Otra ronda – @_Marla_Sercob

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Mi gran error fue huir. De mí.
Yo, qué no sé ir si no es con el corazón por fuera para besar o para qué me maten.
Pero es que hay noches de esas que se anudan en la garganta y la sangre se para por las venas. Y justo, cuando más necesitas que te inyecten vida, la propia vida se convierte en un aeropuerto con todos los vuelos cancelados. Y vivir se vuelve un continuo aguacero y la tristeza golpea los cristales con violencia por culpa de un recuerdo. Y es ahí cuando a un lado queda el mundo y al otro todos mis demonios. Y yo.
Y vuelvo a caer en los lugares que ya he caído antes y la pena me deja completamente ebria. Y me quedo perdida y rota y jodida.

Porque hay días, que desde por la mañana ya comienzan rotos. Y es entonces cuando soy un coche sin frenos, una carretera cortada que no permite el paso, una puerta cerrada a cal y canto. Un montón de sueños que han dejado de soñar conmigo. Y me convierto en un lugar inhabitable.
Y al final lo único que me queda es ese olor que proviene de la nada.

Pero cuando aprendes a respirar bajo el agua, ya no te sirve cualquier aire para coger oxígeno. Entonces, es el momento de ponerme a caminar descalza por todos los pedazos en los que me rompo. A mirar de cerca el fuego sabiendo lo que eso quema. A naufragar los restos de mis guerras y a descansar en paz con las heridas. A ordenar todas las luces de mi cabeza porque no sé otra manera de encontrar mejor las sombras. A cambiar de rumbo la mirada.

Y es que no creo que la vida haya que llenarla de recuerdos, sino que los recuerdos deben estar llenos de vida. Porque no hay mejor forma de morirse que viviendo.

Y me vuelvo música, un millón de risas, un mar abierto, una mujer de extremos porque nunca he entendido la virtud de esos puntos intermedios, que no dan el suficiente frío pero que no calientan nada. Y además, si él existe, soy su puta, la musa que se la pone dura, la que se corre por sus venas. Que soy de las que aman a todas horas sin hacer ninguna pausa, sin compasión hasta la extrema gravedad. Hasta la muerte.

Que al final, aunque haya días en los que ya no sé qué pensar cuando me da por pensar tanto y sepa que todavía me queden heridas por contar, me doy cuenta de que la vida es hacer fotografías sin parar aunque no tengamos el mejor encuadre. Porque de lo único que nos tendremos que arrepentir mañana es de todas esas fotos que dejemos de hacer.

Por tanto, a quien corresponda, otra ronda de lo mismo. Aunque esta vez, como siempre, también vuelva a pagarlo yo.

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