Pánico – @_vybra

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No puedo respirar, la presión me asfixia y parece que sostengo sobre mi delicado cuerpo la carga de los pecados del mundo entero. Mis costillas intentan, como pueden, resistir sin romperse cada calada honda que intento dar para recuperar el aliento, sin éxito.

– Serénate, joder. Has de sobreponerte a esto.

Estoy sola en la habitación y no sé en qué momento mi voz encontró el camino para salir de mi cuerpo. La esperanza viaja con cada palabra que ha pronunciado mi boca y, junto a ella y oculto entre los espacios vacíos entre ellas, seguro que he rezado a algún dios en el que no creo para que ponga fin a esto. Intento fallido.

Procuro centrar la atención en mis manos, que parecen temblar buscando los botones de mi camisa para desabrocharla, como si al hacerlo el frío congelara todo por dentro. No aciertan con la imposible tarea de liberar el botón de la prisión del ojal y, con una precisión y fuerza desmedidas, acabo arrancándome la camisa mientras grito como si fuese mi piel la que se va desprendiendo dejando en carne viva mi cuerpo.
Torpemente acaricio mi pecho, presionando con firmeza para intentar que mi corazón no lo abandone y me mate en el intento de alejarse de mi sufrimiento. Le retengo, sí, porque egoistamente necesito que siga latiendo, aunque envidio su facilidad para acabar con todo en un momento. Con él conmigo y vencer, muriendo.
Parece entenderlo y, aunque sigue latiendo acelerado, sé que puedo permitirme dejar de retenerlo con mi mano.

Necesito ponerme en pie, buscar un punto de apoyo al que aferrarme para poder llegar a la puerta a pedir ayuda. Lo encuentro y mis oídos aúllan con más fuerza mientras intento que mi cerebro le diga a mis rodillas que obliguen a moverse a mis piernas. A duras penas lo consigo y, una vez en pie, un dolor intenso oprime tanto mis entrañas que logra arquear mi cuerpo hasta que caigo de rodillas. Golpeo el suelo con impotencia, privando aún más, si cabe, de oxígeno a mis pulmones y de lucidez a mi cerebro. Encogida, conteniendo las arcadas y dotando de libertad a las lágrimas, apoyo mi cabeza en el frío suelo en busca de una calma que no encuentro. Una pequeña tregua, un minúsculo instante que me permita ponerme en pie de nuevo.

– Tranquila, por favor, cierra los ojos y respira.

De nuevo esa voz, mi voz. La que ahora mismo no reconozco a pesar de ser tan mía como mis miedos.
Alzo la cabeza y veo, de nuevo, los escasos dos metros que me separan de la lejana puerta metálica que no alcanzo, aunque lo intento. La presión en mi cabeza aumenta y, al hacerlo, multiplica por mil la distancia entre la salvación y la punta de mis dedos.
Me paraliza el miedo. Necesito tanto pedir ayuda que la ira agarrota mis músculos convirtiendo mi cuerpo en una estatua de mármol pétreo. Tiemblo y, al hacerlo, libero el huracán que devora mi estómago convirtiendo el suelo en una mezcla de mocos, lágrimas, sudor y vómitos.
A escasos centímetros de mis ojos veo mi teléfono móvil. Alargo mi brazo y con torpeza consigo acariciarlo. Él, tan frío e inhumano, aún refleja el nombre de la última llamada y el llanto desconsolado vuelve a surcar de nuevo mi ya empapado rostro. Lloro, con la esperanza de drenar mi cuerpo de desesperación y tristeza, dejando que sea mi cerebro, por esta vez, el que suplique a mi corazón que lo dote de entereza. Ellos se entienden, aunque no lo parezca, porque, cuando el corazón no puede soportarlo más, es el cerebro quien lo refuerza. Y viceversa.

Aire, parece que por fin respiro, y mis rodillas lo usan como impulso para, a duras penas, conseguir clavarse en el suelo y elevar mi cuerpo. Pie derecho, ahora el izquierdo, y mi cuerpo empieza a desplazarse a pesar de la falta de precisión de mis pasos. Me tambaleo, creo que no avanzo, pero la escasa luz que entra por la rendija de la puerta se me antoja más brillante ahora que dos respiraciones antes.
Sí, me muevo. Pero, lejos de calmarse, mi pulso se acelera aún más, haciéndome sentir que por mi garganta acabará saliendo cada órgano de mi desorientado cuerpo.
No sé cuántos pasos he conseguido dar. Me aterra mirar atrás y caerme de nuevo, por lo que cometo el error de mirar de nuevo al suelo y allí sigue, tan burlón y desafiante como antes, su nombre reinando en el centro del maldito teléfono.
Rugen mis entrañas, nuevamente, al verlo.

Mi cuerpo ha aprendido la lección y es consciente de no poder soportar caerse de nuevo, así que parece rebelarse contra el enemigo interno y se lanza desesperado en dirección a la puerta. Está cerca, la luz ya daña mis doloridos ojos y mi mano derecha parece alcanzar, por fin, el pomo justo antes de que mi pie derecho le haga la zancadilla al izquierdo, echando por tierra mis posibilidades de supervivencia. Caigo, a cámara lenta, y, antes de que mi cabeza golpee el suelo, la puerta se abre de par en par, obligándome a cerrar mis ojos.

– Ayúdame, por favor.

Esta vez sí es mi voz, la reconozco, la que pide que me salven del pánico que controla mi cuerpo.
Me desvanezco, a la vez que noto la seguridad de unos brazos que me sostienen por completo, y tanto mi cerebro como mi corazón entienden que ha llegado el momento de rendirse, para poder volver a luchar de nuevo.

 

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