Pintalabios, medias y zapatos de tacón – @Moab__ + @IAlterego84

Moab @IAlterego84, @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Extrarradio. La cara b de la movida. Aquí no hay hombreras ni laca. Tampoco pintadas de no a la OTAN. Sólo sueños rotos. Hipodérmicas. Mono. Chinos y papel albal. Mecheros sin gas. El paraíso de Eloy de la Iglesia. Muertos tibios a la espera de un amanecer en el que la historia se repita. Ancianas de vestido negro tirando del carrito de la compra que se encuentran el pastel. Los madre de Dios, otro más que se ha llevado la droga. Y esas cosas.

Pero aún es temprano. Es de noche. Ya habrá tiempo para ello. De momento lo que se cuece es otra cosa. Litros calientes. Vaqueros ceñidos. Temblores. Loros sin pilas en los que el Fortu canta eso de va a estallar el Obús a bajas revoluciones. Corrillos debajo de las farolas raspando papelas en busca de una micra. Cinturones en extremidades. Venas como gusanos. Cicatrices en brazos que parecen remachados con máquinas de coser. El potro galopando por la zona, al mismo tiempo que un Renault Fuego rojo aparece en escena. Las largas puestas. Música escapando por las ventanillas bajadas. Buena mierda. Acústica cojonuda. Los rockeros van al infierno… Con Botas Sucias… Hijos de Caín…

Decenas de pares de ojos en busca de pillar algo de metralla de la buena lo ven pasar. Saben quién lo conduce y que no da de fiado ni a su puta madre. A su lado va ella. Su arma secreta. Mortal como un disparo en el pecho o un pico mal cortado. Los pilotos traseros se pierden en la noche. La caza ha empezado.

Abre la puerta y una nube de humo la envuelve a ritmo de The Doors. Su cuerpo posee la elegancia felina de todo aquello que puede matarte y sus ojos, la calidez de una taza de chocolate fundido junto al fuego. Si la miras directamente a ellos, tendrás una falsa sensación de seguridad que será tu final. You know that I would be a liar canta Morrison en su honor Come on baby, light me fire le contesta ella desde dentro con desafiante chulería mientras esquiva con paso firme las miradas hasta sentarse al final de la barra.

Todos los parroquianos del Play Boy conocen el vaivén de sus caderas y el peligro de tratar de bailar a su son. La observan sin ningún escrúpulo mientras, con un gesto, le pide una cerveza al camarero y bajan la vista al suelo cuando ella les devuelve la mirada.

Su nombre es Ana, y es el animal más bello y letal de la salvaje fauna nocturna.

Ana se sienta en el taburete, agarra la cerveza y da un largo trago mientras alarga las infinitas piernas, enfundadas en unas medias de rejilla, en mitad del pasillo. El garito aún está bastante vacío, pero no tardará en llenarse. La poca gente que hay no le sirve porque la conocen, sin embargo, saben que interponerse en su camino puede traerles más problemas que beneficios.

Se abre la puerta y vuelve la mirada, pero se concentra de nuevo en su cerveza al reconocer la cresta verde que ha entrado por ella. Un habitual más del que no sacará nada, salvo quizás, una copa gratis que ahora mismo no le apetece. Hoy no tenía muchas ganas de salir ni de beber, pero quedarse encerrada en casa no era una opción. Desde que salía con El Rojo, había descubierto lo que era el amor apasionado, la auténtica excitación de vivir cada día peligrosamente, el sexo salvaje y desenfrenado, la diversión de la vida nocturna… pero también los abusos, la manipulación, los ataques de ira sin motivo aparente, el tener que hacer cosas que no le apetecían, la…

Una ráfaga de fresco viento nocturno le golpea en la nuca y le saca de sus pensamientos. En la puerta, un grupo de chavales a los que les pedirían el carné hasta para entrar en una sala de billares, acaban de entrar en escena y todos sus sentidos se han puesto alerta. Son cinco, con pinta de ser la primera vez que pisan la calle más allá de las diez de la noche. Aún huelen a Familia Telerín y a besos de buenas noches en la frente. El camarero debe pensar lo mismo porque les pide el DNI antes de dejarles pasar, lo cual le da un momento para levantarse y deslizarse con elegancia hasta el fondo del local, recreándose en cada paso, siendo consciente de las miradas de admiración clavándose en su culo.

Coge un taco de la pared mientras escruta la barra. Los chicos están pidiendo sus consumiciones. Uno de ellos la mira con cara de tonto y ella le guiña un ojo con una sonrisa para después mirar con fingida timidez al suelo y empezar a colocar las bolas sobre el tapete. Se acerca a la cabina del disc jockey y le pide una canción. Apenas ha vuelto a la mesa de billar, que ya suenan los primeros acordes de Pandora`s box. Intuye a su espalda a los chicos que se acercan donde ella está y echa su cuerpo hacia delante con deliberada lentitud, marcando el ceñido vestido cada curva de su cuerpo,  apuntando con el taco a la bola blanca. Apunta, dispara. Impacto certero en When all your dreams came true seguido de sonrisa y mirada directa a los ojos de uno de ellos justo a tiempo para But all you wanted was someone to undress you.

