No es lo que parece – @Safronina0

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Ya no recuerdo con claridad el día de la semana que era, hubiera dado igual un lunes cualquiera que un viernes sin más. Sé que para ser Septiembre ya hacía frío, aunque a mí eso no me importaba, siempre me gustó más el Invierno, ponerme capas y capas de ropa y sentarme al lado de la chimenea con un libro y una copa de vino mientras escucho la lluvia canturrear en la ventana.
Estaba amaneciendo y yo me disponía a desayunar en el jardín; zumo, café y tostadas, como todos los días. Era mi rutina diaria. Despertador a las seis de la mañana. Una ducha rápida y mi ritual en la cocina. Un café doble con la leche fría y tres cucharaditas de azúcar, un zumo de dos naranjas y un limón y una tostada con tomate y jamón, en los cascos sonando alguna canción y disfrutarla en el porche con calma, saboreándola.
Aquel día no iba a ser menos. Sonaba Heartbeats de Jose González  cuando recibí un mensaje del le llamaremos Pasajero 57. La pantalla del teléfono se iluminó mientras se entrecortaba la música para decirme un sencillo:
Hoy es el mundo al revés.
No pude evitar levantar la ceja y sonreír de medio lado. Al Pasajero 57 hoy le apetecía jugar, en verdad, compartir la vida con él era en sí un juego. Lo conocía bien después de tantos años, y él a mi, conocía cada secreto y cada recoveco de mi vida y mi cuerpo, más de un túnel fue construido por sus manos. Sabía mis momentos y yo esperaba otra pista.
Apuré el café nerviosa, como una niña cuando despierta el día de los reyes magos. Llevé a la cocina los restos del zumo y deje los platos sucios en el fregadero, subí a la habitación a vestirme, abrí el armario y de una de las perchas sobresalía un lazo rojo con una nota:
«Vístete y ven».
Lo primero que pensé era a donde tenía que ir, eso aun no me lo iba a decir claro, tenía que vestirme. Tire de la percha que llevaba el lazo para encontrarme con una camisa que hacía varios años que no me ponía. Era roja, sin mangas y de cuello alto, con muchos y pequeños botones que recorrían toda la espalda. Debajo de ella unos vaqueros pitillo.
Al abrir el zapatero un post-it indicaba:
Dorothy no tardes.
Y no hizo falta más para saber que zapatos tenía que ponerme. Lo tenía todo y seguía sin saber a donde tenía que ir cuando sonó de nuevo el teléfono, otro mensaje, una ubicación.
La puse en el navegador del coche y seguí una a una las indicaciones, atravesé la ciudad y empecé a dirigirme hacia las afueras, conocía aquella carretera, solía cogerla para ir a un bosque cercano. Conduje aproximadamente una hora hasta que la señorita que me iba guiando a través de mi navegador me indicó que había llegado a mi destino. Apagué el motor y salí del coche. Allí no parecía haber nadie ni nada salvo tres pequeños árboles y una antigua valla de madera. Me encendí un cigarro y comencé a observar lentamente a mi alrededor hasta que lo vi, un pequeño pañuelo rojo atado a uno de los árboles y que abría paso a un pequeño camino que llevaba a un molino ya abandonado. Recordaba aquel molino, siempre me había gustado.
Ya solo me podía dejar llevar hasta allí, sabía que nada malo me iba a pasar, el Pasajero estaba allí. Esperando sonriendo. Me dio dos besos, extendió su mano sobre las mías y me dio una pequeña cajita forrada en terciopelo azul.

– Ábrela.

Un trozo de papel muy bien doblado escondía su último mensaje:

Hoy es el mundo al revés y esto no es lo que parece.

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