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Monstruoso – @Imposibleolvido + @IAlterego84

Olvido @IAlterego84, @Imposibleolvido, krakens y sirenas, Perspectivas

La cosa parece sacada de una película de sobremesa de estas con tintes policíacos. Un fiambre en el suelo. Un charco de sangre. Mantas fúnebres. Sirenas derramándose sobre el asfalto empapado. Agentes de gesto serio. Carreras de un lado para otro. Termos de café cambiando de mano y los sabuesos rastreando pruebas. Quejas, la lluvia ha borrado la inmensa mayoría, y el lugar tampoco ayuda mucho a tener demasiadas esperanzas de encontrar las pocas que pudieran quedar. El parking de unos grandes almacenes abandonados no es el lugar ideal para encontrar una pista que les conduzca a dar con el asesino. De hecho, salvo condones, colillas, bolsas de comida rápida y demás basura, tampoco es que haya mucho más que encontrar.
Y para terminar de arreglar el asunto, la prensa no se hace esperar. El oficial al mando frunce el ceño, pasándose una mano por el pelo empapado y suspira con resignación. Ya sabe lo que está por venir. Preguntas por parte de los plumillas y flashes. O lo que es lo mismo, sensación de frustración y estar viendo destellos durante un rato una vez que los chicos hayan podido dispersar a esos cabrones de ojeras y dedos manchados de tinta.

 

2 horas antes.

El limpiaparabrisas rechina con cada vaivén sobre el cristal. Hace tiempo que debería haber cambiado las gomas a las varillas. Cae la ceniza del cigarro sobre el pantalón y no hace ni el intento de limpiarse. 21:07 en el reloj digital del cuadro de mandos. Acelera mientras Iggy Pop pone la banda sonora a su búsqueda de víctima… “I’m a real wild one and I like a wild fun In a world gone crazy, everything seems hazy, I’m a wild one” Sale de la segunda rotonda del polígono industrial sur y la ve, aminora la marcha, rubia, alta, delgada, fuma despreocupada bajo un paraguas gris que se mimetiza con el marco que la rodea, abrigo gris, botas grises, activa el intermitente y frena junto a ella.

— Sube. No me mojes el asiento con el paraguas. Vete desnudando.— Se incorpora de nuevo a la circulación camino del antiguo centro comercial abandonado. La mira de reojo, ojos grandes, demasiado maquillaje, boca de labios gruesos, nota su polla endurecerse bajo el tejido del pantalón, baja la mirada, pechos pequeños y blancos, estrías en el vientre, bragas baratas de algodón, sube de nuevo la vista a la boca, sí va a ser su boca. Aparca justo en la entrada de mercaderías, al principio de la rampa, echa el freno de mano y saca la polla del pantalón, sin mediar palabra la agarra de la nuca y la baja hacia su miembro, la mueve a su antojo hasta notar como encaja en su garganta el glande, la mantiene ahí hasta que ella empieza a cabecear buscando aire, la aprieta aun más contra él y eyacula. Mira el reloj, dos minutos. Dos putos minutos desde que paró el vehículo, se indigna el con él mismo apartando a la chica y le cruza la cara con el dorso de la mano. Baja del coche, le abre la puerta y la lleva rampa abajo, desnuda bajo la lluvia mientras acaricia la culata de su colt 45. Una puta menos. Sonríe.

 

Más tarde.

En comisaría. Mentones sin afeitar y ojeras. Regusto a alquitrán en la garganta y acidez de estómago. Una noche de excesos en la escena del crimen. Y ahora toca empezar a encajar las piezas del rompecabezas que tienen entre manos. Pruebas, no hay muchas a las que agarrarse. Un orifico de bala en la frente. Lo que apunta a algo personal. Y restos de semen en la boca de la víctima. Faltan las pruebas de ADN, pero todos los que están en la sala de reuniones, se jugarían el sueldo de un año a que va a ser el mismo que en los otros tres casos.
La situación es desesperante. Los patrones psicológicos apuntan a un hombre con problemas de ira y ciertos desordenes emocionales graves. En pocas palabras: no tienen nada. Están persiguiendo a un fantasma.
La puerta de la habitación se abre. Entra un tipo gris, de mirada huidiza, con una carpeta debajo del brazo: los resultados preliminares de los de criminalística. Y a juzgar por la manera en que arrastra los pies por el suelo, el tipo que acaba de hacer acto de presencia, no son muy esperanzadoras. Toca seguir trabajando.

 

— Hola cariño, ¡qué bien que llegaste! ¿Puedes vigilar a los niños? Tengo la cena en el fuego.

— ¡Papá, papá, papá!— Clara salta a los brazos de su padre que se abren invitadores.

— Hola mi pequeña florecita, ¿dónde está Juanito?

