Orgullo y prejuicio – @bellaindomita

Bella Indómita @bellaindomita, krakens y sirenas, Perspectivas

La chica miró el horario de los autobuses otra vez y fijó sus ojos en esa hora. Las 12:30. Esa era la hora en la que el 684 iniciaría su marcha desde Moncloa.

Pero en su cabeza no dejaba de resonar la última conversación que mantuvo con su amiga…

“María, ¿de verdad vas a coger el transporte público y vas a ir hasta ese pueblo que vete tú a saber la clase de gente que te puedes encontrar allí? Además, ¡que no conoces a ese chico de nada! ¿Y si es uno de esos paranoicos que va quedando con las chicas y les hace cosas? ¿Y si se presenta con dos o tres? ¡Qué no están las cosas para ir quedando con desconocidos! A ver si te piensas que en los chats esos la gente dice de verdad quién es. Si no, recuerda lo que le pasó a la prima de Patricia. Casado. Estaba casado el chico. Y venga a marearla… Y cuando ya la tenía bien pillada, va y le suelta eso, que ya no podían verse más porque su mujer se había quedado embarazada y debía sentar la cabeza. Tú haz lo que quieras pero vamos, yo no me fiaría nada. ¿Y si es un viejo? ¡Qué asco! Sola, en un pueblucho que ni conoces ni nada… Con lo majo que es Borja. ¿Tú sabías que su padre acaba de comprar otra empresa? Ese sí que es un buen partido. Y encima guapo a rabiar. Creo que estaba emparentado con los Alba. Me suena que son primos terceros o algo así. ¿Ves? Ese chico no deja de buscarte y ¿te vas a ir con uno que por tener no tiene ni coche? No te entiendo, de verdad que no te entiendo.”

Se le hizo un nudo en la garganta. La señora de la ventanilla le volvió a preguntar. “¿A dónde?”. Sus ojos volvieron a ver la hora nítidamente. 12:30. Casi instantáneamente miró a la señora y titubeó. Iba a pronunciar el nombre del pueblo cuando sonó el tono de mensajes de su teléfono. Entonces miró de reojo la pantalla. Samuel. María se apartó a un lado para no interrumpir la fila donde alguno ya se estaba impacientando por su tardanza.

“Hola María. Creo que lo mejor es que no vengas. Le he estado dando vueltas a la cabeza y creo que va a ser lo mejor para los dos. Yo ahora mismo quiero terminar de sacarme el título que te dije y ando ayudando a mi padre con la tienda. No tengo casi tiempo ni para ir a jugar con estos al fútbol… Lo siento.”

 

El nudo del estómago que instantes antes había sentido María se había desplazado hasta su garganta. Sus ojos se empezaron a empañar y aunque ella hubiera deseado sentir rabia, lo cierto es que le invadía una profunda tristeza. Se preguntaba cómo era posible que el chico encantador con el que había estado hablando durante las últimas semanas de repente rechazara conocerla en persona. Empezó a repasar sus conversaciones. ¿Sería porque dijo algo que le había podido incomodar? Pasaba la conversación y María negaba con la cabeza. No era posible que fuera por eso. Los últimos días habían hablado de París donde había ido a pasar el fin de semana para celebrar el cumpleaños de su hermana. En los mensajes le explicaba la cena sorpresa que le había ayudado a preparar a su cuñado en el restaurante más prestigioso de la ciudad. La excursión por el Sena y el pase exclusivo nocturno a la Torre Eiffel donde le pidió la mano. Incluso le dijo que se había acordado de él y que le había comprado un recuerdo, que llevaba en el bolso.

Entonces María recordó lo que le había dicho su amiga. ¿Y si llevaba razón? ¿Y si Samuel en realidad era un impostor? A lo mejor estaba casado. A lo mejor no era el chico con la sonrisa más bonita que había visto. Quizá las fotos eran falsas. De todas formas, pensó María, su amiga ya se lo advirtió: “Los chicos de los pueblos no son como nosotros por mucho que queramos disimularlo”. Por supuesto que no eran iguales, se dijo María. ¿Qué podía ofrecerle un chico sin estudios y que trabajaba en una tienda de pueblo? Desde luego, nada comparable a lo que podría brindarle Borja. Borja, el hijo de uno de los empresarios más importantes de la Comunidad… Sin duda, con él no le faltaría de nada. No le hacía reír tanto como Samuel, por supuesto. Ni le planteaba temas de conversación medianamente interesantes como los que trataba con Samuel. Pero Borja sí estaba a la altura de su clase.

María alzó la vista y se topó con el horario de los autobuses. 12:30. En la fila de la taquilla apenas quedaban un par de personas. Miró la hora en su móvil. Las 12:23. Volvió a mirar el mensaje de Samuel. Entonces apagó el móvil y se dirigió hacia la parada de taxis.

 

Samuel no dejaba de mirar la pantalla esperando a que apareciera la confirmación de que María había recibido su mensaje. Se iba mordiendo las uñas mientras seguía murmurando. Negaba con la cabeza. Necesitaba que María leyera ese mensaje.

“María, espera. Ven. Soy un completo idiota. Creo que me ha entrado el pánico. Yo no soy nadie. No tengo nada. No quiero que pienses que soy un fracasado ni nada así, ¿sabes? Es que después de todo lo que me has estado contando estos días y lo feliz que parecías… No sé, yo no he salido nunca de España, no he cogido nunca un avión. Además de que eso de volar no me gusta nada de nada. Y bueno, tú has estado en tantos sitios. Pero me da igual ya todo eso. Piensa lo que quieras. Yo lo único que puedo pensar es que me muero por verte. Me muero de ganas por saber cómo hueles y por mirarte a los ojos. Me muero por besarte. Eres tan preciosa… Puede que yo no sea como el tío ese forrado del que me hablaste, vale que yo no te voy a poder llevar a cenar a París o a Roma, pero vamos, te preparo un cordero al horno que ya quisiera el salón gourmet ese. Ven, María. Perdóname que haya sido tan idiota. Creo que no podría perdonarme nunca perderte.”

 

“El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros” (Orgullo y prejuicio. Jane Austen. 1813).

 

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