No disparen al poeta – @igriega_eme

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No es cansancio, ni hartazgo, ni tampoco hastío. Es sólo una pausa, un alto en el camino de razones que dejaron de serlo.

Jamás vi pétalos de rosa secos en los ojos de quien yo miraba. Me dejaba de lado las gafas para no leer en sus pupilas desencantos color aceituna desgastado.

El enredijo de noches desoladas, quedaba en el rastro que dejaron los corchos que lanzaba con pericia desde el extremo izquierdo de la chimenea, hasta la canasta forrada de lino a un lado de la mesa que estaba debajo del cucú.

La tela del sillón doble, era de un brocado francés de finales del siglo pasado. Sus caminitos, formados por los surcos de terciopelo verde, llevaban como sellos los chasquidos roncos que fueron lagunas en noches estrelladas por la pasión.

Ecos de lágrimas felices y tristes de una juventud de bambú, yacían inertes en los pasajes intermitentes de manos entrelazadas al viento.

Ni una sola vez pude cazar mariposas, erróneamente confundí sus alas con vuelos y mis deseos con sueños. Y es que siempre voy así, viendo rosa donde hay ríos y corriendo detrás de las plumas que flotan sonrientes sobre los pasos de bailarina, dejando de ver hacia los brazos que me esperan y que se mecen como trigos al viento.

Esas copas de vino, se quedaron sobre la mesa llena de moronas de pan de centeno.

Las paredes, aún imitan el burbujear del queso en la olla, y los choques de trinches que libran batallas con las guitarras del trío y que dejaban restos de boleros raídos y desafinados en los caracoles de la oreja derecha.

La botella de un verde oscuro, quedó llena de posos tan oscuros como la soledad que se aproximaba, inevitable, tanto como la noche, o como la solemnidad del mozo aquel que almidonado, había descorchado el futuro sin apenas saberlo.

Era una zona de desastre, como los amores que le siguieron, faltos de letras y armonías, faltos de versos y promesas.

¡Pero no!

No disparen al poeta, el no es culpable, es la cuesta, que ha sido tan pronunciada como tu ausencia.

De las hojas amarillentas y con olor a sabiduría, colgaban como hilitos las palabras, se desprendían y formaban espirales sobre el tapete persa, sin razón, sin sentido, se desmoronaban en pequeñas sílabas lamentando su existencia.

Quedó ahí tirado el libro, desnudo, solitario de hojas blancas, tal como al inicio.

¡Pero no!

Por favor, no disparen al poeta.

 

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