Otelo – @IAlterego84 + @candid_albicans

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Miremos a nuestro alrededor. Todo, absolutamente todo cuanto nos rodea entra dentro de la descripción matemática. Azar, probabilidades o estadística. A eso se resume todo: porcentajes. Un 10% de probabilidades de ser atropellados en ese paso de cebra. 5% de atragantarse con el café y morir en una cafetería. 0,01% de posibilidades de llamar a un número de teléfono y que éste nos esté llamando a la vez. 0.000001% de que además de estar cruzándose las llamadas, las personas que están a ambos lados de la línea tengan un problema serio de celos llamado celotipia, comúnmente conocido como Síndrome de Otelo.

Una probabilidad baja, despreciable, un cisne negro en términos matemáticos, pero que ahí está. De hecho, el tipo que tenemos delante ahora mismo constituye la mitad de ese porcentaje. El teléfono de su mujer comunica. Él mira la pantalla del suyo, dudando entre volver a intentarlo o reventarlo contra el suelo. Cierra los ojos y respira hondo. Enciende un cigarrillo, tratando de apagar las ideas que pasan por su cabeza a la velocidad de la luz. Está con otro. Tienes que volver a mirar su lista de correos. Seguro que te la está pegando y tú aquí haciendo el gilipollas. La otra vez casi la pillas con su amante. Ella lo niega, pero sabes que es verdad. Desde que se abrió la cuenta en esa puta red social no hace más que vivir pegada al teléfono. Seguro que hay otro. U otros. Tienes que salir de dudas y cuanto antes mejor. No puedes seguir viviendo ni con esta presión en el pecho ni con estos cuernos en la frente.

El asiento del copiloto está desplazado. Ahí solo me siento yo, y jamás lo muevo. Ni el respaldo, ni la distancia al salpicadero. Hoy estaba más alejado. Le he preguntado que a quién ha llevado últimamente en el coche. “Tú sabrás”, dice. Cínico.

Las corbatas no están organizadas como siempre, sé que alguien le ha estado escogiendo las camisas y la ropa. Los gemelos tampoco están colocados como la última vez. No hay nada ordenado. Ha traído a alguien a casa. No soy idiota. Incluso ha cambiado de colonia y de barbero. ¿A gusto de quién te estás acicalando? Le vacío los bolsillos de los abrigos, de las cazadoras, de las americanas, busco en los pantalones, registro los cajones. Tickets de gasolineras. Facturas de restaurantes. Miro los lugares, las fechas, las horas a las que pagó con la tarjeta. Me falta el aire. No recuerdo haber ido a esos sitios. Ya no sé si mi cabeza me está jugando una mala pasada cuando entre los papeles encuentro una tarjeta en blanco con un número y un nombre: Lucía. Me tiemblan las manos. Sudo en frío. Me cuesta respirar. Así que se llama Lucía, eh, hijo de puta. Le hago una foto con el móvil y se la envío por WhatsApp junto con un mensaje “¿quién es Lucía?”. No hay contestación. Espero 5 segundos más. Necesito respuestas. Lo llamo. Comunica. Su número personal comunica. ¿Porqué no está utilizando el de la empresa? Está hablando con ella. Me siento morir de ira. Oigo mi propio corazón retumbando en mis oídos. No necesito más pruebas. Le hago la maleta torpemente, entre lágrimas y palabras inteligibles entre dientes, por tercera o cuarta vez. Ya no recuerdo cuántas veces le he dicho que se largase. Pero esta es la definitiva. Lo juro.

Tensión. El coche es un horno. Siente calor. Atasco. Hora punta y sensación de ahogo. Necesita llegar a su casa. ¿Con quién estaba hablando su mujer? ¿Por qué comunicaba? ¿A santo de qué ha estado rebuscando en sus papeles? Sí, tiene un teléfono con el nombre de una mujer. Lucía. Es psicóloga. Necesita echar el freno. Sabe que la cosa de los celos a veces se le va de las manos, joder. Buscar una solución a sus problemas, eso es demostrar que la quiere hasta el punto de asumir su parte de culpa.

Un coche invade su carril sin intermitente. Claxon. Ráfaga de luces y el consabido me cago en tu puta madre, cabrón. Ira. Puñetazos al volante. Miedo a que le estalle el airbag en la cara. Contención. Respirar hondo. Tratar de serenarse. Mantener la cabeza ocupada en otras cosas. Terapia a sesenta pavos la hora, mejor darle un uso cuanto antes y tratar de desviar los malos pensamientos. La sensación de violación experimentada al ver que su mujer le registra las cosas. Tal vez sea ella la que tiene algo que esconder. Y una certeza. Eso es. Ella tuvo algo con su profesor de yoga., mientras él se dejaba los cuernos trabajando para pagar esas putas clases. Y es que, aunque no entiende mucho de modas, pero por cómo ella vestía, más que yoga parecía que medían la flexibilidad de sus caderas con la polla del profesor como regla.

Intento de pensar en otra cosa que resulta fallido. Boca seca. Sudor empapándole la frente. Pelo apelmazado. Falta de aire, un pie que pisa el pedal del acelerador más de lo debido y una frase a modo de mantra en su cabeza: cuando llegue, me va a oír.

