Mirando en la misma dirección – @shivisc

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Ana, despierta cada día con el corazón agitado como si hubiera recorrido mil kilómetros por la noche. Elías, con su miedo amarrado a la cintura deseando que ese día permanezca más tiempo despierta entre sus brazos.

Las noches frías pueden convertirse en un infierno de incertidumbre difícil de soportar cuando las almas con zozobra permanecen en vigilia.

Todo lo que mueve a uno, también empuja al otro. Se sostienen como el ave que sopla al viento para que el papalote no caiga en picada a la tierra. Como el tallo de una flor que se protege entre la maleza para no perder el último de sus pétalos. Como un hilo de voz, negándose a que la palabra muera.

Un tiempo que cada vez parece más corto. Ana respira lentamente y ha perdido el color de sus primeros sonrojos. Elías con dos pozos de dudas caminando sin parar por la orilla de sus ojos.

Coleccionan instantes como efímeros tesoros que el día menos pensado pueden desaparecer de sus recuerdos, o volar en pedazos si el aire llega a robarse su último aliento.

Ana espera, espera y espera por un motor que alargue su vida. Elías ruega por un día que no la arranquen de sus brazos. Son como el barco en alta mar esperando permanecer intacto mientras la furia de un huracán baila alrededor de sus olas.

Ella, serena como una roca y frágil como una estrella. Él, roto como un puente después de soportar la guerra pero como luz de un faro sosteniendo su esperanza.

Así las noches eternas y largas y sus días densos. Rodeados de pasillos interminables y una minúscula ventana.

Cargando una pena de la que no hablan para que no ponga sus pies definitivamente en la realidad y se convierta en la gorgona que les corte la garganta.

Ana sonríe cuando de nuevo lo observa llegando. Elías sonríe, porque esta vez está despierta esperando. Un par de rosas ruborizadas se asoman de su mano. En ese instante el miedo se va porque no ha sido invitado.

La vida no alcanza cuando el amor pisa la tierra.

El tiempo corre como un río cuesta abajo.

Una lista que parece una escalera.

Ana, de pie, cansada, en el último peldaño.

Elías esperando para Ana, un corazón sano.

El amor los sostiene mirando en la misma dirección esperando un recipiente dónde mantenerlo a salvo.

 

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