Poco a poco me mató – @tearsinrain_ + @distoppia

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Me fui porque el vacío estaba ya dentro de los dos. Me mirabas y no sentía nada. Te miraba y apenas me latía el corazón.

El peor veneno es aquel que no sabes que lleva tiempo matándote, porque no solo descubres que vas a morir, también descubres que eres estúpido. Y además yo, de alguna manera, me he dado cuenta que, en el fondo, en un fondo de aquellos que solo conoce quien oculta en él la verdad, ya lo sabía. Ha habido señales enviadas con cuentagotas, un cuentagotas lento, incesante, de tortura china. Y no las he visto. No, peor, claro que las he visto, pero no he prestado atención, he pasado mi mano por el sitio mojado y he chasqueado la lengua como si me molestara, dramatizando un poco, poniendo teatrillo a un hecho que había banalizado y desestimado antes de que sucediera. Mierda. Joder. Me cago en la hostia.

No sucedió de repente, nunca hubo un disparo en el andén. En el humo de algún cigarrillo empecé a preguntarme qué hacía allí. Encendía el siguiente con las dudas aún calientes del anterior.

Y ahora el apartamento está vacío. No hay nada. Han desaparecido los muebles, las lámparas, la ropa, la música, las ventanas, las puertas, la pintura de las paredes, la vajilla, la decoración, los electrodomésticos, las paredes, el suelo y el techo. Es un vacío absoluto, una nada total, una nulidad completa, un cero definitivo, una oquedad drástica, una laguna letal. Mis ojos no pueden acostumbrarse a esta falta de todo y no tengo oxígeno que respirar, y como no hay nada no puedo caer, porque, ¿adónde si no hay nada sobre lo que caer? Extiendo los brazos como si alguien me viera, buscando un yo tampoco lo entiendo que, por supuesto, no llega. El apartamento como metáfora de la vida, del mundo, del universo en expansión. ¡Deja ya de expandirte, hijo de puta!

Sé que miraba por la ventana y fumaba y me alejaba sin querer. Jugaba a imaginar que yo era cualquiera de esos extraños de la calle, con sus vidas extrañas que vivían ajenos a todos los sentimientos que estaban a punto de morir.

Vale, veamos, de acuerdo. No es para tanto. Ella se ha ido. Oh, que gran tragedia, tú sí eres un desgraciado, no como los que pasan hambre o los que escarban en los vertederos o los refugiados o los que tienen un cáncer terminal. No, eso es demagogia. Es una tragedia, para mí, evidentemente. Y es más tragedia si no lo es para ella, que desde luego no lo es, pues se ha largado y además de forma premeditada, en plan llevo meses pensando en largarme y mira, ahora que lo tengo todo atado es el momento. Eso me parece fatal. Uno no puede esperar a tenerlo todo atado para irse, es de cobardes. No, uno tiene que irse cuando sabe que quedarse ya no es bueno ni para ti ni para el otro, pero sobre todo para ti. Y no es egoísmo, a ver si con lo corta que es la vida vas a joderte tú para hacer feliz a alguien que no te hace feliz, eso sin tener en cuenta que en realidad no lo estás haciendo feliz de verdad, porque es una mentira. Vamos, que uno cuando sabe que lo mejor es pirarse, que se pire, luego ya atará cabos, sueltos o solteros, casados o divorciados. A mí no me quedan cabos por atar, puesto que no tengo ninguno, ni cuerda, ni hilo, ni gatito para jugar con el ovillo. Ella se ha ido y yo debería haberlo visto venir, debería haber visto que el veneno se iba esparciendo, por las venas y arterias, por todos y cada uno de los capilares. Pero este veneno no me iba dejando calvo, no me  hizo caer los dientes ni se me desgarró la piel a tiras. Vi cómo poco a poco ella se alejaba, se distanciaba y se enfriaba, cada vez menos tiempo conmigo, cada día menos momentos de calidad, besos más cortos, abrazos menos apretados, sexo por sexo ocasional, a ver si te corres ya, miradas desviadas antes, respuestas más secas. Todo ello señales, señales guardadas en el cajón con la etiqueta de ya se le pasará o estará teniendo un mal día.

Y vinieron otros, y vinieron otras. Trajeron a mi mesa el vino y rosas de la vie en rose. Salí corriendo a perseguir cualquier ilusión de dos centavos que pareciera felicidad. Sabes bien que no la encontré, ni en otras camas, ni en otras barbas, ni en otras manos.

Vamos a dejar los celos aparte porque son una muestra inequívoca de debilidad, sean justificados o no. Que ella puede tener o haber tenido alguna historia con otro o con otros, pero es culpa mía. O no es culpa de nadie. Que eso de la monogamia es una imposición religiosa convertida en hecho social por los dominantes, una forma de heteropatriarcado. La monogamia sienta fatal cuando solo el otro te pone los cuernos, cuando los pones tú o los ponen los dos, no jode tanto.

Porque olía a muerto, cariño, lo nuestro estaba en avanzado estado de descomposición. Hace años los besos de madrugada eran la fruta más dulce y fresca de la nevera, pero la manzana del pecado también traía fecha de caducidad. Olvidamos lo de querernos y ya todo fue moho y podredumbre.

Hace frío en este apartamento vacío. O sea que sí hay algo, hay frío. Y el eco de la puerta al cerrarse. ¿Contra qué rebota el muy cabrón si no hay nada? Contra el frío. Se han aliado. Y yo flotando, ya que ni peso tengo, estupidez tengo bastante, ya tengo tres cosas. ¿Dónde muere quien no tiene dónde caer muerto? Yo y mi estupidez haciendo un monólogo interior, hablando con la ausencia que ha quedado en un rincón, un rincón enorme, gigantesco, arrasador, abrasador, mórbido, maldito. Eh, mira, ya no solo están el frío y el eco, también está la ausencia y un rincón. Y mi estupidez, claro.

Empecé la maleta por los reproches y, para cuando quise despedirme, ya éramos dos completos extraños en la misma habitación. ¿Quién querría quedarse a soplar las cenizas de lo que poco a poco nos mató?

Ya tengo donde sentarme y ponerme a llorar tu ausencia, allí, en ese rincón frío, mientras oigo el eco de cómo, poco a poco, me mató mi estupidez.

 

 

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