Se acerca, me mira, me quema sin necesidad de tocarme. Sin pronunciar palabra me agarra el brazo con fuerza, sabe que necesito sentirme suya. Me atrae hacia él con violencia, con esa mirada enfermiza que me subyuga y anula mi voluntad. Quiero resistirme hasta volverlo loco. Lo abofeteo. Le muerdo la boca. Saboreo su sangre. Busco su lengua con la mía y lo devoro. Noto su erección mientras me da un empujón contra la pared, golpeándome la cabeza. Me gira, me baja las bragas y me penetra con fuerza, con rabia y con odio. Una y otra vez, una y otra vez. Somos dos animales irracionales. Dios. Es mío y yo soy suya. Me dejo poseer. Ardo. Me reduzco a cenizas. Él es mi enfermedad y mi remedio. Mi veneno, mi infierno, mi droga, mi muerte particular. Mío. De nadie más. Y al escucharlo gritar mi nombre renazco, como un fénix que resurge de sus propias cenizas.

Te follo como no te han follado nunca. Sabes que eres mía. Si sigues aquí, jadeando mientras te empotro contra la pared, es por algo muy sencillo: ninguno de tus amantes me llega a la suela de los zapatos. Y eso me excita más. Te tiro del pelo con fuerza. Tu cuello me seduce. Es tan suave. Tan frágil. Tan fácil de romper llegado el caso…

Tus contracciones me dicen que te vas a correr otra vez. El flujo te chorrea por las piernas, empapando el suelo. Le pongo más empeño. Quiero que nos corramos a la vez. Que grites mi nombre y yo el tuyo, hasta quedarnos afónicos. Que se pare el mundo y que le jodan al resto. A aquellos que nos tildan de enfermos, de personas tóxicas metidos de lleno en una relación tóxica. Que les jodan bien jodidos a los profesores de yoga y las psicólogas, a los amigos, a los familiares que se meten donde no les llaman. A todos. Menos a nosotros. Resoplas y yo jadeo en tu espalda. Los espasmos vienen. Nos corremos. Arqueo la espalda mientras grito tu nombre a pleno pulmón. Pero, o he hablado muy alto, o de tu boca no ha salido exactamente mi nombre como esperaba. No, ¿qué ha sido? ¿Un murmullo? ¿Un llanto? ¿El nombre de otro? ¡Joder! Dímelo coño, estabas pensando en él mientras te follaba, ¿verdad? Dímelo…

En una fracción de segundo sus manos aprisionan mi cuello, no puedo respirar, los oídos me pitan. Me grita, pero no oigo lo que dice. Intento librarme de sus manos, mordiéndole, arañándole, resistiendo con la poca fuerza que me queda. A mi alrededor oscurece. Las piernas me flaquean, mis tobillos se tambalean sobre los tacones. Tacones. Echo mi mano hacia atrás, levanto el pie, y en menos de dos segundos, mi tacón derecho se clava en su ojo izquierdo. Me libero. Respiro. Estoy viva. Corro hacia la puerta, mientras lo oigo aullar de dolor. El miedo invade cada rincón de mi cabeza, congelando todos mis pensamientos menos uno: necesito huir. Alcanzo la puerta, pero al intentar abrirla el mundo se me viene encima al comprobar que ha echado la llave al entrar. Mis llaves están en el bolso. Ir a por ellas implicaría volver a pasar por su lado. Estoy encerrada con el hombre que amo, mi asesino.

La sangre corre por mi cara. La cabeza me zumba. La sensación es como si un picahielos se me hubiera clavado en el cerebro. Estoy de rodillas. Las manos sobre una cuenca ocular vacía. Siento náuseas. Te oigo gritar y no puedo evitar sonreír. Sabía muy bien que algo te estabas guardando, puta. Son muchos años juntos. Lo tenías todo previsto, ¿verdad? Matarme y fugarte con él, o con ellos. Lo sabía. Por eso he echado la llave. ¿Creías que te lo iba a poner tan fácil? ¿En serio? Me reiría si no fuera por que cada movimiento se traduce en más dolor y más sangre. ¿Acaso no recuerdas lo que dijo el cura el día de nuestra boda? ¿Cómo era? Ah, sí, hasta que la muerte os separe. La MUERTE, no cualquier moja bragas ante el que te abras de piernas. ¿Lo entiendes? La MUERTE. Así que espera. Grita todo lo que quieras. Aún tenemos tiempo…

Dicho esto, se pone en pie. El esfuerzo es considerable. Una mano sujetando un ojo que cuelga como el cable suelto de una atracción de feria. La otra, apoyada en la pared deja una mancha roja. Un paso, después otro. Torpes. De alguien que camina medio sonado en plan boxeador a punto de besar la lona. Pero aquí nadie maneja billetes que cambian de mano con las apuestas. Recordemos que esto es la vida real, y lo que aquí manda son las leyes de la estadística y el azar.

¿Probabilidad de sobrevivir con un ojo fuera de su sitio y matar a tu mujer estrangulándola, mirándola fijamente para que tu cara sea lo último que vea mientras le gritas que si no es tuya, no será de nadie? 15%. ¿Ser capaz de avanzar hasta ella sin perder el equilibrio? 8%. ¿Posibilidades de escurrirte en tu propia sangre y estamparte la cabeza contra la puerta de la casa? 0,005%. Una cifra insignificante, pero que ahí está.

Doy otro paso más. Mis pies patinan como si pisara aceite. No me da tiempo a reaccionar. Embisto la puerta. Alguien apaga las luces. Todo se vuelve oscuro. Y mientras me siento caer, una voz en mi cabeza me dice que además de cornudo apaleado. Que no sólo me voy a morir yo en vez de ella, si no que con lo que le va a quedar de pensión, podrá montárselo de puta madre con alguno de sus amantes. Hay que joderse.

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