No caerle bien a Dios – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

“Esto es trabajo de auténtica precisión” piensa mientras, bajo la luz del flexo, intenta colocar todas las piezas (algunas de ellas, minúsculas) en su pequeña gran obra de arte. Ya casi está lista. Sólo un poco más a la derecha… ya. ¿Funcionará? Está entre emocionado y nervioso.
—Funcionará —dice en voz alta para disipar todas las dudas con la decisión y la firmeza de su voz. Y, también, para que le oiga Dios.
Lo envuelve con delicadeza y lo mete en una mochila con tanto cuidado como si de un jarrón Ming se tratara. Está empapado en sudor, así que decide darse una ducha antes de salir. Se va quitando la ropa por el camino con patente expresión de asco. Es pleno febrero en Nueva York, pero él chorrea como si fuera un agosto cualquiera en Cancún. Abre el grifo del agua fría y, sin pensarlo ni un segundo, se mete bajo el chorro. Ahoga un pequeño gemido por la impresión, pero, rápidamente, su cuerpo se adapta a la temperatura del agua. Siempre ha sido más de invierno que de verano, más de helarse que de achicharrarse, más de frío que de calor.
Más de estar solo. Más de que le dejen en paz.
Sale de la ducha y se dirige desnudo a su habitación. Abre el armario y se viste con la primera ropa cómoda y fresca que encuentra. Después, va a la cocina, se prepara un sándwich, vuelve al sótano, recoge la mochila y sale de casa silbando alegremente.
No tiene que esperar demasiado el autobús porque llega enseguida. Esto le contraria un poco, ya que estamos en lo de siempre: su puñetera buena suerte.
“Eso es que le caes bien a Dios” le han dicho durante toda su vida.
Jonás, es un hombre con buena estrella, como se suele decir. Jamás se ha puesto enfermo, nunca ha sufrido el más mínimo accidente, le ha tocado tres veces la lotería (las tres únicas veces que ha jugado en su vida), nunca le han engañado, cae bien a todo el mundo, jamás ha estado en paro, en todos sus trabajos le han ascendido inmediatamente… Tampoco ha tenido que esperar nunca al autobús. Lo que cualquier ser humano firmaría sin dudar.
Cualquiera, salvo Jonás, porque a él lo que le gusta es que le dejen en paz. Y es que su buena suerte no le afecta solo a él, sino también a quien tenga cerca. Su buena suerte es contagiosa como una mala enfermedad, por tanto, Jonás no consigue quedarse solo. Tal vez cuando va al baño y apenas el tiempo justo para dormir y, por la mañana, volver a empezar.
Jonás está harto. Harto de que la gente siempre pulule a su alrededor como un enjambre de sonrisas interesadas que le frotan boletos de lotería en su tupida cabellera (porque claro, un hombre que cae tan bien a Dios, no puede quedarse calvo). Está hasta los cojones de que le pidan que mande un currículum a ésta u otra empresa para conseguir un puesto de trabajo para el cual, quizá, ese patán no está cualificado. Hasta el gorro de que mujeres que no pueden quedarse embarazadas le digan que les sobe el abdomen para ver si los poderes divinos hacen efecto en su estéril vientre e, incluso, un par de veces, llegar a proponerle mantener sexo con ellas para asegurar el éxito de tan peliaguda empresa mientras sus calvos maridos de sonrisa pusilánime miran como bobos.
Jonás solo quiere que le dejen en paz, no quiere caerle bien a Dios, no quiere más trabajos con cargos de gran responsabilidad que, si bien no van a dejarle calvo por el estrés, sí le impiden estar solo. No quiere amigos de la suerte, ya ni siquiera los quiere de los de verdad. Sólo quiere que le dejen descansar. No más fiestas, ni más sonrisas, ni propuestas para tríos ni orgías, ni premios de cruceros por las islas Griegas donde no se puede disfrutar de la soledad.
Y con esos pensamientos en la cabeza, Jonás baja del autobús delante de la Grand Central Terminal. Cruza la calle con una gran sonrisa en los labios. Sonríe porque está feliz, porque está seguro de que hoy todo su suplicio terminará, de que Dios al fin se fijará en otro que quizás lo pueda apreciar más.
Es hora punta cuando atraviesa la gran entrada principal, se dirige a las taquillas y, con sonrisa enloquecida, coloca la bomba que acaba de fabricar en una de ellas con una única idea en la mente: caerle lo peor posible a Dios.

 

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