Nunca es pronto – @relojbarro

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Estaba sentada en un banco, con un aire entre preocupada y curiosa. Miraba a su marido y a su hijo, en cómo trataba de enseñarle a montar en bici por primera vez. El ejercicio de confianza puro y duro entre el uno y el otro la tenía absorta. La interacción entre padre e hijo, la relación, la comunicación que tenían a veces prácticamente sin tener que hablarse, siempre le había llamado la atención, ya que contrastaba con la que ella sentía con su hijo, que era una comunicación tanto verbal como física, porque ella necesitaba tocarlo, abrazarlo, besarlo, en cambio entre ellos dos no había apenas contacto, de hecho incluso le había dicho alguna vez que fuera más cariñoso con él, pero con el tiempo se había dado cuenta que ellos estaban cómodos así, queriéndose sin decírselo, de forma implícita, con demostraciones puntuales.

Y ahí estaban, uno aguantando la bici y el otro con aire serio, no las tenía todas consigo.

— Venga va, pedalea suave, tienes que coger algo de velocidad porque si no es más difícil pillar equilibrio.
— Sí claro, y cuando tenga que frenar, ¿qué?
— Pues frenas y pones un pie en el suelo.
— ¡Me estás soltando! Hasta que no te diga no sueltes la bici.
— Que no te suelto…va, empieza a pedalear.

La gente los miraba divertidos, ella empezaba a sentir cierta vergüenza. Lo más gracioso es que ella tampoco sabía ir en bici, le daban un poco de miedo por eso siempre se había negado a comprarse una y aprender, pero viéndolos a ellos casi le daban ganas de ir y decirles que le dejaran probar a ella, que eso estaba chupado.

— Si quieres descansamos, que ya llevamos ocho minutos entre teórica y práctica y has rodado por lo menos 20 metros, debes estar agotado…
— Para ti es muy fácil porque hace años que ya sabes.
— Lo llego a saber y me traigo un sombrero y unas gafas de esas con nariz y bigote, que la gente está alucinando con nosotros.
— Me bajo, no me ayudas y encima te ríes de mí.
— Que no…que es broma. Venga va, te impulso yo un poco y corro a tu lado.
— ¡Pero no corras!
— Tranquilo, que si nos cruzamos con un caracol lo dejamos pasar.
— Si te ríes me bajo.

Ella se partía de risa. Recordó cuando nació su hijo, lo pequeño que era, cuánto lloraba siempre de bebé, lo miedoso que era para todo, y ahí estaba ahora.

— Ahora, pedalea un poco más, ya tienes velocidad, ya vas casi solo.
— No me sueltes aún.
— No te suelto, pero sigue. Ahora, vamos a girar un poco y darás la vuelta y volveremos a ir recto pero más rápido.
— Vamos muy rápido, ¿no?
— No, vas bien —le decía mientras retiraba la mano del sillín sin decirle nada—.
— Por si acaso no sueltes.
— No suelto, tranquilo —le dijo mientras empezó a correr más lento y se alejó un poco de la bici—, lo estás haciendo muy bien Papá, sigue así, ya lo tienes, ¡Ya vas solo!
— ¡Me has soltado!
— ¡Hace rato! ¡Jajaja!

Ella miraba la cara de velocidad de su marido y la de orgullo de su hijo. Pensó en el aprendizaje, en cómo adquieres los conocimientos básicos de tus padres, abuelos, de tu entorno, hasta que llega el día en el que tú le enseñas algo a tus padres, y el ciclo se cierra. Pensó en que nunca es pronto para enseñar algo a alguien, pensó que nunca es tarde para aprender algo de alguien, pensó que cuando su hijo entró en sus vidas, desde el minuto uno, les dio una lección, les enseñó que hay algo que nunca debemos olvidar, les dotó de joie de vivre.

 

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