Qué demasiao piensan los cinco púberes pajilleros viéndola acariciar el taco. Se miran entre ellos. Pantalones de pitillo. Playeras Yumas. Camisetas de grupos heavies. Pelo lacio y grasiento, pelusilla sobre el labio superior y acné. Presas fáciles para Ana. Pero no lo saben. Lo más parecido a tocar una teta que han hecho en su vida, ha sido pajearse con una Penthouse y, claro, les falta mili en esto de catar el ambiente de la noche… Sus tentaciones… Sus peligros… El azote de las venéreas y lo que se puede esconder detrás de un atuendo como el de ella: pintalabios, medias y zapatos de tacón.

Ella les mira, calibrando quién de ellos es el que se cree el gallo del corral. El machito de turno. El candidato para pagar platos rotos en cualquier reyerta. Ya se sabe, destripar a alguien con un botellín roto es fácil, sólo hay que pinchar y tapar la boca. El vacío hace el resto y el infeliz que iba de matarife acaba desangrado en mitad de la calle, con los intestinos colgando y apestando a mierda. Pero esos golfos amateur son perfectos para los negocios de El Rojo. Carne fresca. Virgen. Tierna. Unos gilipollas que en una semana estarán robando a su puta madre para volver a sentir el poder de Ana galopando en sus venas. El corazón desbocado. Bumb. Bumb. Uno más. Otro que pronto descubrirá el precio por jugar a un juego que no es el suyo. Una ruleta rusa en la que en lugar de un plomazo en la cabeza, lo que te llevas es otra cosa igual de letal pero que te mata más despacio… Con calma.

La noche sigue. Los chavales a lo suyo. A beber. Lo típico que ven en casa. Coñac con batido de chocolate, emulando a sus padres en las fiestas navideñas. Encendiendo Ducados de dos en dos, pero sin tragarse el humo, que la vida aún no ha tenido tiempo para enseñarles esas cosas. Y viendo cómo Ana se agacha de manera cada vez más sugerente para golpear la bola blanca. El vestido enseña más que tapa, y claro, los ojos se van sin quererlo, los vaqueros aprietan y muchas carcajadas, tratando de adivinar si tendrá felpudo rollo pelis de Pajares y Esteso, o estará rasurada como Juliet Anderson. El resto sobra. Sólo tienen ojos para ella, y parece ser que ella sólo los tiene para uno de ellos. Y así se lo hace saber, cuando deja el taco encima de la mesa de billar y se les acerca. Avanza despacio, sintiendo cómo los cinco pares de ojos que la miran tratan de derretir su cuerpo. Les sonríe, apoyándose en la barra. El camarero parece bromear con ella. Mucha risa. Mucha barbilla apuntando al techo lleno de humo. Un cigarrillo en una mano, el codo apoyado en el mostrador y una mirada por encima del hombro. Luego otra. Y más conversación con el tío de detrás de la barra.

Por su parte, los autodenominados machos alfa del local, siguen a lo suyo. A darse ánimos. A tentar a la suerte antes de pelársela en casa ciegos, con un calcetín (condones de borracho y esas cosas) y despertar con el capullo en carne viva, que el alcohol anestesia y hay que forzar un poco las cosas para encontrar el gusto. Y eso hace uno de ellos. Apura el tubo de Lugumba. Sabe a rayos. Enciende otro piti y se acerca a ella. Duda sobre qué decir, pero ella parece ponérselo fácil con un: Hola, guapo. ¿Sueles venir mucho por aquí? ¿Por qué no me invitas a una copa?

El pobre desgraciado no puede creer su suerte cuando, dos copas después, muchas sonrisas estudiadas, alguna caída de ojos que parece decir “soy tan cándida que si quieres hacerme daño, no lo veré venir”, y un par de baladas, ella le agarra de la mano y le arrastra, sin que oponga mucha resistencia, hasta el baño. Mucho” jijiji, jajaja” mezclados con saliva y besos. Las manos explorando bajo la falda mientras los largos dedos de ella, encuentran recompensa tras la cremallera del pantalón. “¿Te pongo caliente, eh nena?” dice él con lo que cree que es su mirada más pícara. Ana le sonríe. Ella sí es una maestra en esto. Ojos entrecerrados, labios entreabiertos, solo una comisura ligeramente curvada. Media sonrisa que se le acerca al oído mientras todo el cuerpo se aprieta contra él como pidiendo más. Vamos a mi casa le susurra al oído.

