No sé cómo decirte nada – @dtrejoz

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Tantas veces soñé con aquel momento, que imaginar un final tan bello estaba fuera de mi alcance, aunque no voy a negar que lo intenté.

Todos hemos estado en ese estado abstracto y vegetativo, con el cuerpo inerte sobre el sofá, con la mirada perdida en algún punto de la pared, pero soñando con mundos paralelos, con finales alternativos, con historias de cuentos, y todo eso relacionado con la sonrisa de una mujer. Así nos pasa a todos, aunque haya algunos tan escasos de sueños que solo usan el sofá para dormir.

De esto hace ya tres años, y no lo digo porque me interese medir la distancia del camino, sino más bien porque cada minuto que paso a su lado es una eternidad llenita de luz, con esto aclaro que la cuenta del tiempo en el almanaque es sólo un ritual en la inercia de los días, así quiero que conste en las actas oficiales.

Desde hace un buen tiempo me había dado cuenta de que había apostado el corazón con su sonrisa y lo había perdido. A todos los hombres nos llega esa hora, pero sobre todo nos llega la mujer de la que no podemos escapar, la que nos vuelve un prisionero de sus ojos, la que nos deja latir libremente el corazón mientras nos envuelve entre la cárcel de sus labios. Ya ustedes saben cómo son, no hace falta que profundice en describirlas.

El punto es que yo ya me había rendido. Hay guerras que es mejor no pelearlas, y cuando se trata de una derrota del corazón, por extraño que parezca, significa que estás amando a la indicada. Consciente de mi realidad, tomé la primera mejor decisión de mi vida, el primer sueño de muchos que he tenido con ella, de los sueños que uno tiene hasta hacerlos despertar.

Esa semana me dediqué a cuidar cada detalle, a buscar el mejor lugar que el amor pudiera necesitar, la mejor vista de la ciudad y de todo el valle central, el mejor vino, la mejor cena, la mejor mesa… tantas veces la había escuchado decir que le gustaría una cena romántica en el mirador, que siempre había añorado un momento así pero que todavía no había llegado el indicado, el hombre que la tomara de las manos y la hiciera sentir que un cielo estrellado era un altar para besarse. Y bueno… ahora estaba yo para mostrárselo.

Ese 14 de febrero las estrellas se alinearon para vernos. Fue mágico. Desde nuestra mesa (previamente reservada) ubicada en el balcón principal del mirador, se podía observar la extensión de toda el área metropolitana, todo el valle rendido a nuestros ojos, con su carrusel de luces multicolores, como una cascada de estrellas sobre la llanura que parecía extenderse insaciable hasta las fronteras de un para siempre. Sobre la mesa había una pequeña esfera de vidrio de un color marfil, con unas figurillas de lunas que resaltaban de su relieve con una pequeña vela encendida en su interior, una vela apenas con la fuerza de su luz para sostenernos la mirada, como simulando ser el corazón dentro de la pequeña esfera. Luego dos copas y una botella de vino, a modo de detonante, un vino para endulzar los labios y prepararlos para una noche de besos a quemarropa, de pasión y fuego, de ternura y desenfreno, de confesiones.

La cena transcurrió de la forma más casual que se puede sospechar, entre una charla bajita, casi al oído, entre dos enamorados, con largas pausas para admirar la belleza del tapete de luces y la noche limpia y profunda, repleta de estrellas, que amenazaba con no dejarse llevar por las horas, con no dejarse vencer por ningún amanecer.

La hora se acercaba para ambos, aunque eso ella aun no lo sabía. Poco a poco, todas las charlas que tuve con ella imaginariamente mientras soñaba en el sofá se me fueron olvidando. Cada segundo que pasaba colgado de esa mirada, mitad cielo, mitad poesía, acurrucado en el vaivén en el que me mecía su sonrisa, era un paso que me llevaba cada vez más cerca del momento que había preparado con tanto esmero, lo que pasa es que algunos sueños uno los imagina a su manera, pero en realidad está fuera de control lo que va a pasar al despertar.

Un silencio llegó con la brisa y sacudió la llama en el corazón de la esfera, supe en ese instante que esa era mi señal. La miré. La miré directo a los ojos sin darle espacio para escapar y fui por ella. Le hablé de su luz y de la forma que había aclarado toda la oscuridad que me invadía, de su consuelo y de la forma en que había sanado mi tristeza, de su alegría y de la forma que había borrado mi soledad. Sentí que estaba dando vueltas y que ella también lo había notado. Entonces me preguntó si estaba todo bien…supongo que me vio nervioso, uno no le pide todos los días a una mujer que se quede para siempre en nuestra vida.

Justo ahí le tomé las manos. Nuevamente la miré a los ojos, pero esta vez lo hice rendido, esta vez lo hice suspirando. Le dije que había soñado ese momento tantas veces, que había tenido esa conversación con ella muchas noches frente a la luna, pero que de todas las veces que lo había intentado jamás pude imaginarme algún final. Mira lo que son las cosas, le dije, tanto que lo he soñado, tanto que practiqué, y ahora que te tengo en frente no sé cómo decirte nada, pero puedo ser muy breve y decirte en pocas palabras lo que siento. Ya no quiero una vida si no voy a vivirla contigo, porque todos los sueños que antes tenía ya no son los sueños míos, ahora son los sueños nuestros, porque ya el camino no es lo que pensaba, porque por largo que parezca puedo ir a donde sea mientras vayamos tomados de las manos, porque lo más bonito de todo es que ni siquiera fue que te busqué, lo bonito fue encontrarte sin andarte buscando.

Luego de eso, solté sus manos brevemente y busqué una pequeña cajita en la bolsa derecha de mi blazer, un pequeño estuche rojo con forma de corazón que tenía en su interior un bello anillo de compromiso, un anillo que me encontró a mí una tarde de diciembre mientras caminaba por la avenida pensando en ella, y cuando lo vi supe de inmediato que era el indicado para pedirle matrimonio.

Ya con el estuche abierto sobre la mesa, mostrando el contenido del mismo, todo lo que había alrededor desapareció. Ya no había cielo, ni luna, ni estrellas. Ya no había tiempo, ni brisa, ni estelas. Solo había un universo y lo llenaba ella. Podrán pasar mil años y no habrá olvido que borre de mi corazón el recuerdo de su rostro emocionado. Fue como juntar un millón de auroras entre sus pestañas, fue como ver el nacimiento de un millón de estrellas en la primera noche de la creación, fue bello. Sus ojitos brillaron tanto que se llenaron de lágrimas, sus labios intentaban encontrar una pausa en la sonrisa para responder a la pregunta que le hacía el anillo, a la pregunta que le hacía yo. Antes de poder articular un “sí” ya yo sabía que lo diría. Porque sus labios vinieron a mí, a llenarme de besos la existencia, a mojar mi rostro con sus lágrimas y a dejarme el recuerdo de su alma emocionada, puesta en evidencia en cada gesto de su cara. Uno sabe que la noche está encantada cuando ve a su princesa sonreír, lo demás es pura magia.

Era una noche limpia y profunda, repleta de estrellas, de las que llenan las sábanas con los cuerpos desnudos de los que se aman, una noche que amenazaba con no dejarse llevar por las horas, con no dejarse vencer por ningún amanecer, y nosotros nos dimos a la tarea de convencerla de que era nuestra, y de que iba a amanecer a la hora que nuestros cuerpos lo dijeran.

-Y al final, me dijo sí.

 

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