Molotov – @candid_albicans

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Kilómetro 0

Me estoy vistiendo para acudir a una cita con un desconocido. De él solamente sé su nombre, su edad y a qué se dedica (eso contando con que me haya dicho la verdad, que no las tengo todas conmigo). Lo conocí a través de una red social para ligar. El hecho de pensarlo me da risa y pavor a partes iguales, porque no soy nada amiga de las redes sociales, ni de buscar ligues por Internet, ni de relacionarme socialmente, por muy contradictorio que parezca. De lo que sí soy muy amiga es de responder a lo bestia a provocaciones. Y esta es una respuesta a un ‘Ya-no-eres-una-mujer-atractiva-pero-aún-te-quiero’ en toda regla. A lo que íbamos: es un chico bastante guapo. Pelo castaño, ojos claros, bonita sonrisa (una vez más, contando con que él sea el de la foto y no algún amigo, o la haya sacado de internet). Aunque hayamos hablado poco parece culto y educado, cosa que por lo que he podido comprobar, no abunda en este mundo del ligoteo virtual.

Como prenda indispensable para el evento escojo un conjunto de lencería super sexy que me regaló el cretino de mi marido y que me hace unas tetas de locura. Por fin he encontrado la ocasión perfecta para estrenarlo. No creo que le importe, al desgraciado. Ya se sabe: ojos que no ven… cuerpazo que no te follas, por imbécil. Ahora lo disfrutará otro. O no. Confiemos. Unas gotas de perfume, un vestido casual con escotazo, y andando.

Hemos quedado convenientemente en la cafetería del hotel de un pueblo a medio camino entre su casa y la mía. Tengo 180 kms por delante para escuchar música en el coche, montarme en la cabeza películas de cualquier género e incluso arrepentirme. A medida que avanzo lo del arrepentimiento lo voy descartando; más que nada porque el peaje ya está pagado y ahora es un coñazo dar la vuelta, así que las películas de género negro, terror y porno se van alternando en mi cabeza. Porque si lo pienso bien, no sé nada de él. ¿Y si es un asesino, un ex convicto o un yonki dispuesto a darme el palo a la primera que nos encontremos a solas? Cara de yonki por lo menos en la foto no tiene. Descarto esa idea. Pasemos a la película porno mejor, donde el chico me arranca las bragas con los dientes, me come el coño como si no hubiera otro en el mundo, y después me droga para extirparme los riñones y luego arrojarme hecha pedazos en una zanja. Pero joder, ¿qué memeces estoy pensando? Resoplo, subo la música y canto para distraerme. No le he dicho que estoy casada, no sé si eso hubiera aportado un extra de morbo o por el contrario lo habría espantado. Sea como sea, creo que me dejaré puesta la alianza. Me será útil para fingir el papel de esposa arrepentida y salir por patas, en el caso de que esta haya sido la peor idea de mi vida.

 

Kilómetro 180

Echo un último vistazo a su foto y entro. La cafetería está abarrotada de gente y de pronto me siento insegura. ¿Y si no ha venido? ¿Y si se ha arrepentido, o todo ha sido una broma de mal gusto? Una voz masculina pronuncia mi nombre en un tono jovial e interrogativo a mis espaldas y no puedo evitar dar un respingo mientras me giro. Es el chico de la foto, que se acerca rápidamente a mí armado con una sonrisa de impresión. Dos besos, más sonrisas, el cómo estás de rigor, y un par de cafés. Comenzamos hablando de banalidades para romper el hielo. Que a ver cuándo para de llover, que vaya cantidad de rotondas mal señalizadas que hay en este pueblo, bla, bla, bla. Y a mí qué me importan las rotondas y el pueblo, la bendita lluvia y la madre que la parió, si en lo único que puedo pensar es en esos labios que no sé por qué no estoy mordiendo ya.

Mis manos juguetean nerviosas, girando la alianza entre mis dedos por debajo de la mesa, a un tris de quitármela y arrojarla dentro del bolso sin que se note. Qué estupidez. Como si él no la hubiese visto ya. Como si no fuese a comerle la boca (joder, su boca) igualmente con ella puesta. Como si le importase el dichoso anillo. Debe de pensar que me interesa mucho lo que estamos hablando, porque lo cierto es que no puedo apartar la vista de esos labios que ya imagino bajando lentamente por mi esternón. Veo que él también está jugando a imaginar lo mismo, a juzgar por cómo deja caer su mirada en el escote de mi vestido con cierto disimulo. Comencemos a utilizar el lenguaje corporal, pues. Aparto mi melena hacia atrás con toda la intención y le sonrío con picardía. Me encanta que me mires, sigue. Mensaje enviado.

No sé qué hacemos hablando todavía de mis viajes a Turquía, de Pessoa, o debatiendo acerca de si las redes sociales sirven para acercar o alejar a las personas. Si yo lo único que quiero es que tú te acerques un poco más a mí; que las sirenas se han disparado hace tiempo anunciando peligro de incendio, ¿no las oyes? Acércate y tócame, joder, que yo misma me estoy provocando quemaduras de tercer grado imaginándonos piel con piel.

Nos mordemos las ganas en el ascensor. Nos desnudamos torpes, ansiosos, atropellándonos a besos de camino a la cama. La mecha está encendida, somos un cóctel mólotov a punto de estallar, una bomba incendiaria. Muérdeme el cuello, no tengas miedo. Las tetas, los hombros, y agárrame el culo bien fuerte. Recórreme entera, hasta que no quede un centímetro de piel por morder, que quiero llegar a casa bien marcadita. Quiero que me grabes comiéndote la polla, que eso me pone muchísimo. Toma mi móvil. Y córrete en mi boca, que ya verás la cara de golfa que se me pone mientras lo haces. Procura que se me vea bien. No te preocupes por las arcadas, no pasa nada, tú sigue marcando tu ritmo. Te corres mirándome a los ojos y yo te sonrío. Mirada a la cámara, beso y guiño. La auténtica bomba está apunto de estallar en cuestión de segundos.

Stop.

Enviar.

Whatsapp.

Manuel.

Hola cariño, hoy no me esperes despierto”.

Aceptar.

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