Miedo a vivir – @dtrejoz

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Desde la baranda del puente que está sobre el río Virilla el cielo parece duplicarse. Cuando es de noche, al fondo se reflejan perfectamente las constelaciones, la profundidad a la que se encuentra el río solo es comparable con la profundidad de la oscuridad que reina en el vacío, además del frío que atraviesa la piel y congela hasta los tuétanos. El frío es casi sádico en ese punto. Desde el Caribe, cruzando el cerro del Zurquí, ingresa una brisa que casi paraliza las ideas, nunca he comprendido la razón del porqué algunos piensan que es romántico hacer una parada en ese puente para observar las bondades del paisaje, aunque ciertamente las lucecitas del alumbrado público de todo el valle central, crean una sensación de algarabía visual en el espectador, hay cierto masoquismo en el hecho de dejarse llevar por la cascada multicolor y titilante que proviene de la llanura, como un enorme tapete de estrellas caído del cielo.

Esa noche había partido. Hasta el puente llega la claridad de las torres de la gradería este del estadio Ricardo Saprissa Aymá, y también llegan las voces de los “ultras” entonando cánticos de aliento para el equipo del siglo, el Deportivo Saprissa, la fiesta es grande cuando el monstruo juega en Tibás, los bombos resuenan y los silbidos atizan para pasar por alto el frío, ni siquiera la lluvia que cae pertinazmente logra apagar las voces y el fervor de los aficionados. Tampoco alcanza el griterío para callar las voces de la cabeza del hombre que está de pie en el centro del puente, con la mirada perdida en el vacío, fumando un cigarrillo mentolado, sin apuros, apoyado al metal oxidado de la baranda, como lo hacen todos los que se detienen a rendirse ante el paisaje.

—Su nombre era Víctor.

Había salido de su casa hacia el trabajo con la promesa de volver. Hombres como él no hacen cambios drásticos en su rutina, son personas con un ritmo sistemático de vida, la rutina es algo necesario para mantener en orden su cabeza, es malo salirse del renglón, es pecado innovar, la cena es a las ocho y el desayuno a las seis, el pantalón de corduroy con la camisa de franela y las botas de cuero de lagarto solo se usan los domingos.

Nadie había visto a Viíctor preocupado jamás, no era una persona de meterse en problemas, su vida podía ser monótona, pero con la paz que le daba ese estilo de no salirse del esquema.

Un compañero del trabajo fue el que dio la voz de alerta, dijo que Víctor había dejado su billetera sobre el escritorio junto a su reloj y un sobre de carta, situación que a todas luces era comparable con un sismo, conociendo lo meticuloso y ordenado que era Víctor, era imposible que olvidara esos tres objetos, era digno de sospechar que algo aquella noche no andaba bien.

Su esposa respondió la llamada. Cuando el compañero de Víctor le informó que había dejado sobre el escritorio esos tres objetos, un frío le recorrió la espalda de norte a sur, y luego el sudor le cubrió las manos, y luego un latido de pánico, de corazonada, de situación extrema y de peligro.

Entonces recordó la charla que no pudieron terminar la otra noche cuando se quedó dormido. Le dijo que había empezado a escuchar voces en su cabeza, voces sin sentido, a veces un barullo de gente hablando como cuando entras al centro comercial una tarde de feriado, como a la salida del estadio…más o menos. Otras veces como lamentos, como alguien que se queja de un dolor intenso. A ella le pareció que era causa del estrés, y con su mano acarició su sien y se quedó en silencio, y se quedó dormido. Pero la noche anterior le dijo algo que la puso en alerta. Dijo que tenía problemas económicos, que la deuda de la hipoteca se había hecho insostenible, que la tarjeta de crédito lo tenía ahogado, y que estaba llegando al punto de sentir miedo a vivir.

—¿Miedo a vivir, Víctor? ¿Cómo es eso que tienes miedo a vivir? ¿De qué hablas? Le cuestionó ella, horrorizada por semejante afirmación.

—No es nada, dijo él, es un miedo a no poder pagar lo que debo, un miedo de hace tiempo, solo que hasta ahora te cuento.

