No del todo cierto – @LaBernhardt

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La vida se me parará entre las manos y el volante cuando suba al coche. Qué puta, porque fuera sí que pasa, sí.  Pasan las calles. No me miran. Ni yo a ellas. Te miro a ti, a lo que me queda de ti. Estás y ya no. Porque hace 5 horas me has dejado, «No puedo seguir», creo que me has dicho hace otra vida. Creo. El resto: lágrimas y mocos y súplicas. Joder, no, pero sí, porque suplicas hasta que te das cuenta de que al otro lado no hay nadie.

Nada más escucharte, me metí en tu cama, a medio desnudar. Tal cual me pilló la verdad, a medio de todo. Y, en lugar de salir corriendo, me acurruqué en tus brazos. ¿Ves?, ya me ha vuelto a pasar; no es del todo cierto porque ya no eran tus brazos, que no, que ya no estabas allí. ¿Desde hace cuánto tiempo que no eras tú? pero si estabas aquí, amor. Eras tú, yo te veía, te sabía. Desde cuándo no era nada cierto…

¿Desde cuándo?

¿Por qué?

Me he duchado. Y tú, también. Tú, después de mí. Como cuando todo era normal. Y hemos salido del hotel y hacía más frío que nunca porque el mundo ya sabe que tú ya no estás aquí. Ese mismo frío que ayer me hacía reír y decirte: «joder, con la primavera, cómo nos putea con 7 grados». A nosotros. No, que no, que ya no hay «nosotros», que tú ya no eres, estás, conmigo. Pero que yo sí, mierda, que yo sí quiero. O quería. O qué coño sé.

Un café, eso ha sido lo último que hemos compartido, a 800 kms de casa, pero ¿qué casa? No hay casa. Ya, tampoco. Pagas el café y salimos a la verdad de esa vida nueva que ha empezado sin ti conmigo. Sin mí en ti.

Qué cosas; en medio de esta pesadilla, recuerdo que siempre me ha hecho gracia el ruido de las ruedecillas de la maleta sobre la acera. Desafían los sueños; podemos salir de viaje, podemos reírnos del mundo a las 8 de la mañana, «adiós, ciudad, igual no volvemos a vernos». Eso contaba el ruido de las ruedecillas contra cualquier acera de las ciudades que nos han visto vivirlas a ratos. Hoy, lo escuchaba y me decía: «qué tonta eres, este camino acompañada hasta el parking ya lo estás caminando sola».

Me dice una voz que me recuerda a mí que, igual, esto no es verdad. No es del todo cierto que yo sea la buena y tú el malo: eres un buen hombre pero no me quieres. No lo suficiente. Eso es todo. Y te escucho decirme «No hace falta que me lleves a casa; déjame aquí» y yo me rompo un poco más porque yo no dejo a nadie. No dejo ni cuando me han dejado.

-No- te digo- Te llevo a casa.

Cojo el volante, la vida se me para y escucho un «¿estás para conducir?» que no puedo contestar. Silencio. No hablan las lágrimas cuando te rompes fuera de una canción, eso es así.

Centro la vista en la carretera y me acuerdo de todo. Ojalá mis ojos en tus risas. En tu puta manía de llegar nunca. No del todo cierto que esto fuera a pasar, aunque, seguro, ahora todos me dirán: «se veía venir». Pues yo no lo vi llegar, queridos visionarios y amigos.

Miro la autopista, no sé qué resorte me hace seguir conduciendo cuando lo único que quiero es meterme en la cama. Contigo; ya, ahora, antes, ayer. Quiero que sea ayer y no quiero mirarte hoy  y saber que tú ya no estás. Me hablas, no sé qué lloras, me suena a algo parecido a un «perdona, no quería hacerte daño».

Una estación de servicio, salgo del coche, vomito. Lloro. Cuando me incorporo, sólo pienso en algo: me quedan 7 horas contigo. 7 horas de lágrimas o 7 horas de recuerdos hablados. Decido quedarme con lo imposible: despedirme de ti, de todo lo cierto que he conocido y dejar de suplicar a tu fantasma. Me lavo la cara. Hace sol y el mundo sabe a vómito. Vaya tópico y qué real queda hoy aquí.  He decido recordarte en vida y le saco la lengua al reloj que se come el tiempo que me queda de ti. Lloramos. ¿Por qué? y no me puedes contestar. Para qué te lo pregunto. Mejor, me callo. Bueno, no.

