Mil demonios en la mirada – @netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

En las noches agobiantes de verano, cuando el calor es una segunda y pegajosa piel, y el resplandor de la luna no deja reinar a la oscuridad, el demonio se volvía a presentar, inexcusable, en forma de oscuros sueños. Él, solía recordar aquellos días terribles y podía volver a escuchar los gritos roncos de su padre convertido por el alcohol en una fiera babosa, gutural y salvaje, echando espuma por la boca persiguiendo por la casa a su madre llevando mil demonios en la mirada. Ella, aterrorizada, solo podía intentar esquivarlo mientras chillaba como una poseída, saltando sobre los muebles, lanzando lo que podía para intentar parar a ese animal que la acosaba. Los viejos le habían advertido de la mala sangre, pero ella no escuchó…

Empapado en sudor, él despertaba recordando que aquellas noches siempre terminaban igual… Con su madre en el suelo, agotada, magullada, con algún puñetazo en la cara, cardenales por todo el cuerpo, medio desnuda y sangrando por las heridas, mientras el monstruo se arrastraba hacia la cama donde se desplomaba inconsciente, la mayor parte de las veces con los pantalones todavía bajados y el cinturón en la mano.

Aprendió pronto que era peor ponerse en medio. Al principio, puro instinto, se interpuso un par de veces en las persecuciones enfrentándose a él, que lo apartó de un empujón. En otras ocasiones rogando, llorando, suplicándole entre lágrimas que la dejara en paz, agarrando sus pantalones o el faldón de la camisa medio salida. Pero siempre pasaba lo mismo. Bastaba un zarpazo certero para enviarlo contra la pared más cercana y dejarlo aturdido. Así que pronto aprendió a apartarse, a esconderse en los lugares donde sabía que el monstruo no podría entrar. Huecos o agujeros pequeños entre los aperos de labranza, arriba de algún armario o debajo de la cama de los abuelos en el desván, medio rota. Cuando todo se calmaba y el silencio caía como un manto pesado y sucio sobre la tragedia, se asomaba cauteloso para escuchar. Sólo bajaba para a auxiliar a su madre cuando oía de lejos los ronquidos de la fiera, derrotada por el agotamiento y el alcohol.

Ella normalmente acababa refugiada en la cocina, debajo de la pequeña mesa donde comían los dos. Allí la encontraba encogida, magullada, con la ropa hecha jirones, sucia y despeinada. La ayudaba como podía a ponerse en pie, lavarse y la ayudaba a subir al desván donde, después de quitar la escalera, sabían que podían disfrutar de unas horas de tranquilidad hasta que su padre, ya entrada la mañana, se fuera al campo.

Los viejos del lugar no dejaban de hablar de la mala sangre de la familia; de los fantasmas que desde siempre habían habitado el viejo caserío aislado y de la maldición que pesaba sobre la familia de su padre…

— Todos los hombres acabaron igual. — Decían — Maldiciendo su estirpe. Locos con mil demonios brillando en su mirada

Y llegó la noche. Aquella donde una luna de sangre alteraba el color del cielo y el pegajoso calor impedía cualquier sueño tranquilo. La pelea fue más fuerte de lo normal, su madre se había hartado y le plantó cara al animal, pero no tuvo suerte, bastó que la alcanzara de lleno con un zarpazo, ella tropezó con la mesa de la cocina y cayó con el cuello roto al suelo.

Él esperó a que la fiera roncara como siempre, fue a la cocina y pasando por encima del cadáver de su madre cogió un cuchillo se subió a la espalda de la bestia y agarrando y estirándole del pelo le rebanó el pescuezo. Saltó rápidamente a un lado de la cama para ver como la sangre salía a borbotones de su garganta y se quedó mirándole fijamente a los ojos, sosteniendo los mil demonios de su mirada, viéndolos morir uno tras otro.

Cuando el monstruo agonizó, empapó una toalla con su sangre dejando un rastro desde la cama a la cocina, puso el cuchillo en manos de su madre muerta y le pego fuego a la casa. Cuando los vecinos acudieron, alarmados por las llamas, sólo quedaban dos paredes en pie. Tardaron un día en apagar el incendio y cuando encontraron los cadáveres la versión oficial habló de maltrato y defensa propia.

Él se crió desde ese día con unos parientes lejanos de su madre, que le contaron como en la familia de su padre, siempre había pasado igual. Los hombres parecían llevar el demonio en la sangre. Pero él no hizo caso a maldiciones e intentó olvidar, y lo consiguió al marcharse lejos, a una ciudad en la otra punta del país. Jamás probó, desde aquella noche, una gota de alcohol.

Ha pasado mucho tiempo y ahora intenta formar una familia pero hay noches muy turbias cuando los recuerdos se pegan a la piel y no le dejan dormir; cuando entre pesadillas en un espeso duermevela alumbrado por la luna casi llena, escucha los antiguos cánticos que entonaban su madre y sus amigas, desnudas en mitad del bosque y al abrir los ojos ve salir a su compañera de la ducha, recitando abstraída y feliz, las viejas oraciones mientras se frota la abultada barriga…

Queda muy poco para que Andrea dé a luz. Ella no ha querido saber el sexo del bebé y él reza para que sea una niña y que termine con el fantasma del odio en su familia al ser él, el último varón. Aunque sabe que es difícil librarse de las maldiciones si eres hijo de un hombre lobo borracho y una bruja; cuando el latido de la sangre te empuja a salir de noche aullando, para recorrer el monte donde se puede escuchar a Andrea y sus hermanas las brujas entonando los antiguos conjuros en un claro del bosque iluminado por la eterna luz de la luna llena.

 

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