El mundo al revés – @GraceKlimt

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“…mi vida no hay derecho a salir
con miedo a la calle…”

-Ismael Serrano-


Asustada. Incrédula. Impresionada. Sobrepasada. Alucinada. Aterrada. Enfadada. Rabiosa. Indignada. Asqueada. Triste.

Puedo seguir, si queréis. Podéis seguir conmigo, seguro que sabéis de lo que hablo.

Atropello. Furgoneta. Sangre. Heridos. Víctimas. Noticias. Periódicos. Prensa. Ataque. Terrorismo. Muertos. Barcelona.

Ataque.
Terrorismo.
Muertos.
Ataque.
Terrorismo.
Muertos.

Miedo.
Miedo.
Miedo.
MIEDO.

No sé qué coño será lo que mueve el mundo, pero cada día que pasa, cada puto día que pasa, estoy más segura de que es el miedo el que lo paraliza.

No sé qué hicisteis vosotros. Ni siquiera sé muy bien qué hice yo. Casi llorar. Casi. Os lo juro. No llegué a llorar del todo. Tenía que trabajar, y salir corriendo a por los niños, y las prisas, y la vida, que sigue, como si no pasara nada, como si no pasara todo. Y el pánico. El puto pánico que me atenaza y es como si me hiciese un nudo doble justo en la salida del lagrimal, y entonces no me deja llorar. Y se me pudren dentro las lágrimas que quieren salir a borbotones pero no pueden. Y joder, cómo duele. Creo que a eso le llamaron angustia. Me parece un nombre perfecto. Angustia, mala puta, suelta el nudo. Necesito desahogarme.

Qué hijos de puta. Sí. Yo también dije algo así. Algo así no, lo dije, con todas sus letras, toditas todas, y en mayúsculas, que siempre han tenido más fuerza. Lo sentía. Era lo que sentía. Lo que sentí. Y lo que siento aún. Que esos animales, —pobres animales, qué culpa tienen los animales que siempre los usamos para insultar a quienes no les llegan ni a la suela de la pezuña—, esos inhumanos, esos desalmados, porque ni tienen humanidad ni tienen alma, son unos hijos de puta. Les deseé lo mismo que sembraron. Aún se lo deseo. Porque siempre me enseñaron que lo que siembras, recoges, y para ellos tiene que ser igual. No acepto otra cosa. No me da la gana.

Abracé a mi pequeña intocable.
Sí, lo sé.
Tardé casi un día en hacerlo.
Lo reconozco.
Llevaba haciéndolo desde el segundo cero, sólo que mis brazos estaban tan rígidos que no supieron reaccionar tal vez tan rápido como debieran. Pero abrazaban. Lo prometo. Lo prometo. Lo juro. Me convertí en casa y hogar y escondite y refugio antibalas y guarida y cualquier cosa que hiciese falta. Y también en manta vieja y sofá mullido para que ella se acomodase y poder cobijarla y besarle las lágrimas ardientes en la distancia. Y que así se sintiese un poquito a salvo nada más. Pero un poquito a salvo.

Y la Yihad. Y la religión. Y que si Dios. Y que si Alá. Y que si el turismo. Y que si los refugiados. Y que si moros. Y que si musulmanes. Y que si racismo. Y que si locura. Y el catalán. Y los idiomas. Y las fotos. Y los vídeos. Y la demagogia. Y el negocio. Y el asco. Siempre el asco. Todo el asco.

Indecencia.
Indecencia.
Indecencia.
Y más miedo.

Miedo.
Miedo.
Miedo.
MIEDO.

Que me cuides, barbitas. Que me cuides. Que me cuides. Que me cuides. Que me cuides, joder. Que me cuides de una puta vez. Que me cuides ya. Lo grité, creo. Sí, lo grité, lo grité tanto que retumbó en mi cabeza casi a punto de explotar el cráneo. Creo que grité hacia dentro. Y digo creo por decir. Desde luego que sí, grité sin voz. En silencio. Eso siempre se me ha dado de puta madre. Lo de ser, o más bien, parecer fuerte. Y gritar sin que se note. Hasta quedarme ronca. Hasta que se me secan las entrañas.

Igual por eso me duele la tripa tanto. O por el gin tonic, también. El que me serví después de un par de cervezas y dos copas de vino tinto. Míralo, ahí está, con su limón que me susurra escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe ya. No va a servir de nada, pero yo qué sé, sólo soy una copa de ginebra. A mí qué coño me cuentas. Hazlo.

Y lo hice. Lo estoy haciendo. Me salvo un poco. Y levanté la cabeza. Con miedo. Claro que sí. Con mucho miedo. Pero con todas las ganas. Ganas de seguir. De continuar. De luchar. De no dejarnos vencer. De abrazar a toda una ciudad. De enseñar las uñas, y también morder. Con rabia. Con fuerza. Clavando los dientes. Desgarrando. ¿Cómo los valientes? Yo qué sé, o como los cobardes. Pero vivir. Aún en este mundo absurdo. Aún en este mundo al revés.

Y no, no vamos a salir sin miedo a la calle.
Pero sí, sí vamos a salir.
Con dos cojones.

 

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