Ninguna gracia – @DonCorleoneLaws

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Me llamaba cariñosamente “Felipe” porque decía que, para él, yo era tan guapo como el Príncipe.

Cuenta mi madre con una enorme emoción en sus ojos que, cuando escucha el himno eucarístico “Cantemos al amor de los amores”, siempre recuerda a su padre -siendo una niña- vestido con un traje azul marino y corbata oscura, pelo acicalado con fijador y gesto reflexivo, acompañando –farol en mano- al antiguo viático que recorría las calles del céntrico barrio granadino del Boquerón.

Salía de la colegiata de San Justo y Pastor en una calesa que cedían unos adinerados vecinos de la calle Duquesa para que el sacramento llegara a los enfermos impedidos de la feligresía en aquel domingo de la Santísima Trinidad que precedía a las festividades del Corpus Christi granadino.

Eran los años de la posguerra: de las farolas de gas, de llamar a palmadas al sereno cuando no se encontraba el llavero, del traqueteo del tranvía silbando por los raíles, de fuentes congeladas en el alba por la falta de polución, de veraniegos polos de hielo en barra con colorantes a granel, de castañeras con mandil en las esquinas y conchas de ensaladilla en el Café Bar «Suizo» los domingos de paseo.

Siempre se enternece hablando de su padre aunque pasen inevitablemente los años por su ausencia y por nuestra existencia. Hace unos días contamos ya por veintiséis los que falta a nuestro lado y, a veces, cuando la vida me pega un revés y recuerdo los buenos consejos que me daba siendo un niño, yo también lo tengo presente como si fuera ayer mismo cuando cerró los ojos.

Fue un frío día de febrero.

Hacía ya bastante tiempo que había dejado de ser él. El Alzheimer le fue borrando poco a poco los recuerdos y con ellos se difuminaron nuestras caras. Al principio fue simplemente no recordar lo que había comido ese día. Luego comenzó a olvidarse de lo que tenía que comprar al llegar a la puerta de aquel tradicional ultramarino de la calle Elvira. Después perdió en su vacío los relatos de aquella Semana Santa íntima y recoleta que tanto le gustaba contarme. Más tarde dejó de reconocer a quienes daban muletazos en redondo por la 1 de TVE, a quien presentaba el 1,2,3 y al hombre que solía contarle el pronóstico del tiempo para el día siguiente…

Así se le fue blanqueando la mente bajo la dolorosa mirada de quienes le queríamos, hasta que se le agarrotaron los músculos y olvidó cómo debía moverse. Me gustaba afeitarlo en su silla de ruedas, junto al lavabo de aquel baño antiguo de azulejos verdosos que siempre olía a colonia fresca. Le acariciaba con suavidad la barbilla con una brocha de pelo largo y pasaba la cuchilla por ella con una delicadeza que, sin poder agradecerme con palabras, le arrancaba una dulce y melancólica media sonrisa.

Aquel día de febrero fuimos a verlo por la tarde, como cada jornada. Ya lo había visitado el médico por la mañana y dijo que podría ser su último atardecer. Se fue poniendo el sol y llegó también la monjita que se quedaba junto a él a pasar la noche: una mujer prudente, abnegada, dulce, y con un amor difícil de igualar hacia un anciano que no era pariente suyo. Qué poco reconocida está la caridad cristiana con los enfermos…

La familia hablaba en un corrillo en la sala de estar. Él yacía tranquilo en la cama de su habitación, al fondo de un largo pasillo que casi siempre permanecía en penumbra y que, de muy pequeño, me causaba bastante impresión. Y no sé lo que se me cruzó por la mente, pero decidí abandonar la conversación y adentrarme sigilosamente por aquel estrecho túnel que separaba en aquella casa la salud de la enfermedad.

Tenía encendida la lámpara de su mesita de noche. El cabecero era ampuloso, niquelado de una sola pieza, y sobre una de las patas, iluminado por el filamento ardiente de la bombilla destacaba discretamente el viejo pavonado de una medalla del sevillano Jesús del Gran Poder a la que siempre le rezaba antes de dormir. Cogí una silla, la acerqué sin hacer ruido y me senté a su lado. La delicadeza de su estado nos hacía siempre observarle el pecho para ver si vibraba o no con la entrada de aire. Noté que aún se movía con lentitud mientras sus ojos permanecían cerrados y le cogí suavemente la mano.

Miré con tristeza aquel dorso huesudo en el que los suaves pellejos de donde un día hubo carne hacían unas pequeñas hondas de vejez que me gustaba acariciar. Una vez más pasé mi dedo por ellos y él destapó lentamente sus ojos. Le brillaron al mirarme. Sin esperar nada a cambio, le dije: “hola abuelo, ¿sabes quién soy?”, y con una sorprendente certeza volví a escuchar su voz casi olvidada desde hacía un año para decirme en un hilo de sonido: “Felipe”

Aún boquiabierto, sentí que se me inundaban los ojos y me incliné a besarle la frente susurrándole un “te quiero mucho”. Corrí pasillo atrás como si fuera a ganar una medalla. Esa vez se me hizo muy corto. Y al entrar en la sala diciendo que me había reconocido, mi madre -parsimoniosamente- me cogió de la mano para desandar nuevamente el camino.

Al entrar otra vez en el dormitorio ya no le vibraba el pecho a Joaquín: a mi buen Joaquín, a mi cabal Joaquín, a mi eterno y amado Joaquín.

Consumida de pena y sentada en la silla que yo había situado junto a él, rezaba mi madre cogida de su mano mientras me salí a llorar en silencio a la ventana que iluminó siempre sus amaneceres desde la Cuesta de la Alhacaba, diciéndole muy bajito pero con mucha rabia a la muerte: “Jódete hija de puta. Te lo has llevado contigo, pero me ha reconocido”. Ese doloroso pulso al olvido al final lo gané yo.

-A mi abuelo-

P.D: En ocasiones debatimos sobre los límites del humor. Yo creo que están en la intolerancia, en la ofensa gratuita e innecesaria, y en la ignorancia del dolor ajeno. Esta es una historia real, por eso a mí, los chistes sobre enfermedades que acaban en despedidas nunca me han hecho NINGUNA GRACIA.

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