Mírame – @candid_albicans + @GraceKlimt

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Estoy confusa. No sé qué hago aquí. Tiritando sin tener frío. Estoy empapada. La camiseta que llevo puesta y mis piernas están cubiertas de barro. Los dedos me laten de dolor. Tengo casi todas las uñas rotas, en carne viva, y varios cortes en las palmas de las manos. Un río discurre tranquilamente a mis espaldas. Mis pantalones están tirados sobre unos guijarros en la orilla, secos pero manchados de sangre, al lado de mis botas. Estoy sola y tengo miedo. ¿Qué ha pasado? ¡¿HOLA?!

El grito estalla como un disparo en medio del bosque.

 

Dos horas antes

Este sitio me da mal rollo. En qué pollas estaría pensando cuando llamé por teléfono para venir aquí. Pues en la suya, niña, en la suya, que te va a llevar al Caribe y tú no eres capaz de meter un pie en el agua. Ya, ya, ya, ya, ya, si los motivos están más que claros. Pero es que lo de “Doctor Martínez – Psicoanalista”, sonaba mejor en mi búsqueda de Google. Ahora, aquí semitumbada en este diván, mientras el maldito Doctor Martínez juguetea con un pisapapeles y me mira con una sonrisa burlona por encima de sus gafas, me siento idiota. ¿De qué se ríe?, si aún no he abierto la boca. Calma, niña, calma, que esto no es una película. Respira.

¿Pero para qué coño quiere saber de mi infancia? Contesto con evasivas. Me parece que he venido aquí a tirar los 70 pavos la hora que me cobra. O no me ha entendido o este quiere que me tire aquí un año contándole mi vida. Menudo timo. —Mire, yo lo que quiero es que me solucione lo de mi fobia al agua —. Ha cambiado la sonrisa por un gesto reflexivo acompañado de un suspiro. Me dice que alternativamente, con la hipnosis puede profundizar y averiguar qué es lo que provoca este miedo irracional para luego tratarlo. Dudo. Pienso en el viaje que me espera: la playa, las piñas coladas, el calor, mi chico y yo poniéndonos tiernos en el mar y… bah, mira, que sí. Adelante.

Las luces de la estancia han bajado en intensidad. Suena una música muy suave de fondo y el ruido de un arroyo. El doctor acerca su silla y se sitúa a mi lado con su cuaderno de notas y el maldito pisapapeles que se sigue pasando de mano a mano.

—Relájate y no dejes de mirarme a los ojos mientras te hablo.

Sus ojos azules. Su voz grave, sin inflexiones ni pausas. Ojos. Azul. Agua. Miedo. El peso de una losa de cien kilos se me viene encima. No me puedo mover. Quiero gritar. Y mi cabeza estalla en mil imágenes.

Agua. Agua. Solo agua. Un río. Creo que es un río. No lo sé. No estoy segura. Me giro. Le doy la espalda al agua. Por un momento todo es verde. El suelo cubierto de hierba. Los árboles. Las hojas. Su sombra que promete refugio. Más agua. Agua. Solo agua. El río avanza, rodeándome. Doy vueltas sobre mí misma, y el río se convierte en una serpiente que me rodea. Cada vez más cerca. Cerrando el círculo. No puedo escapar. Miro al cielo, desesperada. Azul. Inmenso. No, no es el cielo. Es agua. Agua. Solo agua. El río ya me cubre. Estoy dentro. Me ha devorado. Pánico. Desesperación. Me ahogo. Me ahogo. Me ahogo.

—No dejes de mirarme a los ojos mientras te hablo.

La voz llega lejana a través de la inmensidad de agua en que me hundo, y de repente estoy a salvo. Resguardada entre los matorrales. Con los pies en tierra. Mi corazón empieza a latir a toda hostia. Algo pasa allá en el río, y lo sé aún antes de mirar. No estoy sola. No quiero volverlo a ver.

Cierro mis ojos con fuerza pero es inevitable. Lo veo. Dani está mirando su reflejo en el agua, jugando con un palito. Le sonríe a la hierba, al agua, a los insectos que flotan en ella. Es tan pequeño. Tan frágil. Se gira y me ve. Sus bracitos en alto. Su sonrisa. Quiero correr hacia él. Gritarle. Advertirle. Pero estoy paralizada. Y el lobo ha llegado. Dani le sonríe. Ya es demasiado tarde. Tiemblo. Doy un paso atrás y me escondo entre los matorrales. Sus garras se clavan en Dani sin piedad. Lo arrastra río adentro, y hunde su cabecita bajo el agua mientras él lucha por la vida. No. No. NO. Papá, por favor no lo hagas.

No puedo respirar. Quiero gritar pero abro la boca y mis pulmones se inundan. Me ahogo de nuevo. Siento el pánico de Dani arañando las entrañas dentro de mí. Quiero salvarle, pero solo soy una niña, pequeña, diminuta, indefensa, asustada. Él dijo que había desaparecido. Todos le creyeron. Y yo, yo no quería que el lobo me comiese. Que no me coma el lobo, que no me coma el lobo, que no me coma el lobo…

—No dejes de mirarme a los ojos mientras te hablo.

Vuelvo al presente. Sus ojos del azul del miedo. Su sonrisa de lobo. Me levanto desesperada y le arranco el pisapapeles con el que aún juguetea. Le golpeo la cabeza, una vez y otra y otra y otra y otra más, hasta que el azul desaparece de mi vista y puedo empezar a respirar. Salgo corriendo, ahora sé dónde está Dani.

Corre, niña, corre. Dani está en el lecho del río, esperándote, escondido bajo el barro y las piedras. Vamos. Escarba. No dejes de hacerlo. Aparta las piedras con las que el lobo le dio sepultura. Sácalo de ahí. No llores niña, no te vengas abajo ahora. Respira, abre los ojos.

 

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