Mirando en la misma dirección – @LaBernhardt

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Me gusta llegar con tiempo, cuando todavía están mirando en la misma dirección. A veces es cuestión de dos o tres días. Sin embargo, en las mejores historias el asunto me lleva semanas, incluso meses. No me preocupa, tengo todo el tiempo del mundo.
Todavía es de noche pero no necesito luz; entro y me instalo a los pies de la cama. Ya sé quién me ayudará porque siempre, siempre uno de los dos es más débil.
Desprecio tanto la debilidad, aunque viva de ella… Los miro dormir y sólo les pesa su respiración. Me gusta el olor de la tranquilidad, la calma de quienes se saben queridos. Creen tener la balanza equilibrada, qué maravilla, y siento una punzada de placer anticipado porque, es cierto, en este momento no encuentro más amor en uno que en otro.
Los analizo y a veces tan de cerca, lo reconozco, que mi presencia les remueve el sueño. Me alejo y la calma vuelve cuando una mano se acomoda en la cintura del otro. Qué fácil. Qué ternura me producen, tan seguros y tan frágiles.
Hoy podría ser otro día del final de sus vacaciones pero esta mañana algo inofensivo romperá su calma.
A las 10:39, en el baño, él abre su Facebook y encuentra la solicitud de una chica. Se mete en su perfil y no entiende por qué le ha pedido amistad. No la conoce de nada. Es muchísimo más joven que él, ¿27, 30?, tienen algún amigo en común de esos que no conoces fuera de la red. Sigue viendo publicaciones y, joder, controla de música. Y no está nada mal. Bonita sonrisa. Son las 10:43 cuando acepta a la rubia desconocida.

—¿Te falta mucho?, necesito el secador, porfi.
—No, ya termino, los del fútbol mandando tontás, que empiezo y no paro de leerlos. ¡Voy!

Ya está: el débil siempre me lo pone fácil y la primera mentira me hace sonreír.

Soy el subidón de adrenalina cuando la chica rubia, la de Facebook, le manda un mensaje privado contándole una tontería, dándole las gracias por haberla aceptado.
Soy la risa escrita, los “jajajaja” de ese chat, la canción que él, no sé qué coño me pasa, hostiaputa, que no la conozco de nada y a santo de qué le mando una canción, le envía con un “pasa un buen día”.
Soy la vanidad de la rubia, la necesidad de contar al mundo que hoy, no sé por qué, me siento feliz. O quizás, sí, y añade al comentario el enlace de la canción que mi anfitrión le ha mandado hace apenas 10 minutos.
Soy el ego de él cuando le da Like.
La vida camina lenta en vacaciones y ellos, los que miran en la misma dirección, siguen en la pereza de agosto.
Me impacienta que él esté tan presente en su relación, tan pendiente de su chica. Pasan los días y solo veo siestas, risas, cervezas y planes de futuro. La paciencia siempre ha sido una virtud y yo perdí todas mis bondades hace miles de años.
La rubia me ayuda; la juventud es impaciente y quiere resultados inmediatos. Se va atreviendo, me gusta: es tan previsible, tan pagada de sí misma que sabe que cualquier comentario hacia él será recibido como fiesta.
Quiere verlo, no sé por qué actúo así, Fernando, te juro que en mi vida he hecho esto de hablar con alguien extraño pero es que contigo no sé lo que me está pasando, pero en unos días se va fuera de España. Claro, que si pudieran buscar fechas y coincidir en algún concierto…
Y Fernando no le dice ni sí ni no. Y tampoco le dice que tiene pareja, una chica con la que es feliz, mi casa, Marta, eres mi casa. Que está con ella, ahora mismo, tomándose una cerveza en Gijón.
No le dice que están de vacaciones y tampoco le cuenta que Marta lo ha salvado de un año horrible en el curro. Que esa chica lo salva cada fin de semana, cuando lo recoge en Atocha.
Y yo me hago grande. Cada vez más grande. Ya no soy una sombra, ya tengo cuerpo y duermo entre él y Marta.
Soy la estupidez, la necesidad de hablar de su secreto creyendo que así lo esconde de sospechas.-No entiendo qué le ves a Twitter, Marta.

—Leo cosas, cuelgo lo que escribo y punto, nada malo.
—No, ya, si yo sé que tú pasas de historias y tal pero es que Antonio me cuenta movidas muy marcianas. Dice que él se enamoró de una tía de Montevideo, ¡de Montevideo, Marta, sin conocerse!
—Ya, es bastante típico en Twitter, sí. No sé, cada cuál que haga lo que quiera. Yo prefiero tocar.

Y le aprieta la mano a Fernando.

—Yo es que no puedo entender cómo alguien puede pedirte de amigo, en Facebook, por ejemplo. Así, porque te ha visto guapo o guapa en tu foto de perfil. En fin, no lo entiendo.

Soy el dolor de estómago en Marta. Una punzada de miedo. Ese algo que te pone en alerta.
Soy la mezquindad que la nubla y la hace espiar el muro de Fernando. El temblor de manos cuando la sospecha se evidencia en una foto de una tía jovencísima y rubia. Y lee y entiende que no entiende nada de todo eso.
Soy el insomnio de Fernando. El de Marta.
Pero esta vez me encuentro, como vosotros, los mortales, con una piedra en el camino: Marta no le coge el móvil y no leerá todos los mensajes que le darían la razón y la hundirían en un minuto y Fernando, que sospecha que Marta sospecha, la quiere mucho, más, porque sabe que ella no es tonta.
Y yo, aunque esta vez salga perdiendo, reconozco que me gusta la gente que se hace la tonta porque son mucho más fuertes.
Me voy, de momento no tengo nada que hacer aquí.
Les dejo una pesadilla, un sueño lleno de ansiedad. Hace calor y despierta Fernando, angustiado.

—¿Qué pasa, Fer?
—Joder, qué mal rato he pasado.
—Pero ¿te vas a tapar?, si estás empapado…
—No sé, ha sido un escalofrío, va, sigue durmiendo, mi vida.

Soy el frío que rompe la paz de quienes, mirando en la misma dirección, se creen a salvo del Diablo.

 

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