medio cuerpo bajo la sábana. Tengo una visión excitante de su espalda, abraza la sábana con sus brazos y su pierna, dejando a la vista una pierna estilizada y un culo glorioso. A veces dice que le cuesta hacer deporte por su trabajo, pero dice que merece la pena. Vaya si la merece.

Pienso lo que hicimos hace tan solo unas horas, mientras la observo dormir. Me gusta mirarla mientras duerme, no tanto por verla dormir sino por verla despertar, verla abrir los ojos, y sonreírme medio dormida.

Recuerdo los juegos de la bañera, cómo nos comimos el uno al otro entre risas, cómo buceamos cada uno hacia el sexo del otro, aunque no tardamos mucho rato en darnos cuenta que necesitábamos un entorno más estable para hacernos todo lo que ansiábamos hacernos. Ella se volvió a pintar los labios mientras estaba sentada encima mío, dentro mío. Con una sonrisa traviesa, fue marcando cada parte de mi cuerpo mientras la mordía y lamía.

— Píntatelos otra vez, y a ver hasta dónde eres capaz de marcarla, no serás capaz de llegar hasta el final -dije, vacilándole.
— ¿Es una promesa, una apuesta o una fantasía? -contestó.
— Todas ellas.

Perdí las dos primeras, gané la tercera. Reclamó su premio, y lo cobró.

Me doy una ducha rápida, me quito las marcas de carmín sonriendo. Las marcas de sus dientes tardarán más en salir, los recuerdos de la noche espero que no se borren nunca.
Vuelvo a la cama y me acuesto, ella se abraza a mí entre sueños.
Me despierto a media mañana. Ella está vestida, mirándome. Sonríe.

— Al final me dormí antes que tú, esa apuesta sí la ganaste. -me dice mientras se calza sus zapatos de tacón y se dirige a la puerta.
— ¿Y mi premio?
— ¿Qué querrías, por ejemplo?
— Tu nombre, por ejemplo.

Suelta una carcajada, y contesta:

— Mi nombre ya lo llevas escrito en el corazón…

Sale de la habitación.

Me miro el pecho y veo unas letras de carmín, mirándome, insinuantes…

 

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