Platón y Kurt Cobain – @Macon_InMotion

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El comisario estaba tranquilo a pesar de la escena que tenía delante.

-Apunte en su libreta. -le dijo a su subordinado mientras se sobaba la corbata.- Varón. Treintaitantos. Disparo en la cabeza. A bocajarro. Bla bla bla.

Visiblemente contrariado se acercó al cuerpo descabezado ignorando la escopeta que reposaba en el suelo y rapidamente encontró lo que estaba buscando. Un ejemplar de «La teoría de las ideas», de Platón. Un par de agentes hacían fotos de toda la estancia, obligando al comisario a parpadear cada vez que saltaba un flash. Ni siquiera se molestó en abrir el libro. Llevaba semanas leyéndolo sin sacar nada en claro. Estaba claro que aquello había sido un suicidio. Eso habían pensado la primera vez que vieron algo así pero el problema es que era la séptima vez que se encontraban esa macabra escena en menos de dos meses. Siete muertes. Siete disparos de rifle a la cabeza y siete veces en las que se habían encontrado la misma obra del filósofo griego a los pies del muerto. Nunca había huellas en el arma homicida ni en el libro, más que las de la víctima. Ni una pista a la vista.

Los periodistas hablaban en prensa y televisión de El asesino de Platón y Kurt Cobain. Maldita la gracia.

El comisario decidió que ya había visto suficiente y dando media vuelta se largó de allí. Estaba cansado del procedimiento y la rabia y la impotencia empezaban a ser incontrolables. Ya en la calle se encendió un cigarro, dándole vueltas y más vueltas a todo aquel asunto. En un gesto automático, una de sus manías, se colocó el nudo de la corbata. La primavera no terminaba de arrancar y aún hacía frío, a pesar de que el sol ya era algo más que un mero adorno en el cielo.

Con la mano con la que no sujetaba el cigarro sacó del bolsillo una pequeña libreta con un montón de frases extraídas del libro, las que más le habían llamado la atención. Algunas se las sabía de memoria. No había nada. Ni un pequeño hilo del que empezar a tirar para descubrir el por qué de aquellos asesinatos.

La teletienda sonaba desde la tele del salón mientras un filete chisporroteaba en la sartén. El comisario bebía tranquilamente una cerveza. Había pasado una semana desde el último asesinato y no habían vuelto a tener noticias de ello. Seguían en punto muerto. Cuatro golpes rítmicos sonaron al otro lado de la puerta. Alguien llamaba. Bajó la intensidad del fuego para no quemar la cocina antes de ir a abrir, limpiándose las manos en el pantalón.

-Qué pasa, quién eres.- dijo el comisario con el ceño fruncido al no conocer al hombre que había llamado a su puerta.

El otro hombre empezó a hablar.

-Imagínate nuestra naturaleza, por lo que se refiere a la ciencia, y a la ignorancia. Imagina unos hombres en una habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les inmovilizan las piernas y el cuello, de tal manera que no pueden ni cambiar de sitio ni volver la cabeza, y no ven más que lo que está delante de ellos. La luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un camino elevado, a lo largo del cual debes imaginar un pequeño muro semejante a las barreras que los ilusionistas levantan entre ellos y los espectadores y por encima de las cuales muestran sus prodigios.

El comisario se tocó el nudo de la corbata y sólo pronunció una palabra: Mierda.

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