Esa noche ella no durmió. Lo vio dormir mientras intentaba encontrarle sentido a la confesión que Víctor le había hecho, se llenó de ideas extrañas, intentó recordar algún comportamiento fuera de lugar que le diera un indicio para comprender la crisis emocional que Víctor parecía estar cruzando, y no lo encontró. Todo era normal, la rutina de siempre, las mismas costumbres, el mismo itinerario exacto y al milímetro que regía en las vidas de la familia Badilla Vargas, cada día una copia exacta del anterior, porque así lo requería Víctor para no salirse de control.

Entonces pensó que seguro llevaba en el bolsillo su celular. Que dejó el reloj y la billetera pero no el teléfono. Lo llamó. El timbre se repitió más de lo que le hubiera gustado. Cada repique fue una eternidad. Víctor aceptó la llamada y respondió con total serenidad, como si nada fuera de lo común le estuviera ocurriendo.

—Diga…

—Víctor, ¿dónde estás y qué estás haciendo?

—…

Las voces de los aficionados que estaban en el estadio llenaron el silencio de respuestas.

—¿Víctor? ¿Me estás asustando? ¿Qué te pasa querido? Llamaron de tu trabajo y dijeron que dejaste olvidada tu billetera y también tu reloj sobre el escritorio.

—No hagas caso a lo que digan, respondió Víctor, voy camino a casa como todos los días, solo que las voces me están diciendo cosas extrañas y ya no soporto que lo hagan, la noche está bonita, ni siquiera hay nubes, he estado viendo las estrellas.

Nuevamente el sonido de los cánticos que provenían del estadio se metieron por la bocina y llenaron los oídos de Mariela. Víctor dejó el teléfono con la llamada activa sobre la baranda y apuró el cigarrillo antes que el viento se lo fumara. Mariela lo comprendió todo. Entendió que Víctor estaba siendo agobiado por las deudas y que su espíritu se había quebrantado, entendió que las voces que decía escuchar no eran otra cosa que el mismo diablo aconsejándole que acabara con su vida, concluyó también que las voces que escuchaba en ese momento eran las de la afición del estadio Saprissa y que sin duda estaba ahora mismo en el puente sobre el río Virilla, asumió que si había dejado la billetera y el reloj era porque iba a saltar del puente y que seguramente el sobre sellado era una carta de despedida explicando los motivos por los cuales lo había hecho.

Mariela abrió la puerta y salió a buscarlo. El puente está a doscientos metros de distancia de la casa y en un momento tan trascendental cada segundo cuenta. Corrió. Pidió al cielo las fuerzas para llegar a tiempo. Cada paso fue un calvario, la idea de perder a Víctor de esa forma tan absurda la llenaba de terror, no había lógica en nada de lo que estaba ocurriendo.

Mariela alcanzó el puente y visualizó a Víctor de pie sobre la baranda, alto y erguido. Con los brazos extendidos como planeando contra la brisa helada que azotaba al puente, se había quitado los zapatos y los había dejado junto al celular que todavía tenía activa la llamada. Mariela corrió hacia él con la angustia atorada en un grito que se hizo nudo en su garganta.

—¡No lo hagas, Víctor, mírame a los ojos!…exclamó Mariela con el único aliento que le quedaba después de correr desde su casa.

Víctor alcanzó a escucharla. Giró su cabeza para reconocer el rostro de Mariela entre la neblina que se posa sobre el puente. Sus palabras atravesaron sus tímpanos y llegaron hasta el más profundo rincón de su atormentado corazón. Y alcanzó a llenarse de alegría, de estremecimiento y de ternura, tuvo un instante de lucidez que le hizo ver lo grave de su error, mientras un instante después su rostro se llenaba de pánico, de horror y desconsuelo, porque otra voz le decía que ya era tarde, que no había marcha atrás, que ya su cuerpo había sobrepasado el máximo tolerado de inclinación como para hacer reversa ante la fuerza constante de la gravedad y que ya no había forma de evitar su caída porque ya sus pies se habían separado inevitablemente del barandal.

Y en el grito de algún gol que provino desde el estadio, se ahogó su adiós.

 

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