— Está dentro de su parque, papi.— Rodrigo se encamina hacia el salón con Clara en brazos, sin ni siquiera haberse dignado a besarla al entrar. Julia se seca las manos en el delantal, niega con la cabeza para espantar esos pensamientos y se vuelve hacia la cocina: “viene de trabajar, traerá la cabeza llena de cosas, seguro que ni se ha dado cuenta de que no me ha besado”

La cena trascurre entre regañinas a los niños, el eco de los informativos y los gruñidos secos de Rodrigo. Julia le pregunta sobre el nuevo asesinato que sale en la televisión y por respuesta un encogimiento de hombros. Julia acuesta a los niños y recoge la cocina y el salón. Cuando llega a la ducha está tan cansada que sólo pensar en meterse en la cama junto a su marido le provoca un estremecimiento por todo el cuerpo. ¿Qué nueva perversión le pedirá esta vez?

— ¡Julia! ¿Qué coño estás haciendo que tardas tanto?— Julia termina de secarse con prisas, se perfuma, se asegura de que el vello púbico siga bien rasurado para que no vuelva a regañarla y sale del baño con una triste y ensayada sonrisa. 

 

El caso de las prostitutas asesinadas sigue siendo un quebradero de cabeza. El inspector que lleva el caso hace días que ha perdido la cuenta de las teorías que ha ido desgranando en su cabeza. Los resultados de laboratorio son los que son: mismo patrón de ADN y poco más. No sabe a qué o a quién se enfrenta, y eso es algo que se le atraganta.
Molesto, da un sorbo a la taza de café frío que tiene delante, junto al dossier con las fotografías del caso. Sabe que no va a descubrir nada que no haya visto antes, pero aún así, siente como si una fuerza oculta le obligara a seguir mirando esos cuerpos fríos y amoratados. Lo único que cambia es el fondo. En las primeras, lo que rodea a cada cadáver es el lugar donde fueron encontrados. Asfalto, charcos, restos de basura y las cartulinas que numeran las pruebas. En las segundas, una mesa fría de metal y junto a ella el material empleado por el forense. Nada más.
De manera inconsciente, palmea sobre el tablero de la mesa, buscando el tabaco y el mechero. Necesita salir a que le dé el aire y romper con la monotonía de las horas que lleva allí sentado a la espera de encontrar un hilo del que tirar y que no encuentra. Aunque en esta ocasión, hay algo que ha pasado por alto hasta ese momento y que siempre ha estado allí. En la sien derecha de una de las víctimas. Lo había leído en el informe del forense, pero en su momento le restó importancia. Hasta ahora…

 

Julia se limpia con un algodón empapado en alcohol el golpe que lleva en la sien, al presionar para quitar la sangre acumulada bajo la piel puede apreciar el dibujo del sello de su marido. 
Se mira al espejo sin poder evitar las lágrimas, silenciosamente abre el agua del grifo para que los niños no puedan oirla. 
Rodrigo se enciende un cigarro y se limpia despreocupadamente los restos de semen con el pico de la sábana. La ceniza cae sobre su pecho, ni se inmuta. Cuando Julia vuelve a la cama Rodrigo ya duerme

 

— ¿Quería algo, inspector?— dice Rodrigo al entrar en el despacho.

La llamada le ha cogido por sorpresa. Tenía previsto pasar el día haciendo papeleo y esperar a que llegara la hora de irse a casa. La conversación que dejó a medias con Julia aún retumba en su cabeza. Tanto como el puñetazo que le dio, piensa sin poder evitar una sonrisa. Y la cosa no va a quedar así.

— Pase, pase. Por favor.

Extrañado, hace lo que le mandan. Llega junto al escritorio y enlaza las manos a la altura de los riñones, esperando a recibir órdenes. El inspector le mira unos segundos, aguantándole la mirada de una manera que hace la sangre se le hiele en las venas. Siente la boca seca. De pronto, una bofetada de calor le sacude. El corazón le late con fuerza en el pecho y no sabe por qué. El aire empieza a resultar irrespirable allí dentro y el silencio que le rodea tampoco ayuda a aliviar la tensión.
A su espalda hay movimiento. Sin saber de dónde, una capucha negra le cubre la cabeza. Ahora sí que rompe a sudar. Un culatazo en los riñones hace que las piernas le tiemblen. La voz de su mujer le llega con total nitidez.

— Sí, inspector. Hizo lo que me hizo. Le provoqué. Me pegó. Dígale al forense que haga las fotografías rápido, tengo que volver al trabajo.

Perra, murmura, apretando los dientes.
El clac, clac metálico de las esposas precede al dolor en los hombros.

— No va a ser necesario que el forense haga nada. Julia, has sufrido un verdadero infierno. No tienes nada de qué preocuparte…

No termina la frase, dejándola en el aire. La puerta se abre y el ruido de pasos se aleja. En el despacho sólo quedan el inspector y su presa.

— Por favor, no me hagas nada— lloriquea Rodrigo.— Tengo hijos, ya lo sabes. Podemos llegar a un acuerdo…
— Tranquilo, ni a tus hijos ni a tu mujer les va a faltar nada. Una pensión de huérfanos y otra de viudedad .Es lo mejor que puedes hacer. Ahora, tú y yo vamos a dar una vuelta y yo que tú la disfrutaría. Algo me dice que , al igual que hiciste con esas pobres chicas, éste va a ser el último viaje que vas a hacer en coche…

 

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