Notas discordantes – @GraceKlimt

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Hace 10 años, firmé mi sentencia de muerte.

Disculpad, debería presentarme, aunque no tengo mucho que decir de mí, o al menos, no mucho que sea trascendental en esta historia. Pero haré un esfuerzo. Empecemos otra vez.

Hola, mi nombre es Daniela, soy anestesista, tengo una casita con jardín, dos niños de anuncio, un marido perfecto, 39 años, y me muero poco a poco desde hace 10.

Un domingo de primavera me casé con Diego. Tan guapo, tal alto, tan dulce, tan fuerte, tan cariñoso, tan rudo a veces. Mil hombres perfectos unidos en un solo hombre perfecto. Y era para mí. Me latía el corazón a toda hostia. A quien me hubiese dicho que el paraíso que imaginé tornaría en un infierno terrenal, y lo que un día sentí música acabaría siendo ruido atroz, le hubiese mandado a tomar por culo sin billete de vuelta. Pero hubiesen acertado de lleno, porque sí, vivo, o sobrevivo, o malvivo más bien, y mientras tanto me voy muriendo día a día, desde aquel gran día feliz.

Al principio creí que éramos puta magia, como esas notas musicales que en cuanto suenan crean la canción más bonita del mundo. Él me miraba y yo me hacía música, y el mundo dejaba de girar y no existía nada más que nosotros dos.
Éramos poesía. Que les jodiesen a los poetas.

Y un día al poco tiempo me estrellé de pronto. Fue como si el francotirador escondido en la azotea hubiese acertado de lleno en mi cabeza. ¡Bang!. Espabila, tonta. Despierta. Hola, Daniela. Hola, realidad. Dos besos, muac, muac. Encantada de conocerte. Bienvenida. Mira. Sin paños calientes. No te desea. ¿No lo ves?.

Empecé a analizarle, sus buenos días rutinarios, su café sin azúcar rutinario, su beso en la frente rutinario, su adiós a los niños rutinario, su volveré tarde, cariño, rutinario, su polvo rápido de los sábados rutinario, su paella con sus padres y su paseo al centro comercial de los domingos rutinario. Su puto todo rutinario.
Ni magia ni notas musicales perfectas ni canción más bonita del mundo ni sus ojos mirándome ni yo haciéndome música.
Solo él haciendo como que suena, y yo haciendo como que no desafino.

Podría gritarle hijo de puta, lanzarle a la cabeza los CDs de los Planetas en los que creí ser feliz, echarle en cara que dejase de follarme en el sofá con la luz encendida, escupirle toda la culpa que tiene.
Buscar un culpable a mi muerte.
O dos.
Culparla a ella también, a esa que él cree que yo no conozco, a esa que es 9 años más joven y 3 veces más bonita y con la que se acuesta desde hace 6 meses y 15 días. A esa que descubrí que se llama Laura el otro día, cuando nos la encontramos de casualidad y todos fingimos que no sabíamos nada de todo, mientras sonábamos a canción desacompasada, como notas discordantes.

Pero yo ya llevo muerta mucho más.
Ya no me importa a qué sonamos juntos, o separados.
A la mierda el estribillo.

 

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