Peón, alfil y reina – @Patryms

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Ocho menos cuarto de la mañana.

Microclima tropical bajo el edredón y el teléfono a pleno pulmón. Remoloneos. El fin de la calma ha durado lo que tardan en juntarse el eco del penúltimo estribillo y el final de la canción que retumba. Un parpadeo, un giro al lado muerto de la cama y ya está, el cortocircuito ha hecho contacto.

El peón se sube al mundo al bajarse de la cama, y recuenta lo que hay en la mochila que se va poniendo mientras toma café. Las cosas por hacer, las cosas a medias, las que están sin empezar y lo que queda para llegar.

En su horizonte cambia el nublado pero no se despeja. Mantiene sin lustre su monotonía, sonríe al oler la pimienta molida, y pierde la vista al ver revolotear las motas de polvo que entran con la luz.

Como  buena hormiga obrera, cuida, recoge, ordena y limpia. Le cuenta secretos a los marcos de las puertas y se tapa los oídos antes de salir a la calle. De a uno en cada paso que da, atraviesa y cruza las pocas líneas entre las que deja pasar el tiempo sin perder de vista sus pies y así no olvida el camino.

Tres y media de la tarde.

Enciende un cigarrillo y atiza la lumbre. Gorgojea a modo de bienvenida la cafetera; suspira el alfil. El cuello erguido y la espalda ancha le permiten mantener dos cabezas. Planea y ordena sin necesidad de papel y con la lengua rota. Mantiene vivo el eco del punto de no retorno y para decidir si reinventarse o rehacerse, aunque se marea rodeándose únicamente de preguntas.

Cuanto menos olvida, más calla; agudiza sus sentidos con el cacao y nunca se confiesa. Sabe perfectamente que los secretos son más fáciles de mantener cuando no tienes a nadie con quien compartirlos. Se encierra en pantalones ajustados para evitar que se le doblen las rodillas. En poco menos de una hora, peto, coraza y misión se sujetan y balancean en sus hombros.

Se mira mucho y pasa poco tiempo consigo mismo. Utiliza su reflejo para comprobar que aún tiene dos dedos de frente y recita al regañarse que hay que recordar que el “erase una vez” no era hace tanto, y que los “para siempre” son demasiado fugaces.

La reina no aparece en ocasiones especiales, no. Aparece en las ocasiones importantes.

Alevosía… Maneras aristocráticas, humor autodestructivo, desdén en los ojos, nariz pluscuamperfecta, piel opaca y talento dramático.

Para soportar el peso de sus decisiones, nunca se quita la máscara y puestos a defender, siempre lleva el “alma en pena” a modo de tacon de diez centímetros. Huele a almizcle y a pasado. Se desenvuelve entre tormentas y se guía por los escalofríos, los tonos de voz y los vuelcos de su estómago.

Las cicatrices llegaron años después de sangrar sus heridas y el círculo que recoge todo aquello que le importa es como una sombra bajo el sol. Se mueve cuando camina y baila si lo persigue.

 

Dos y cuarto de la madrugada….

La costumbre recogida, las sabanas bajadas, la luz apagada… y el peón, el alfil y la reina, que realmente son la misma, vuelven a ocupar un solo lado de la cama.

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