Paz y gloria – @GraceKlimt

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Era tan encantadora que enseguida la odió.

Bueno, tal vez odiar sea algo radical, desmesurado y exagerado incluso para ella, perdón. Quiero decir que no le gustó. Le olió a chamusquina. Se le puso el gesto ceñudo y apareció su característico mohín de “no sé yo”. Se llamaba amistad, le dijeron, y nadie avisó que venía en minúsculas, esquiva, con disfraz. No se la creyó.
Pero se calló.
Porque no sé si sabéis ya, aunque seguro que sí, que ella suele disparar primero y pensar en el desastre después. Y cuando uno aprieta el botón del explosivo sin pasar por su cabeza, su corazón, su lengua y sus tripas, ningún tipo de filtro, lo más normal es que la ola expansiva provoque la destrucción total.
Así que prefirió no decir nada.
Observar.
Esperar.
Y como una tonta, guardar poco a poco las armas, bajar la guardia, y dejarme embaucar.
Porque joder.
Que bien embaucan los embaucadores. Que bien mienten los mentirosos. Que bien envuelven los que saben envolver. Que buenos amigos somos todos hasta que dejamos de serlo.
Que de puta madre se les da a algunos darle la vuelta a la tortilla hasta que el lado quemado le toca al otro, y las culpas por quemarlo también.
Que mierda que te apuñalen mientras te consuelan porque sangras.

Menudo guapa que era.
Menudo encanto tenía.
Y menuda hija de puta.

Pero aquí paz y después gloria, que se suele decir.

Sabe que los besos pueden ser tan fríos como la piel de un muerto, tan aterradores como una primavera enjaulada y tan letales como las miradas esquivas que un día prometieron salvación. Así que a veces le gustaría que se detuviese el mundo, que se parase en el instante anterior a un beso. Entonces, ella pasearía entre fotogramas congelados, como la Reina de Corazones de Alicia, decidiendo todopoderosa quien perderá la cabeza, quien no, quien perderá la cabeza, quien no, quien perderá la cabeza, quien no, ¡que se la corten!, ¡que se la corten!

¡Ay! Las fantasías, tan locas, tan maravillosas, tan inalcanzables.

Te pegan la hostia y aprendes. ¿Aprendes?, a saber a qué aprendes. Las que son como ella, seguro que a lamerse la herida, a apretar los dientes, y a gritar muy muy muy alto hasta desgarrarse la garganta que ya no se fía más, mientras pierde su estupendo culo por fiarse otra vez. A poner la otra mejilla, es a lo que aprenden. Pero con mucho arte, que oye, a cada uno lo suyo.
Qué tontos. ¿Verdad? Verdad.
Espabila.
Abre los ojos.
No seas tan pringada, por favor y gracias.
Pero mira. No le importa ser así, muere y mata por ser así, de hecho. Y sufre y ríe y siente y está arriba y toca fondo y quiere y odia y abraza y confía y cree. Sí, sobre todo, cree. Cree en los demás. Cree que sí, que los buenos son más. Cree en ella. Así que cree en ella, tú también. Pero en la Amistad mayúscula, en la que no se esconde, en la que no teme, en la que no necesita disfraz y viene siempre de cara y sin miedo. Yo creo.

Ella continuará adelante, corriendo a veces, volando otras, mudándose a vivir en alguna canción de Los Planetas los días grises.

Y cuántas veces volverá a destrozarse por querer a bocajarro a quienes sólo quisieron que les quisieran sin querer en realidad.

 

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