Para muestra, un botón – @igriega_eme

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Para muestra un botón, le dijo al hombre que tras las gafas le miraba sin saber qué decir, al tiempo que con las manos temblorosas, desenrollaba con torpeza el hilito rojo del sobre de papel manila en el que horas antes, había guardado un par de fotografías a color.

Era un hombre ya entrado en años, rondaba los setenta y tres y desde joven había tenido la certeza de que su vocación era la de médico.

Cuando comenzaba su residencia, había conocido a una jovencita de ojos y pestañas enormes, con quien comenzó a salir un par de años después cuando ella había concluido la preparatoria y habían coincidido en la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo de la infancia. En casa de ella veían con preocupación la diferencia de edad e intereses y que hacia el comienzo de septiembre cuando recibió la noticia de que le habían aceptado en una Universidad en Madrid para cursar su especialidad.

Casi al tiempo de su viaje hacia su nuevo futuro y después de una serie de malestares, se descubrió embarazada y confundida, sin posibilidad de hacer mucho al respecto para hacérselo saber. Era la víspera de los años setentas y las comunicaciones para algo tan serio, no podían arriesgarse por correo aéreo.

Se sintió sola y asustada.
Fue entonces que se reencontró con un viejo amigo de su hermana mayor e inició una relación con ese joven inteligente, trabajador y bailador, quién desde el primer día le demostró su admiración. Se casaron cuatro meses después y el nunca supo que su primera hija no llevaba sus genes. Su vida transcurrió así por muchos, muchos años. El secreto, que sólo su madre conocía, se lo había llevado a la tumba, borrando casi por completo la posibilidad de que padre e hija se pudieran conocer.

Había sido una casualidad que en aquella cena de médicos, la esposa de uno de sus colegas había platicado con desparpajo en la sobremesa sobre las experiencias que había tenido tras participar en una constelación. El entusiasmo de la narración era tan contagioso, que la curiosidad pudo más que su pensamiento científico y su escepticismo médico.

Ahí comenzó todo, el médico en el centro de una multitud de desconocidos de los que aleatoriamente había elegido a dos mujeres.
La primera de unos sesenta años y de unos cuarenta la segunda. La psicóloga que conducía la constelación, le pidió a la mujer mayor que se colocara donde se sintiera cómoda, ella había sido su mujer, le dijo al tiempo que solicitaba a la mujer más joven que se moviera también hacia donde se sintiera bien. Sin titubeos, dirigió sus pasos hasta quedar frente a él. En ese momento, la psicóloga guardando distancia, le pidió que abrazara a su hija. Sintió una parálisis recorrer su cuerpo y se le hizo un revuelo de mariposas el estómago.

Ahí estaba, de pie frente a una realidad que no sabía si era real. Se abrazaron, y la energía que le recorrió fue como ninguna otra. Como si ese vínculo hubiese estado ahí siempre. Rodaron lágrimas de dicha en los ojos de ambos. Ese reencuentro energético que había estado hibernando por más de cuarenta años.
La mujer que representaba a la joven de ojos y pestañas grandes, permanecía inmóvil ante la escena, con cara y alma de consternación.

Sabía que de comprobarse lo sucedido aquel día, hoy sería el día en el que el pasado se haría presente. Y mientras el señor sentado frente suyo en la mesa al fondo del Bar, sacaba del sobre manila las fotografías y ubicación de su encuentro con el futuro, un par de lágrimas de esperanza rodaron y empañaron las gafas con las que estaba a punto de mirar la realidad.

 

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