Mismos perros, distintos collares – @Mous_Tache

Mous_Tache @Mous_Tache, krakens y sirenas, Perspectivas

Honma Lb. 280, grafito y titanio, hierro 3, giro de diez grados de la cabeza del palo hacia el interior para compensar la desviación de la trayectoria rectilínea que debería llevar la bola desde el eje del cuerpo hacia el hoyo 5, par 3 y que he aceptado como un vicio y compensado con este pequeño truco cada vez que ejecuto un swing. Movimiento autómata, cientos de veces repetido, que pone en vuelo la pequeña esfera blanca y la sitúa a escasos tres metros del objetivo.

Hemos empezado hace escasamente una hora. He llegado diez minutos antes de lo previsto pero he esperado en la puerta del club de golf para aparcar en un hueco que he encontrado cerca de la cafetería exactamente dos minutos antes de la hora acordada para reunirnos. Retrasarse es inaceptable, llegar antes es análogamente una impuntualidad. No hago esperar y me resulta exacerbante que me hagan esperar a mí.

Presentaciones de rigor a las esposas e hijos de los miembros del consejo de dirección convocados y rosca, peloteo y agasajo máximo a mi cliente que han invitado a cerrar un acuerdo con la excusa de jugar nueve hoyos.

Es mi cliente, ahora sí. Trabaje en esta empresa o en otra. El proyecto que desarrollábamos desde la empresa para él se había convertido en un desastre hasta que tomé el control del mismo. Hice cambios, asumí los fallos del equipo, realicé concesiones, me mantuve firme en los aspectos innegociables y propuse soluciones. Me gané su confianza y por eso estoy hoy aquí.

Dejarle ganar era la consigna. Dejarme ganar no está entre mis valores. Primer minipunto negativo para mí y mirada de desaprobación del presidente ante la que no me inmuto, mientras el objeto de nuestra improvisada y artificial reunión familiar me ase del brazo y emocionado comenta los últimos golpes.

Mandíbulas desencajadas y ojos que van a salirse de las órbitas de las esposas de los presentes haciendo gala de un ultraconservadurismo impuesto por el estamento de la sociedad que creen habitar. Ahora hace algo más de calor que en las primeras horas de la mañana y me he desprendido del jersey. La historia de mi vida está grabada a tinta a lo largo de mis brazos desde dos centímetros por encima de las muñecas. El diario de mis éxitos y mis fracasos. Quién fui y en quién me he convertido.

Una de las esposas no oculta su desencanto y bufa en un gesto de desaprobación. Deberías saber dónde termina las negociaciones tu amado marido, rayando los límites de la obscenidad y la vergüenza ajena, subido en la tarima de cualquier puticlub, hasta las cejas de cocaína y White Label con Coca-Cola.

El cliente me mira divertido. Un hombre hecho a sí mismo en el que la jubilación es un tema tabú y que quedó atrás hace un par de años. Obvia a propósito la jerarquía de los presentes y me pregunta directamente:

–¿Porqué debería invertir mis recursos en vuestra propuesta?

–Porque sabes que volveré a hacer que ganes dinero– le contesto, impertérrito, sosteniéndole la mirada.

Firmará, no tengo la más mínima duda. Sé leer unos ojos. Hoy me ha visto con otro collar pero sabe que sigo siendo el mismo perro.

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