Pasado perfecto – @LaBernhardt

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No sé cuándo nos convertimos en leyenda, cuándo dejamos de ser aquello de una historia más, unos besos menos; no tengo ni idea, la verdad, pero sí sé que en algún momento salta la chispa y para esa persona acabamos convertidos en pasado perfecto. En algún momento conoces a alguien que convierte en cenizas el resto de tus pasados; ahí lo tienes, tu perfecto, el pasado que se te colará en cada historia del futuro.
Nada de lo que venga después será igual y menos mal, dirán algunos. Pues de eso tampoco sé mucho porque de lo único que puedo hablar es de mi pasado perfecto y de cómo acabé siendo, sin querer, uno de ellos para quien menos se lo mereció.
Yo sólo recuerdo trozos de mis historias porque no tengo una memoria de estudiante de Derecho, será por eso que me lo dejé en 4º.
No soy capaz de recordar la voz de mi abuelo, cómo recordar el perfume de mi primer amor.
Me sé, sin embargo, los 37 lunares que mi pasado perfecto tenía —tiene— en la espalda.
No fue la más guapa —aunque ella siempre ha creído que lo es— ni mucho menos la más divertida. No fue la que más me cuidó, de hecho y de lejos fue la que menos lo hizo.
Tampoco en la cama era la hostia, que me da asco que te corras en la boca, que no lo hago, que no. De ésas y de otras tuvimos muchas. Fue mi pasado perfecto la que más me dolió, la del puteo infinito. La de las broncas sin polvo salvaje de reconciliación, y tú eres tonto, chaval, estaréis pensando. No os quito la idea, yo también lo creo pero, y aquí viene la historia, los pasados de mierda dejan de serlo por algún misterio del mundo y se convierten en perfectos justo cuanto más nos joden. Ahí donde más nos duele el alma.
Ahí, justo ahí.
Decían mis amigos, dijeron después del fin de mi mundo, en ese momento en el que todos se convierten en enemigos públicos de la malvada, la que te deja, la que te ha roto… decían los míos, dijeron que nunca se la creyeron, que vaya gilipollas, que, que, que…
Y yo que dejé de escuchar esas historias feas, me quedé con lo bonito y no sólo eso; lo idealicé. Asumí como quien sabe que no podrá vivir sin agua hasta el día que palme que ella era mi pasado perfecto. No fue algo que hiciera en los días posteriores a que me dejara sin más aviso que un «esto lo llevo pensando mucho y no te quiero» y portazo correspondiente, no. Yo asumí que no habría otra que la reemplazara porque ni en las broncas ni en sus caras de mierda cuando yo salía con alguna de mis frikeces, ninguna era capaz de alcanzar sus desplantes. No es ser masoca, no: es saber que ya pasó, ya no volverá y que, mujeres del planeta, no hay forma de cambiar todo lo bueno que yo recuerdo por lo fatal que hizo casi todo.
Pasé por todas las fases:
1. Me vuelvo loco
2. No puedo follar con nadie
3. Me lo follo todo
4. Me vuelvo loco, de nuevo
5. Siento la cabeza con una, dos, tres… de las que no recuerdo ni su recuerdo.
6. Me lío con, pongamos que se llamara, A, y me cago vivo.

Me cago del miedo, sí, porque es alguien transparente, una persona bonita. Sabe que tengo un pasado perfecto y, en lugar de largarse, se queda a mi lado. Es un hada. Es un hada buena —y está muy buena— que ha venido a salvarme de la mierda del pasado perfecto.
Me regala un jazminero, que huele a risas, me dice. Que a mí me huele a ella, a su piel, a su pelo. Casi consigo olvidarme de todo lo que arrastro y casi me hundo en ella. Casi.
Un día me la llevo a ver una exposición sobre Hitchcock y en la sala donde se proyecta una y otra vez el inicio de Rebecca, me suelta que no se puede luchar contra el pasado perfecto de un corazón y juro que en ese momento le habría dicho que sí, joder, que tienes toda la razón. Que eres buena, bonita y lista, que me tienes calado y al fantasma de mi Rebecca particular, también.
No le digo nada, puede que ni le contestara.
Y va pasando el mundo y yo me dejo querer porque soy un puto gusano y ella se deja la piel en quererme —sin decir Te quiero, que no vaya a ser que te espantes, y sonríe y me la quiero comer y decirle que me lo diga, que es lo mejor que me ha pasado nunca o casi.
Pero me callo, supongo, porque de esas cosas importantes ya no me acuerdo hoy.
Tampoco recuerdo cuándo la dejo por otra, por alguna. Por alguien que ni de coña será siquiera pasado.
La dejo y me convierto, sin querer, en el suyo; en su perfecto hijo de puta pasado.
Sé que sale con otros, que los deja por otros. Que nada, que tampoco.
Hace unos meses pasé, queriendo, por el portal de su casa. En la terraza tiene un jazminero.
Juro que la escuché reír y tengo miedo porque creo que esta chica ha encontrado la poción mágica para acabar con los pasados perfectos.
Lo sé porque cuando bajo la mirada y me miro, mis pies son de humo.

 

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