Mi raíz – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Vivimos muy malos tiempos para el raciocinio y la prudencia. Hagas lo que hagas y digas lo que digas siempre habrá alguien –con o sin argumentos- a quien le sentará mal tu opción y además se encargará de criticarla abiertamente.

Se están perdiendo valores como el sentido común, la tolerancia, la paciencia, el respeto y la lógica, porque un día tras otro contemplamos el triunfo del “todo vale” como guía de actuación aunque en realidad no debería ser así. A mí me enseñaron a ponderar las cosas y a las personas antes de tomar determinaciones contra ellas que conduzcan a vías muertas de las que no hay retorno, y aunque me he equivocado muchas veces, aún soy de los que creen en las soluciones a tiempo y en el diálogo para acercar posturas –siempre y cuando se juegue en el mismo campo, con el mismo balón y usando las mismas reglas-.

Pero por desgracia se ha esfumado el placer de hablar sosegadamente, tal y como han desaparecido la valentía de los besos furtivos, el atrevimiento del piropo de buen gusto, la caballerosidad y la gentileza, la aceptación de la diversidad como fuente de enriquecimiento mutuo o los detalles como vehículo de acercamiento a las personas. Ahora todo es más frío, más aséptico, más visceral, más rápido, menos valioso y bastante más grosero. Baste decir que la simple amabilidad con la que muchas veces se trata a las personas llega a retorcerse hasta el extremo de confundirse con un flirteo o como el deseo de algo más que un sencillo “llevarse bien”. Todo está en la sucia forma de mirar y de malinterpretar lo que miramos.

Y a raíz de los momentos de fractura que socialmente estamos viviendo y de lo que diariamente me encuentro cuando cojo el teléfono, sí que quiero aprovechar la posibilidad que me da este espacio con el que colaboro altruista y regularmente para invitar a un poco de reflexión colectiva.

Yo no entro en una red social para estar leyendo continuamente insultos ni menosprecios de unos hacia otros, ni tengo por qué seguir incondicionalmente a cuentas que antaño eran más entretenidas de contenidos y ahora se han transformado en puro adoctrinamiento político hacia terceros, sembrando -desde el sofá de casa- un odio y una división que serán muy difíciles de olvidar o reparar. En mi caso, utilizo las redes sociales para compartir mis gustos, para entretenerme con el ingenio ajeno ofreciéndoselo a quienes me siguen y para ocupar pequeños espacios muertos del poco tiempo que me sobra tras atender a mi vida cotidiana (familia, amigos, trabajo, aficiones, etc.). Allá quien las use para otras cosas, pero a mí no me interesan esos usos. No busco nada más, y por tanto, me cansa sobremanera verme “inducido” a leer o seguir aquello que, para mí, está de más. Es por eso que, desde mi libertad y con no poca frustración a veces, decido silenciar a alguien para darle tiempo a ver si retoma la senda o dejo de seguir a cuentas que ya no tienen nada que ver conmigo. No es nada personal: es simplemente una manera de obviar contenidos que no me interesan o que me provoquen más crispación, vergüenza, incomprensión o desasosiego de los que ya veo colectivamente.

Hace poco expresé en público que, teniendo opinión fundamentada sobre algunos temas –ni sé de todo, ni lo pretendo-, me niego a utilizar las redes sociales para debatir sobre asuntos que generan controversia y que suelen acabar en discusiones estériles, pues un medio escrito -y breve- carece de gestualidad y entonaciones, estando sujeto a la comprensión lectora de los individuos que, visto lo visto a diario, no es sobresaliente.

Soy muy consciente de que el mundo en el que vivo no es perfecto: adolece de muchas cosas que, en gran medida, dependen de nuestras actitudes. Pero dentro de mi normalidad, soy una persona feliz con el entorno en el que vive, que responde en consecuencia a como se le trata, que respeta la diversidad de cuanto le rodea, que lucha diariamente por salir adelante sin necesidad de pisarle el cuello a nadie, que tiene unos gustos selectos pero razonablemente comunes y –esto es muy importante-, que vive y deja vivir. Y cuando –algunas veces- me han preguntado el por qué “Don Corleone” en mi avatar, he contestado que aparte de ser cinematográficamente mi personaje favorito, comparto con él una serie de posturas muy marcadas sobre la familia, los amigos, la traición o la lealtad, las decepciones, la gestión de problemas o la capacidad de superación cuando lo has perdido todo. Evidentemente no controlo casinos en Nevada ni ordeno vendettas, pero sí que comparto con Don Vito una serie de ideas básicas para entender la vida cotidiana a las que, obviamente, sumo mi propia personalidad con sus virtudes y sus defectos.

Mi cuenta soy yo aunque no salga mi foto: son mis pensamientos, mis ocurrencias y mis gustos. Y me satisface que atraiga de esta forma, reservando mi privacidad para quien yo considere oportuno. Es así y entiendo perfectamente que yo también canse o que no le guste a todo el mundo: a mí tampoco me motivan algunas de las que encuentro, pero tengo la prudente deferencia de no regalarles mi opinión porque no la necesitan. Así era mi cuenta con 50 seguidores y lo es ahora con más de 12.700 a los que procuro atender en la medida de mis posibilidades y les agradezco muchísimo la compañía y la complicidad.

Trato de no ofender (aunque a veces no lo consiga o sea inevitable contestar a ofensas). No busco adoctrinar a nadie (aunque a veces use la segunda persona del plural) ni mi tono es agresivo. Utilizo la ironía y el sarcasmo porque así es mi humor granadino, y dialogo hasta que compruebo que estoy perdiendo el tiempo, pero no intento convencer a desconocidos (aunque a veces ellos prueben a hacerlo conmigo). En definitiva: soy un tipo que más que saber lo que quiere, ya descubrió lo que no quiere.

Los frutos y las hojas de un árbol lucen tanto más hermosos cuanto más fuerte y mejor regada está su raíz, y mi raíz es la que les acabo de contar. En mi raíz va la tierra que me dio la vida y sobre la que me sustento, y la adoro porque es generosa con quien procura entenderla y respetarla: no porque sea mejor que la de nadie. En mi raíz va la genética que me transmitieron los míos y a la que soy leal: sin menosprecio a las genéticas de los demás. En mi raíz va mi fortaleza, y sobre ella crece la personalidad que he ido forjando a base de conocimiento, historia, alegrías y tristezas, superación, retos, errores y esfuerzo: sin necesidad de compararme con la personalidad de nadie forjada según sus circunstancias.

Y porque así es mi raíz, y así soy yo, así mismo les transmito mi preocupación por lo que estamos viviendo y mi soberano hartazgo con las ruedas de molino que pretenden hacernos comulgar y con actitudes crispantes que no van con mi forma de ser ni tengo por qué soportar gratuitamente. Ya no acepto nada de eso en mi TL. Me cansé. Lo lamento.

Para quienes no me conozcan, me llamo Álvaro y mi avatar en Twitter es Don Corleone, sí. Y con estas líneas apelo –como decía al principio- a que, desde el resquicio de nobleza que aún pueda residir en el fondo de nuestros corazones, utilicemos el raciocinio por encima de cualquier otro comportamiento. Ya hemos demostrado otras muchas veces que somos capaces de hacer grandes cosas juntos cuando ha sido necesario. Reflexionemos.

Este es el sustrato que alimenta mi raíz y, de momento, está dando buenos frutos…

 

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