Nada – @soy_tumusa

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Cuando alguien quiere a alguien lo hace a bocajarro, con las venas abiertas para que fluya, con el corazón en un puño, admirándolo, sincerando, deseándolo, porque no hay nada más hermoso que dar por amor, se da el tiempo que se tiene, se da también el que no se tiene, se da la risa, se da el brillo, se da todo corriendo el riesgo de recibir menos o de quedarte sin nada.

Así se quedaron mis manos, vacías, mientras las sostenía sobre mis rodillas y  pensando que ojala se hubiera parado el tiempo mientras le abrazaba, mientras le tocaba porque ya ni si quiera tenía la certeza de cuándo lo volvería hacer. Aquella mañana  sentenció mi vida, la ira y la rabia  me apresaban como una camisa de fuerza, la respiración era incapaz de salir por el hueco de mi garganta porque sólo quería gritar pero me ahogaba, la verdad es que sólo quería morirme con pensar que me partían por la mitad y me arrancaban cuatro “añitos” de felicidad. Nunca nada me había dolido tanto, jamás, estaba sangrando por dentro a borbotones y me temía que jamás iba a parar de brotar, era un dolor tan profundo que me hubiera atravesado el corazón con la hoja de un cuchillo para ponerle fin, para parar su intensidad, pero no iba a darles ese gusto. No, mientras un halo de cordura y de fuerza me quedara en mis entrañas para seguir luchando por lo que amo.

Mis manos vacías acariciaban su pared como si en  el tacto del papel pintado encontrara algún rastro de su presencia, acariciar y oler su ropa me salvaban por unos momentos hasta que sus recuerdos inundaban mis ojos de lágrimas y de un portazo, cerraba su armario con ese encantador olor a inocencia y  frescor. Mis manos llenas de nada, abrazaban cada uno de sus muñecos de trapo porque su suavidad me recordaba a la de su pelo, a la de su piel y así me pasaba largas horas al día, porque el tiempo dejó de importarme, porque quería no olvidar ni por un segundo cada uno de los olores, recuerdos, sensaciones e imágenes que tenía de él, porque ya era lo único que me quedaba, me habían dejado vacía, seca y sin mi otra mitad.  Las malas madres somos aquellas que  no acatamos las normas, que no pasamos por el aro, las que luchamos contra viento y marea, las que vivimos al día y sentimos, somos las que sufrimos la crucifixión del resto por no hablar de lo maravilloso de la maternidad delante de una taza de café y preferimos hablar de cosas banales, por sentir la pesada carga a nuestras espaldas y decirlo, somos las realistas, las que hablamos claro, las que nos da asco cambiar el pañal y las que necesitamos un respiro de vez en cuando, y lo decimos, entonces somos lo peor , no pertenecemos a ningún club selecto y encima nos agotan los niños y lo decimos, nos cambia la vida y lo decimos, nos juzgan y aún así no nos bajamos del burro, porque lo que no es de color de rosa, lo vemos con otras tonalidades y no nos importa decirlo, mala madre eres por ser sufridora y no aparentar que todo es maravilloso, pero amamos igual que las demás, con el alma, con las entrañas con el corazón a los hijos, porque a querer no nos gana nadie.

Nada, así es mi vida ahora, desorientada, como un pollo sin cabeza me muevo o me arrastro, de lo único que me arrepiento es de no haber  amado aún más si cabe o haberle dedicado mil minutos más de los que le dedicaba, no me arrepiento de sentir, de decir ya no más, de dar portazo y salir corriendo cuando no se me valoró, de rechazar a quien no confió en mí y de dar la espalda y huir de los que me juzgaban. Me considero mala madre desde el minuto uno, cuando me lo pusieron encima y pensé, “¿ahora qué?”, me considero mala madre por sobrevivir al día a día, por no planear mi vida en torno a él, por dejarme llevar y jugar cuando me apetecía, no darle lecciones de vida, por dedicarme unos minutos a mi al día, por hacerle cosquillas hasta quedar exhaustos, por pisar los charcos y llenarnos la ropa de barro sin importar las consecuencias, por contar los cuentos que a mí me daba la gana, por ser como soy con él y no fingir, por eso y jugármela a todo o nada me sentenciaron. Ahora vago por la casa intentando escuchar ruido donde hay silencio, ordeno una habitación que ya dejó de estar desordenada hace tiempo, cuelgo y doblo una ropa que apenas usa y vivo pendiente , mi vida entera, vive pendiente de unas pocas horas a la semana donde nuestras manos sin nada, se abrazan durante cinco largas horas, donde no nos apetece hacer nada más que mirarnos y tocarnos y salir corriendo a pisar charcos, a descubrir un nuevo brillo en sus ojos a olerle su suave pelo o simplemente oírle decir mamá”.

 

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