Antes de que sus amigos puedan darse cuenta, ya se han largado y andan deprisa bajo la fría noche, empotrándose de vez en cuando en alguna esquina para comerse la boca.

Llegan a un portal destartalado, en un callejón que, de ser más cerrado y oscuro, se habría llamado “Noche”. Suben las escaleras. Ella va delante y sus tacones son la guía que traspasa la neblina del alcohol en los sentidos embotados del chaval. La puerta de la buhardilla está tan desvencijada como la del portal, pero en este caso, se nota que le han dado una mano de pintura  recientemente, tratando de que tenga un aspecto menos cutre. Ella mete la llave en la cerradura y él la atrapa en un abrazo delirante de deseo que se sacude con impaciente brusquedad. Empieza a cansarse de tanto jugueteo. “Mierda, hoy no debí salir”, piensa. Se da la vuelta, él la está mirando desconcertado. Parece un perro apaleado y, durante una fracción de segundo, se siente culpable. “Me pone nerviosa esta escalera, vamos dentro, cielo”, le dice acariciándole la cara.

Entran y la puerta se cierra tras ellos como una losa que suena a premonición. Ana le besa apasionadamente con la promesa de algo más implícita en los labios. “¿Quieres tomar la penúltima y probar algo bueno de verdad?”.

El chico asiente con la cabeza mientras se sienta en el sofá que ella le señala. La mira embelesado mientras prepara unas copas en unos vasos de tubo del color de una esperanza que se quedó en el umbral.

Y el ritual empieza. Mesa de cristal. Polvo blanco (que para arrastrarse por un poco de barro ya habrá tiempo chaval). Un jeringuilla. Cuchara. Bicarbonato. Mechero. Dos puntitas de caballo. Agua destilada (la primera vez hay que hacer las cosas bien, el primer rush nunca se olvida). Hora de calentar la mezcla. Ebullición. Disolución. El chaval mirando con ojos como platos, en plan mi madre dice que las drogas son malas, pero a la mierda, qué coño va a saber ella, si vino del pueblo hace veinte años y no ha salido de casa. No conoce mundo. No como yo. Y que buena que está la tía ésta…

Y Ana a lo suyo. El filtro de un cigarro empapado en el cóctel que va a chutar al pobre desgraciado. Un filtro de andar por casa, pero que elimina bastante mierda del asunto. Mirada de gata. Sonrisa que promete. Y un cierra los ojos y deja que te busque una vena en el brazo…

Casi no le da tiempo a llegar al baño. La taza chorrea Cacaolat por los cuatro costados y el cuerpo laxo del chico se desparrama por las baldosas todo lo largo que es. Al día siguiente, no es capaz de recordar cómo se levantó del frío suelo rezumante de vómito y llegó a la cama desecha donde Ana le arropó casi con ternura. “¿Te encuentras bien, cariño?” le pregunta desde la puerta de la habitación donde está apoyada, con un cigarro entre los dedos, evaluándole con la mirada. “Ven, puedo ayudarte con ese malestar, no te preocupes”. Le da la mano y le lleva de vuelta al mismo sofá de la noche anterior y realiza de nuevo el mismo ritual. Intenta protestar débilmente, pero ella le acalla con un “Tranquilo, te prometo que esta vez, no vomitarás. Verás cómo te sientes mucho mejor, amor”. Y sí, se siente mucho mejor. El mundo se diluye, el malestar y el dolor desaparecen y les sustituye la paz. Apenas es consciente de que ella le está vistiendo mientras dice “Debes volver a casa; yo tengo que ir a trabajar. Toma, este es mi número. Llámame cuando quieras que nos veamos otra vez” Un beso en los labios, una palmadita en la espalda y la puerta se cierra en su cara.

Uno más. Ahora, a esperar.

Espera poco. Dos días exactamente. “¿Ana? Quiero volver a verte. ¿Tienes más de eso que me diste? ¿¿¿¿No??? Ah, que conoces a alguien. ¿Y puedes presentármelo? ¿Sí? ¿Dónde nos vemos? ¿Ahora? Tengo clases, pero me las salto, tranquila. Sí, sí, seguro. Hasta ahora, gracias”.

En menos de una hora, atravesaban juntos el parque de la Ciudadela y se encontraban con El Rojo junto al mamut de piedra. Es temprano y aún no hay niños dando por culo a sus padres para que les saquen una foto subidos en su trompa. Ana observa la transacción con mirada desapasionada. Ha sido tantas veces causa y testigo de ella que ya casi no siente nada. El Rojo la mira de reojo “Lo has hecho bien una vez más, muñeca, a partir de aquí ya es cosa mía”, le transmiten sus ojos. Ella se da la vuelta, olvidando instantáneamente al chaval, no merece la pena recordar, y se aleja de nuevo, una vez más a la caza, a ser cebo de incautos. A ser una diosa de la muerte enfundada en pintalabios, medias y zapatos de tacón.

 

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