-Si te vas de esta manera, júrame que no vas a volver.

–  Te lo juro, me dices.

Y me quedo más tranquila porque sé que de ti me olvidaré, que de amor no se muere nadie y menos yo, que no me trago ese cuento del Felices para siempre y que hoy necesito creer en mi cuento, en el que me has jurado que no vas a volver nunca.

«Duérmete», te digo. Pero tú tampoco quieres dejarme a solas con esta carretera.»A solas ya estás, estarás», debes pensar. No lo dices. Eso, no.

Sí que me susurras lo maravillosa que soy. Lo que te he hecho reír, «nadie me ha cuidado como tú», y me sonríes flojito, como pidiendo perdón por no quererme. No es del todo cierto que seas un capullo. No es del todo cierto que yo me vaya a ahogar de la pena.  Aunque me estás matando, te lo juro, porque todo esto es el adiós de los que se van huyendo. De los que lloran la vida de quien se queda roto, de los que ya tienen una sonrisa en mente y la conciencia llena de gusanos. De la buena gente que comete el «error» de no poder enamorarse de alguien. Y quién no ha sido, en algún momento, el que se va y lo deja todo perdido de llanto, quién no lo ha hecho alguna vez.

-Estoy cumpliendo las fases del duelo en tiempo récord: voy  por la aceptación, te digo.

Nos reímos.

-Deja de ser tan jodidamente perfecta, déjame dejarte. Móntame un número. Hostias, ponme fácil esto, que me estoy ahogando.

Y lloras. Y yo…yo, conduzco porque no entiendo nada. Me acabo de quedar en un «No me quieres» para aceptar que me dejas. No me voy a mover de allí para poder seguir este viaje. No doy gritos. Cuando estoy triste me quedo muda, ¿es que no lo sabes? La tristeza me deja vacía de palabras. No es del todo cierto que el drama sea ostentoso en gritos y desgarros.

«Estoy llorando demasiado y no quiero que me recuerdes así», creo que te he dicho.

Puta vida y putas pelis de amor que me hacen ser dramáticamente digna en esos momentos. Y me saco una sonrisa que es una preciosidad. Y te digo: «vamos a recordar los buenos tiempos; deja de llorar, tonto, que te vas a ir y quiero que tus últimos minutos a mi lado sean geniales».

Y sin embargo, no es del todo cierto que yo sea un hada buena, porque ahora mismo estoy pensado: «Ojalá pudiera meterte una patada en los huevos». Pero no: te veo llorar y te doy un beso.

-Vas a ser feliz, sonrío mientras te acaricio la mejilla.

-Y tú, tú también vas a serlo con alguien que te quiera como te mereces.

Y lloras. Lloras tanto…

No sé qué más, no te escucho. Ya hemos llegado y pienso que no es del todo cierto que sea temerario conducir llorando;  no es más peligroso que cruzarte el país un día de lluvia.

Ahora tengo que aparcar. Bajamos, me abrazas. Vuelves a abrazarme y me rompo porque yo subo al coche y tú no entras. Y te quedas fuera. Qué cosas piensa una cuando le falta el aire conocido: tú fuera, cuando soy yo la que se ha quedado fuera de esta historia…Lloro porque lloras, lloras porque dices que soy la mejor persona que has conocido. Me cago en Dios, entonces, ¿por qué coño me dejas? Lloras porque te espera otra vida. Y en esa vida no estoy yo. Otra vida que hay que empezar, que empuja y que no espera.

– Ay, ¿y qué voy a hacer yo sin tus locuras, sin tus abrazos?

-Vas a vivir, eso es lo que vas a hacer. Nadie se muere sin abrazos. Vas a ser feliz, te lo prometo.

Y ya no sé quién dice qué.

No del todo cierto que quien deja no se rompe tanto o más que roto se queda el abandonado.

No puedo llorar más. Te miro pero ya no te veo. Lloras y te alejas del coche. Y yo, cojones, te sonrío.

-Cuídate.

Ya no lo has oído.

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