Oxidado – @igriega_eme

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Mal de amores, que le llaman, mal de amores que le dicen. Y es que del mal de amores, nadie se escapa.

Los inicios y finales, como los calcetines, vienen en pares. Están hechos el uno para el otro, sin uno el otro no se haría presente. Y como en el caso de los calcetines, a veces no encontramos el par. Algo comienza y no le vemos el final.

Nada es para siempre, dice siempre mi tía Consuelo. Ella tiene las canas plata, la risa lista y los ojos pintados con luz de años y matices de sabia.

Su andar fuerte, determinado y alegre, llena los espacios de las dudas y preguntas nunca elaboradas. Sus anécdotas han ido completando las ramas de mi haber genealógico y, como si no bastara, llevan entre líneas escrita una moraleja velada. Yo soy yo aunque mi apellido no es del todo mío.

En algún momento por razones de la vida y del entorno, lo tomaron prestado y creo ser más Jiménez que Morales, pero esa, esa es otra historia.
El caso es que en Consuelo, no solo hallo humor inteligente, también severo aprendizaje, en cada risa, encuentro también mi propia carcajada. Su calma es la mía y su ánimo de veiniteañera me arrastra.

Cuántas cosas me ha dicho sin decir y cuánto me ha enriquecido la música de sus palabras. Entre historias que alcanzan de prisa a la madrugada, se han ido coloreando los recuerdos de mi abuela, que habían permanecido borrosos y borrados como la matrícula de mi licencia, desgastada.

Es ella quien con su prosa y pausa, me va dibujando racimos de enseñanzas, de forma inocente o premeditada.

Cuántas veces la he escuchado arropada en el loveseat rosa, con el corazón alegre y los pies cansados tras largas jornadas laborales, siempre con un té a mano y unas deliciosas viandas. Es que Consuelo, no sólo está llena de luz y conocimientos, también es una excelente cocinera, pero esa, es otra historia.

Y fue hace dos semanas, justo ahí, sentada en el sillón rosa mientras bebía el último sorbo del té hindú que ella me había preparado, que escuché el ruidito de algo metálico al chocar contra el piso. Me incorporé pensando que era alguna moneda que había resbalado del bolsillo trasero de los jeans, pero no, era el clavo oxidado que habías dejado en mi corazón seis meses atrás.
Ella lo tomó, me miró y me recordó que nada es para siempre, lo bueno pasa, lo malo también pasa. Y tú, pasaste.

 

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