No morder la mano que te acariciaba – @DonCorleoneLaws

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La ingratitud es un defecto propio de la falta de educación del mundo en el que vivimos. Dicen los maestros (y estoy muy de acuerdo) que en la escuela se nos enseña, pero donde se nos educa es en casa. En casa es donde debemos aprender de nuestros mayores los valores que harán de nosotros personas de bien o simples pedazos de carne que respiran, y tal y como se ve diariamente el panorama, lamento tener que decir que el segundo grupo crece a una velocidad vertiginosa.

Tenemos poca y mala memoria. Parece mentira que no seamos capaces de aprender de los errores y que, además, no manifestemos tampoco ningún interés por conocer la historia para no volver a repetirla. Normalmente usamos poco la cabeza, pero lo que me resulta más inconcebible es que renunciemos también a utilizar la memoria de la piel para cosas buenas.

En nuestro mundo de hoy, estadísticamente, el setenta por ciento de las relaciones se acaban, da igual del tipo que sean: amistosas, sentimentales, profesionales, etc. Las familiares suelen ser las más perdurables porque no nos queda más remedio que soportar a quienes no hemos elegido para compartir el camino. Con todo y con eso, cada vez son más las personas que no se hablan con sus familiares directos y que no soportan a los allegados (cuñados, yernos, nueras, primos segundos, etc.).

De las relaciones profesionales es mejor ni hablar porque ya no existen trabajos para toda la vida, ergo también se suelen extinguir los vínculos que esas relaciones generan. La ingratitud campa a sus anchas por los entornos laborales. Basta con cambiar de trabajo para darse cuenta de que los exagerados “afectos” que a uno le profesaban no eran más que pura conveniencia. Las agendas se limpian solas de interesados…

Hablar de las relaciones amistosas suele ser doloroso porque los amigos sí son esa “familia” que nosotros escogemos para consumir nuestro tiempo, y les aguantamos muchas cosas, y les damos mucho, y les regalamos una confianza que, cuando se rompen las relaciones por cualquier motivo (sea de la gravedad que sea), sentimos traicionada hasta el punto de sufrir la más grande decepción. Cuando alguien que de verdad considerábamos amigo nos falla, se derrumba ese efímero castillo de naipes que habíamos levantado con tanto esmero como dedicación a lo largo del tiempo. Y si ese amigo además se dedica a difundir mentiras malintencionadamente o a enrarecer el ambiente con otras personas, la ingratitud afecta bastante al estado de ánimo, y duele: claro que duele.

Sin embargo —y por lo que antes comentaba sobre la memoria de la piel—, la ingratitud que más me llama la atención es la que emana de las rupturas sentimentales. Día tras día leo o escucho a personas tratar a sus ex relaciones como “piedras” en el camino, como “errores” que cometieron o como “demonios” de los que escaparon… y me van a perdonar ustedes, pero eso de quien habla mal principalmente es del ofensor, no del ofendido.

Imagino que es un absurdo intento mental de autoengaño para superar las rupturas pasadas y el daño sufrido inherente a ese tipo de circunstancias que ninguno deseamos, pero realmente no sirve demasiado y sí que dice mucho de la persona. Es hermosa la palabra “persona”, pero la solemos olvidar para dirigirnos a quienes compartieron cama, risas, lágrimas, casa y tiempo con nosotros. Sin embargo, lo son. Son personas a las que las casualidades, el destino o nosotros mismos escogimos, y de las que ahora renegamos como si no las hubiéramos conocido.

¿Y no es absurdo? Los tiempos cambian como cambiamos las personas, y a veces, aquellos de quienes nos enamoramos, nos encaprichamos o nos fascinamos, cambian también sus formas de ser y de actuar, con el consiguiente desvarío de los planes que nos habíamos fijado con ellos. ¿Y qué? ¿No hemos cambiado también nosotros? También lo hicimos, pero no lo percibimos. Acentuamos nuestros defectos como lo hicieron ellos y la vida, con ese infatigable discurrir que nos lleva o nos trae como la luna a las mareas, acercando o alejando la orilla de nuestro lado. Sin embargo, es muy ingrato no recordar que en aquella orilla hubo días en los que fuimos felices, hubo risas mientras jugábamos, hubo sol y hubo brisa.

Es muy ingrato no recordar que en los brazos de esas “piedras” nos refugiamos muchas veces cuando algo nos dañaba, que compartimos sudor y orgasmo con aquellos “errores” que nos hicieron tocar el cielo con las manos, y que bien que buscábamos la compañía de aquellos “demonios” para dejarnos consumir en un infierno de besos, de ternura, de comprensión, de cariño o de confianza.

Y sí, las cosas se acaban y las personas pasan, pero no por ello son “piedras” aunque ahora ni las necesitemos ni las queramos ya cerca. En nuestra mano tenemos siempre la posibilidad de decir “hasta aquí llegué”. Pero a diferencia del orgullo la piel sí que tiene memoria, y tal y como recuerda los daños y las afrentas que ya no deseamos volver a sufrir, conserva una pequeña memoria en la que aún recuerda olores, sabores o tactos de quienes formaron parte de nuestra vida.

No digo yo que debamos tener ningún tipo de gratitud hacia quien sólo nos hizo sufrir (pues tristemente hay casos extremos de individuos que ni siquiera deberían existir). Si no se comportaron como tales tampoco deberían ser considerados “personas” aunque su DNI así lo certifique, pero afortunadamente no son la generalidad de los que solemos aceptar en nuestra existencia. Lo que sí reclamo es que recuperemos un poco la memoria de la piel para tratar con justicia a aquellas “personas” que sí que nos aportaron cosas buenas en su momento y ya dejaron de estar a nuestro lado. De ellos pudimos heredar hijos, gustos por los viajes, la comida, la música, el arte, las costumbres o las cosas materiales. Nos ayudaron a crecer, a cambiar y a saber elegir lo que ya no queremos con nosotros… y no son “piedras”: son ex parejas sí, pero las elegimos nosotros, así que algo tendremos que ver con las equivocaciones cometidas.

Asumir la propia culpa es bastante más positivo que echársela siempre a los demás despreciando lo que son, y eso no engaña a nadie más que a nosotros mismos, porque cuando al salir de la ducha nos miramos solos y desnudos frente al espejo, nuestra piel aún recuerda con la gratitud que a nuestro ego le falta a quienes fueron parte de ella. En ocasiones, la piel tiene más educación que la propia conciencia.

No es necesario faltar: a veces ignorar es suficiente. No se trata de rememorar un pasado que ya no queremos: se trata de intentar ser mínimamente justo con quien estuvo a tu lado, y de no morder la mano que te acariciaba.

Piénsenlo…

 

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