No dijo nada, y lo entendí – @J_eSeKa

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Platja D’Aro, mayo 95

En mayo las lunas aún son frías en la Costa Brava como para pasarlas en la arena de la playa. Tres o cuatro cayeron hasta que un camarero me hizo hueco bajo su techo en espera de que, su jefe, me diese la oportunidad de tirar cervezas detrás de la barra de aquel hotel en el que acabé metamorfoseándome kafkianamente. Esas bichas del café son buena gente, aunque no os lo creáis. Gracias a ellas no me sentí tan solo. Se hicieron buenos amigas mías. Sabía que esas cucarachas jamás contarían nada de lo que les dijese. Como la tarde aquella en la que durante mis dos horas libres, llegó aquel inglés preguntando a Sebastián que si había pasado por allí su mujer. Se conoce que ambos estaban en la playa cuando ella dijo que iba un momento al baño del hotel y de eso hacía más de una hora. Mis amigas kafkianas me contaron con todo detalle la cara de asustado que traía el pobre, sufriendo por si a su mujer le había ocurrido algo. Así es la vida, a veces sufres por alguien que está pasándoselo de puta madre.

Esos bichejos son tan discretos, no me preguntaron nunca qué tal me fue con la inglesa, pero, además, sabían que a pesar de ese momento que os he contado, y alguno más parecido que tuve durante ese verano, yo estaba solo.

Eso solo lo sabían ellas y aquel cocinero marroquí que, antes de que yo pasase la segunda noche al raso y de que fuese al bar de Kiko, se acercó a mi mesa, me hizo un gesto con la mirada como pidiendo permiso para sentarse y sin preguntarme si lo deseaba, sacó una baraja de cartas españolas y me las echó. No, no me dijo que los muebles de mi casa eran marrones-rojizos o que alguien de mi familia estaba muy enfermo o que pronto lo estaría. No me preguntó nada, sólo me hizo cortar el mazo de cartas. Nunca sabré en qué puñetera carta fue capaz de ver que la talla de sujetador de aquella rubia, de la que huí hasta llegar allí, era una 100C. Aquel tipo era la segunda vez que me veía y, sin apenas mediar palabra, en cinco minutos fue capaz de narrarme todo cuánto yo no quería recordar. Para dar por terminada su función, dijo algo que nunca olvidaré: dentro de tus ojos habita la soledad. O algo así…

Kiko, el dueño de la tasca en la que nos juntábamos la flora más deprimente del gremio de la restauración, ponía en bucle una cinta. De aquellas de radio-casete, no sé si la memoria os da para poder recordarlas. Un recopilatorio popero de unos años atrás, en la que estaba la canción que cito más abajo. Había otras, pero fue ésta la que se hizo mía.

Todos necesitamos sentir que tenemos algo nuestro, en propiedad. Una canción, un coche, el sitio en el sofá, el mando de la tele, la casa, mi tabaco, mi enfermedad, mi trabajo, mi libro, mi amor. El posesivo lo llevamos hasta la soledad. Mi soledad. Y casi todo es mentira. Mi padre o mi madre, si tienes hermanos nunca son tuyos. Mi coche sí lo pago yo, pero si se sube alguien ya no es mío únicamente. Esto es válido también para la pareja: a tener un Uber en nuestra cama estamos todos expuestos o, si no, que se lo pregunten al inglés del hotel. Mi canción, la mía, la de mi vida, folla conmigo y con cualquiera que le haga caso. Hasta Nietzsche me engañó. Me hizo creer que nada nos pertenece más en propiedad que los sueños. Otra puta mentira de la vida. No puede ser mío algo que tal vez no llegue a vivir. O si lo consigo seguramente sea compartido con alguien, o tal vez me lo roben, o plagien, o destruyan una vez construido. Friedrich se equivocó. Lo único que nos pertenece en propiedad es nuestra soledad. Ella sí que es mía y solo mía. No la comparto con nadie. Hecha a mi medida y la he ido perfeccionando a mi manera, sin sugestiones ni intrusiones ajenas. Con su perfecta proporción de regla áurea y full-equip.

Ayer mientras pensaba en toda esa gente que ha pasado por mi vida y ya ni están ni juegan conmigo, le pregunté si ella algún día también se irá. Me miró, suspiró y respondió preguntándome si alguna vez he hablado de ella a alguien. Mi soledad mola, aunque acostumbre a adueñarse de mí y solo me quiera para ella, así que, para tranquilizarla, le recordé que había jurado que nunca la compartiría con nadie. No dijo nada, y lo entendí.

*La canción es:

[ Los Secretos – Que Solo Estas ]

 

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