Morir cada mañana – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

El despertar es pesado. Sí, lo admito. Se aletarga el espacio entre el abrir los ojos y abrazar el elixir que despierta las neuronas con aroma de cómplice matutino. Soy un cliché, lo sé. Pero nada puedo hacer al respecto. Necesito el café en mis venas, el humo del cigarrillo, el aroma a viejo que se va por las cañerías cuando lavo la cara de mi nueva mañana al despertar. La rutina se ha vuelto cansada y cotidiana. Veo su silueta mirarme desde la cama. Recordándome de una presencia que ya no existe desde hace varios años, figura espectral de un fantasma que ha cansado de hacerse presente y se desvanece en mis sueños, tras cada despertar. Ya me he acostumbrado.  Mis perros lloran miserablemente. Porque es de día y necesitan orinar, y yo me tropiezo contra los muebles de la recámara para apresurarme a dejarlos salir antes de que transformen mi mañana en una cubeta de cloro, trapeador y miados. Nadie quiere despertar así. Es el único momento del día que los odio. Pero en honor a la verdad, odio casi todo en las mañanas antes del café. Despertarme entre sábanas solitarias que recuerdan amores de espuma que no han de volver. Ya incluso las mismas sábanas olvidaron su aroma. Despertar enredado en mis miserias, con ganas de más, asqueado de todo, pero llorando vida que ya no vibra en mí. Extraño el sexo. Y a ella. Quizás solo a ella. O el sexo. Ya no lo sé. En las mañanas es siempre peor. Me arrastro en la pesadilla y con algunos golpes en las espinillas y en los dedos de los pies, por el maldito aparato de ejercicios que nunca uso y sirve de perchero en mi cuarto, mojo mi cara ante el espejo y trato de ver. El viejo que me mira desde allí ha tenido mejores días. Cada día tengo la piel un poco más arrugada, de manera imperceptible, pero yo lo veo, cada día la mirada es más borrosa y el diagnóstico más aterrador: envejezco.

Tras lavarme un poco, las cosas mejoran, no demasiado pero lo suficiente para que mi humor se ilumine un poco ante la promesa del café. Los perros ya están satisfechos tras su paseo al patio trasero, les sirvo su alimento y vuelven a simpatizarme mientras lleno la cafetera, carraspeo y pesco un cigarro y el encendedor. El legajo de papeles en blanco me esperan en el desayunador, es la vieja novela que no acabo de pulir. No la acabaré nunca. La he re-escrito varias veces y ella, mi ella, la fantasmagórica figura que me acecha en los sueños y los recuerdos, se niega a vivir. Y yo… cada día tengo menos fuerza para, con todo mi amor, asesinarla de nuevo. “Quizás hoy sea el día” – pienso esperanzado.

Con el café ya listo y humeante en mi mano, el cigarrillo iluminado en el cenicero, me siento triunfante ante la computadora, y ataco frenéticamente el teclado, una vez más.

 

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