Ni conmigo ni sin mí – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

“Adiós, mi vida”, le dice mientras le besa, intentando no llorar, abrazándole tan fuerte como si no le fuera a ver nunca más porque, esta vez, seguramente así sea. De repente él emite un quejido “Quita, mamá” y se aparta de sus brazos dirigiéndose corriendo al interior de la escuela con sus compañeros. “Hoy vendrá a recogerle su padre”, le dice a la profesora, y echa a andar hacia el final de la calle sin dejar de pensar en lo mucho que le va a echar de menos.

Se registra en la recepción y, nada más entrar en la habitación, se sienta en la cama y echa un vistazo a la decoración anodina que le rodea. Saca un bote de pastillas de su bolso y lo deja en la mesilla. Camina hacia el baño, llena un vaso de agua, coge una pastilla y se la traga echando la cabeza hacia atrás. Al lado de la televisión hay una hoja con el logotipo del hotel y un bolígrafo, para que los huéspedes pongan sus opiniones sobre su estancia antes de irse. Los coge y comienza a escribir:

Querido hijo,

Te quiero. Aunque quizá, cuando leas esto, estas palabras te suenen vacías.

Llevo demasiado tiempo sintiéndome triste, notando un vacío en mi interior que me impide sonreír, fantaseando con desaparecer… Soy consciente de que, tal y como estoy, jamás podrás ser feliz conmigo y, aunque también sé que te costará serlo sin mí, creo que será mejor para ti.

Me siento encerrada en una vida que yo he elegido pero que me asfixia y de la que no sé cómo salir. He intentado ser una buena madre, te juro que lo he intentado, pero no puedo. Al igual que tampoco puedo ser la esposa y la ama de casa que tu padre quiere que sea. Reconozco que es un buen hombre, y estoy segura de que cuidará estupendamente de ti, por eso me voy tranquila, porque sé que te dejo en buenas manos. Pero en mi estado solo sería un obstáculo.

Lo siento muchísimo por ti, hijo mío, de verdad que lo siento. Pase lo que pase, cariño, tú no tienes la culpa de nada, que te quede claro, no quiero que pienses eso. La única culpable soy yo, y yo misma soy la única que puede ponerle solución a todo esto.

Se detiene en ese punto. Unas lágrimas resbalan por sus mejillas y, mientras se las seca, se levanta y camina hacia la ventana. La abre de par en par y mira hacia abajo, en dirección a la calle llena de gente andando deprisa, absorta en sus pensamientos. Una suave brisa le acaricia la cara. Huele a asfalto mojado, al humo de los coches, pero también huele a sueños por realizar, a vida por vivir. Enciende un cigarrillo, vuelve a la cama y continúa escribiendo:

Pero no quiero morir… Tal vez lo fácil sería eso, pero lo siento, no quiero morir. Aunque tampoco quiero seguir viviendo así.

Sé que lo que voy a hacer es peor que matarme. Que todo el mundo me juzgará, y que tú me odiarás. Lo asumo. Pero aun así, querido hijo, he elegido vivir. Me he elegido a mí. Y aunque por ahora te cueste entenderlo: hay miles de cosas importantes en la vida, pero lo más importante para cada uno debe ser uno mismo. Algún día espero que lo comprendas y que puedas perdonarme.

Mientras tanto, nunca olvides que te quiero y que, aunque no lo creas, siempre te querré.

Tu madre.

Deja la carta sobre la cama, apaga el cigarrillo en el cenicero y se dirige hacia la salida. Deja las llaves en recepción y, sin mirar atrás, sale por la puerta. “Y, ahora ¿qué?” –piensa- y, por fin, como hacía mucho tiempo que no le pasaba, se siente libre.

 

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