Políticamente incorrecto – @Patryms

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Su manía de no ponerse las gafas para ver el mundo…
Ver sin ver de verdad y, sobre todo, sin hacerse notar.

(Mathias Malzieu)

La última noche fue más clara; la casa vacía fue más fácil de limpiar…  Dejaba un sitio por otro distinto sin que pareciese que se movía. Cercano, si, y parecido, pero desconocido incluso de oídas. Para el día siguiente, dos vueltas de llave y un “qué” ante las doce calles nuevas más allá de la suya.

Sus lugares, los arrepentimientos, los columpios y las caras conocidas se habían hecho mayores con, para y por ella.

No había recogido nada y lo había guardado todo. El temblor aparecía al levantar la vista y no alcanzar a fijar un destino exacto.  Desandar lo andado, mirar atrás, a través, ya no era un ejercicio obligatorio antes de cerrar cada puerta. Se había vuelto políticamente incorrecta sonriendo al escuchar como su pasado refunfuñaba porque se había dejado la luz encendida. Políticamente incorrecta al afirmar sin tapujos lo que le gustaba. Políticamente incorrecta al aprender a guiñarse el ojo, al enseñarle los dientes al espejo, al quererse y temerse, al secarse las lágrimas después de dejar que se viesen. Políticamente incorrecta al ajustarse la ropa, los andares y el volumen al sí y no que le pintase los labios ese día.

Se llevaba más o menos el mismo número de cajas llenas que de cajas por llenar. Un puñado de canciones y vértigo al mirarse los zapatos. Cuentos mezclados, excusas retro, sueños versionados en b y c, planes y tres latas de bombones vacías.  Lo demás, todo lo demás, seguía mal amontonado y listo para la mudanza.

Quizá lo mejor hubiera sido pedir ayuda para recoger, para elegir, para cargar o para despedirse, pero nunca se fió de dejar a las palabras ir solas a por el pan.

Repartió en los buzones las cartas que había guardado estos años y alguna confesión escrita en tercera persona y dejó su pelo cortado envuelto en papel de periódico en el baño para dar rienda suelta a los pájaros de su cabeza.  Regaló los colores de su ropa  y dos faldas de vuelo que ya no sabía sujetar, le abrió las ventanas a la carcoma y los armarios a las mariposas, cambió de taza favorita y se acordó de él una vez más abandonando sus cosas. Dejaba aquella noche la cama hecha, los espejos a oscuras y bostezos a estrenar sabor café en la cocina.

Dos vueltas para dejar el portal núm. 33 y dos vueltas más para abrir la siguiente puerta.

9.45 de la mañana, doce de Junio.

No sabía cómo le iría en el portal núm. 34, pero sí que llegaba con todo lo necesario. Las llaves de los vecinos que iban con ella, esas que abrían casas que sin ser suyas eran refugio seguro; la dirección grabada de los últimos tres portales y de los tres siguientes para encontrar siempre un sitio donde jugar; cinco finales que eran un principio; demasiada carne pegada a unos cuantos huesos rotos y un par de zapatos nuevos susurrándole a través del papel de seda. Un tapón pasado de rosca, un puñado de interrogaciones y una caja de tiritas de superhéroes.

 

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